Hoy me levanté temprano. Buscando
quitarme el sabor ácido de una noche de pesadillas, característica cotidiana de
mis sueños, y me puse a surfear en la red. Encontré contenidos resonantes y
cadenciosos; de aquellos de los que después de haber sido consumidos solamente queda una sensación de júbilo por
haber visto algo divertido, eso sí acompañada por el sentimiento de haber
perdido el tiempo.

El sueño en cuestión se desarrollaba en la mortal Siberia. Un invierno crudo, extremadamente crudo, se cernía sobre
los paisajes quietos de la estepa. Yo en aquel mundo congelado era un enorme
tigre siberiano. Majestuoso, bello, potente pero herido profundamente en un
costado. Estaba echado en la nieve, agazapado entre algunos árboles en una
ligera colina, lamiéndome el corte supurante e intentando olvidar el dolor
asfixiante.

Tenía dos opciones. La primera
era levantarme y seguir contra todo pronóstico al rebaño. Cazando al más viejo
o al más débil para sobrevivir algunos días más; acechando a los herbívoros en su
viaje hacia las mejores pasturas para
así aferrarme a la única oportunidad de sobrevivir. Por supuesto, si esta era
mi elección potencialmente me enfrentaría a la manada de lobos. Si este evento
tenía lugar, debería hacer acopio de toda mi fuerza, velocidad y violencia, y
como fiera herida matar o morir. Si no tuviera éxito en el combate, y mi tiempo se terminara,
me llevaría a dos o tres cánidos conmigo; me acompañarían a mi tumba gélida.

La nieve continuaba cayendo sobre
mi pelaje naranja. Una expresión de ternura se dibujaba en mi rostro y como un
gatito que descansa empezaba a lamerme una de mis patas delanteras. Después la
oscuridad; el sueño terminó. Lo que puedo decir es que aquella vez decidí moverme.
No en dirección de aquel rebaño en particular, sino que vagando por la vida
como nube en el cielo encontré un santuario con presas suficientes y un clima
más cálido; dónde logré recuperarme.

Por eso puede decir que aquí estoy, vivo y tal vez un
poco más sabio que antes. Consciente que la vida depende de cada decisión
particular, pequeña o grande, que tomamos. Además que la experiencia vital
tiene sus fases, como las estaciones en la Tierra, con sus placeres y
desdichas. Con la evidencia de que todo cambia, pero que al mismo tiempo todo vuelve con otra forma; cíclicamente. Tal
vez ese vídeo intrascendente, que vi esta mañana, sea un recordatorio que
me da la Vida. Tal vez me alerta que en estos tiempos de climas más clementes debo
fortalecerme para el próximo invierno que sin duda llegará.