Las mejores épocas de nuestras vidas son aquellas en las que acopiamos el suficiente valor como para rebautizar nuestra maldad como lo mejor que hay en nosotros"

Friedrich Nietzsche

miércoles, 20 de mayo de 2015

Cuento: El Día de la Ira

La faja le estaba matando. La presión que hacía sobre la herida en su vientre era apabullante, paralizadora, asfixiante. Un escalofrío recorría su espalda y humedecía su rostro. Él con el mayor disimulo posible se pasó un lienzo desechable por la cara para eliminar las gotitas de sudor que podrían delatarlo. Guardó el pañuelo en el bolsillo de su camisa de manga corta y cuadros azules. Con la mayor suavidad posible, con el fin de no producirse dolor y no molestar a los pasajeros que tenía a cada lado, movió su tronco en el asiento intentando buscar la mejor posición alcanzable. Se daba cuenta que cumplir su misión no era tan sencillo como había pensado en un principio; “el trabajo de Alá trae sacrificios” se repetía mentalmente.

Miró el reloj en su muñeca. Faltaban 38 minutos para el momento indicado. El hombre decidió concentrarse en sus recuerdos. Le hacían falta. Ahmed había nacido el 26 de julio de 1984, en la ciudad de Bagdad, en una familia más o menos acomodada de la capital.  Aunque no tenían nexos con el Partido Baaz, sus padres veían con buenos ojos el gobierno de Saddam Hussein; ese hombre había traído prosperidad y dignidad al pueblo iraquí y representaba los intereses de la minoría suní a la que se adscribían ellos.

Para el año 1991, con la invasión del ejército americano, su padre había tomado la decisión de alistarse voluntario para hacer parte de la fuerza de resistencia. Su país y su pueblo estaban por encima de su existencia. Además, debía proteger la vida y la honra de su familia. Pero esa ilusión del héroe árabe duró poco. El ejército de invasión, bajo el pretexto de liberar al pueblo iraquí, había tomado en poco tiempo la nación y su padre no era más que una cifra más en el conteo de las bajas de la tropa local.

Los meses que siguieron fueron un infierno, su madre lloraba día y noche por la muerte de su esposo. Mientras extremaba las precauciones para proteger a sus dos hijos, incluso a la hora de acudir a la escuela. Un profundo odio y una amargura punzante se habían apoderado de su carácter, ya no era la misma mujer. Algo se había roto en su interior. Ahmed tuvo que soportar el peso de pertenecer a una familia deshecha, de una madre tan cambiada y de la muerte de quién hasta entonces había sido el máximo referente de su vida.

Contra todos los pronósticos, el gobierno de Saddam no había sido derrocado finalmente. Pero en su lugar dejaron a una marioneta resentida y cruel, pero sumisa. Las instituciones del país habían sido debilitadas hasta la extenuación y un espantoso embargo se cernió sobre el pueblo. Había llegado la edad de la escasez, de la miseria, de la humillación, del dolor, de la amargura.

Un atardecer cualquiera, la madre de Ahmed concretó en su voluntad algo sobre lo que venía rumeando día y noche. Tenía que sacar a sus hijos de su propia tierra, desarraigarlos para que no padecieran el dolor de las sanciones, la fragmentación de una sociedad dividida y sobretodo la vergüenza de la derrota. Su difunto esposo era hijo de padre español y lo más importante; sus hijos tenían pasaporte de esa nacionalidad. Una hermana de Tarik, su marido, vivía en la lejana España y se había ofrecido a criar a los niños lejos de las vicisitudes de la destrucción irracional. Fue así que Ahmed y su hermana dejaron su ciudad, su país, su pueblo y a su madre en una calurosa tarde de agosto. Lo que más le dolió a aquel chico fue que jamás volvería a ver a aquella mujer desgarrada que le había dado la vida. Ella murió de un cáncer estomacal fulminante, que se la llevó en pocas semanas, tal vez a causa de todos los padecimientos que había tenido que soportar en el último año.
Ahmed tuvo que hacer de tripas corazón y seguir adelante. Le hacía falta su madre, su padre, sus amigos, las calles de su barrio, su lengua, echaba de menos todo. Para él, España siempre fue una tierra extranjera, aunque sabía que sangre ibérica corría por sus venas. Había algo que nunca le cerraba, que no le convencía. El chico creció anhelando, en silencio, volver a su país. Trabajar por él, sentir ese aire seco en sus pulmones de nuevo; realmente amaba esa tierra fértil en medio del más desolador desierto.

Una punzada de dolor le recorrió como un rayo entre el ombligo y el cuello. No le habían dado demasiados analgésicos para que estuviera completamente alerta a la hora de abordar y en el vuelo mismo; no debía llamar la atención de ninguna forma. Tenía que parecer un tipo normal, tomando un vuelo de placer a Berlín. Lo que no había calculado era que debido a la terrible coacción de la faja un dolor punzante lo visitaría constantemente. Gracias a Alá había podido pasar sin problema los controles en el aeropuerto de Barajas.

Para olvidar el dolor, Ahmed decidió sumergirse de nuevo en sus recuerdos. Tan pronto como acabó la escuela secundaria regresó a Irak. Había obtenido una subvención completa para adelantar sus estudios superiores en la Universidad de Bagdad; dónde estudiaría ingeniería mecánica. Recordaba su regreso al país, aquel día lloró tan pronto como puso sus pies en tierra. Sentir de nuevo ese calor tan especial en la piel, ver ese cielo azul como el infinito, percibir las calles melancólicas le devolvieron cierta alegría que le había sido arrebatada por el desarraigo y la injusticia de una guerra inmoral. Agradeció a Dios con todo su corazón, aunque en ese entonces no estaba muy cerca de las cosas del Misericordioso. Había iniciado sus estudios con entusiasmo, estaba muy feliz. Vivía con la sensación de haber regresado al paraíso perdido.

Pero su dicha no duró mucho. Después de haber comenzado su segundo año en la universidad, el país se estremeció de nuevo al ver la sombra de la destrucción y de la muerte. Del saqueo y el cataclismo sobre todo lo que se había reconstruido. El gobierno de los Estados Unidos, en cabeza de su presidente George W. Bush, había amenazado con invadir de nuevo su país. Esta vez con la excusa de que el gobierno tenía armas de destrucción masiva.

Era ridículo! Era absurdo! ¿Cómo era eso posible? ¿Es que no se daban cuenta que un gobierno tan deprimido como el iraquí no podría, aunque quisiera, desarrollar algo semejante? ¿Acaso los yanquis en la invasión de un década atrás no habían destruido las armas que había o no se habían llevado todo el armamento no convencional del ejército? ¿Cómo podía la superpotencia atacar un país que hasta ahora se estaba empezando a recuperar de las tragedias de la guerra y del estrangulamiento del embargo?

En el fondo, Ahmed, creía que el resto del mundo no estaba tan loco como el gobierno yanqui y no iba a permitir tal exabrupto. Él había vivido en un país occidental y allí había aprendido a confiar un poco más en las instituciones de control.  Era seguro que los otros países no iban a permitir tal injusticia. Occidente frenaría a los locos que gobernaban la Casa Blanca. Pero no podía estar más equivocado. Estados Unidos estableció una coalición contra lo que llamaba cínicamente el Eje del Mal y atacó a la endeble nación. Ahmed se alistó como su padre y se dispuso a defender a su país del invasor extranjero.

El antiguo miliciano recordó que esa fue una guerra mediática. Multitudes de medios cubrieron la “noticia”. Pero no se trataba más que de un teatro montado por el gobierno estadounidense para mostrarle a la opinión pública lo que ellos querían mostrar. La verdad fue mucho más cruda de lo que se transmitió en las pantallas de TV de todo el mundo. El futuro mártir no quiso recordar todo lo que vio. No podía demostrar desesperación, odio, tristeza, locura. No podía hacer nada que lo hiciera llamativo para nadie.

En ese entonces, Ahmed primero se enroló en el ejército iraquí. Pero cuando este fue desmantelado por el ejército americano y por esos sembradores de muerte a los que llamaban “contratistas”, se unió a las milicias de resistencias. No obstante, más temprano que tarde fue capturado y fue enviado a la cárcel de Abu Ghraib. La sede del Averno en la tierra. Allí fue torturado, humillado, vejado, destruido moralmente, vapuleado, pisoteado. Los meses que transcurrió en aquel encierro fueron los peores de su vida. No tenía palabras para describir lo que pasó, lo que hicieron con él, como no era más que un juguete para sus carceleros. El sujeto de un juego cruel e inhumano que no tiene nada que ver con lo animal, sino que nace del lado demoníaco que cada hombre tiene adentro.

Después de algunos meses de padecimientos fue trasladado a una prisión regular en el norte del país. Aquel reclusorio no se comparaba con Abu Ghraib. Ese nombre maldito, en el que conoció el límite de la resistencia humana. Su propio umbral antes de quebrarse ante lo peor de la vida. En aquella cárcel se acercó al Islam. Antes de eso no había sido demasiado creyente, tal vez por la prematura muerte de sus padres y por la brutal destrucción de su mundo a tan temprana edad.  Sin embargo, aproximarse al Islam en medio de aquella nueva desgracia le restituía la dignidad pisoteada, le hacía lícito conciliar en las noches el sueño, le daba sentido a una vida fracturada una y otra vez, le permitía ver la luz del sol cada mañana con unos ojos diferentes a los de una víctima indefensa y abatida.

Después de seis años de encierro el nuevo gobierno iraquí le otorgó el indulto. Cuando salió encontró un país diferente. Ya no estaba Saddam, el partido Baaz ya no contralaba la nación. Los kurdos del norte ahora controlaban un territorio autónomo de facto. Todo ya se estaba reconstruyendo por segunda vez. Era como si el pueblo de Irak, en medio de sus vicisitudes, hubiese decido hacer borrón y cuenta nueva. Justo eso fue lo que quiso hacer Ahmed. Consiguió un trabajo mal remunerado en un taller de mecánica y allí intentó rehacer su vida. Ya no tenía familia. Los pocos familiares que nunca habían salido del país fueron abatidos en la invasión del 2003 y su hermana y su tía le habían comunicado en una carta que ya no lo consideraban como su familiar; porque según ellas se había convertido en un terrorista peligroso en contra de la civilización y la cordura. Así transcurrieron las semanas y los meses, pero el dolor y la desolación no abandonaban sus cómodos lugares en lo más profundo de Ahmed. Sólo el Islam acompañaba sus noches de soledad y melancolía.

Todo cambió una mañana cuando recibió una llamada de un hombre que había conocido en la cárcel. Este lo invitaba a tomar un té y quería hablarle para proponerle un negocio. Cuando se vieron, ese hombre aguerrido y callado le confesó que desde que había salido de la cárcel venían siguiéndolo. Que sabían cada uno de sus movimientos, tenían interceptadas sus comunicaciones y que estaban interesados en él. Que era un buen musulmán y que debía continuar lo que había emprendió: la Guerra Santa. Ahmed, repentinamente, se sintió perturbado y vulnerable. Preguntó por la identidad de “nosotros”. Miró a los ojos a su interlocutor y le cuestionó si lo estaba amenazando. El hombre con una tranquilidad estudiada le dijo que sólo eran amigos, que nadie le iba a hacer daño, que nada más querían contar con él para defender a su pueblo, su tierra y su fe. Lo tranquilizó y le dijo que confiara en ellos. Ahmed entre intrigado y asustado, entre cauteloso y movido repentinamente por un afán de venganza, aceptó.

Esa misma noche canceló lo adeudado en la habitación en la que vivía, escribió una nota de renuncia a su trabajo, tomó sus exiguas pertenencias y se montó en una camioneta de la Organización. Le taparon la cabeza con una bolsa de tela negra y lo recostaron en la parte de atrás del vehículo. Ahmed tenía miedo, pero a la vez la adrenalina lo desbordaba, sentía que por fin tendría una posibilidad de devolver un golpe a quién tanto daño le había hecho. Sólo después de algunas horas llegaron a su destino. Aquel era un campamente camuflado en las montañas del norte del país. Allí le quitaron la venda y lo recibieron con una fraternidad que hacía mucho tiempo no sentía. Le comentaron que iniciaría un proceso de entrenamiento en diferentes áreas para hacer de él un guerrero santo. Él aceptó todo lo que le dijeron sin chistar. Algo dentro de sí, que no podría identificar, lo empujaba a unirse a esa causa a cualquier costo.

Ahmed no tuvo que hacer muchos esfuerzos para convencerse de lo estaba emprendiendo. Al siguiente día de su llegada comenzó una terapia de lavado de cerebro que buscaba hacer de él una máquina perfecta de matar; al mismo tiempo plenamente obediente e identificada con los lineamientos de la Organización. El muchacho se entregó en cuerpo y alma en el  trabajo por los objetivos de la Hermandad. Agradecido porque le habían devuelto un sentido a su vida. Un norte que había sido destruido y robado por el Gran Satán; por Estados Unidos y sus lacayos. Por Occidente.

Pasó el tiempo, y ya Ahmed había sido fuertemente entrenado para el combate cuerpo a cuerpo, era hábil en la manipulación de explosivos, tenía una especial aptitud para el uso de armas de fuego de largo y corto alcance, había recibido un sólido adoctrinamiento religioso e ideológico y había sido adiestrado para la resistencia ante torturas e interrogatorios extensos. Después de algunos años ya era más que un discípulo y le encargaban pequeñas misiones especializadas; como asesinatos selectivos e  instalaciones de bombas; para ser activadas a larga distancia. Pero sobretodo le encargaban tareas de reclutamiento en todo el Medio Oriente. La Organización elegía cuidadosamente a los posibles reclutas, gente con suficientes razones para hacer cualquier cosa, que no tenían nada que perder. Los seguía durante meses, los estudiaban, los descartaba si no eran aptos y en el momento preciso se acercaba sólo a aquellos que consideraba que tenían verdadero potencial. Ahmed había aprendido, gracias a la experiencia, que si se negaban o se mostraban demasiado indecisos ante la propuesta de pertenecer a la Hermandad eran eliminados ni bien salir del punto de encuentro. Una pequeña limpieza necesaria para asegurar el éxito de la Yihad. La Organización se caracterizaba por ser prolija e imperceptible, y  para lograr esto no era posible dejar cabos sueltos.

Para ese punto de su vida Ahmed sentía que ya estaba preparado para abordar algo grande, tal vez una misión que tuviese un impacto poderoso sobre sus enemigos. Por fortuna para él esa anhelada tarea no se dio a esperar por mucho tiempo. Desde arriba le llegó una orden para trasladarse a un cruce de caminos cerca de la ciudad jordana de Zarqa. Ahmed estuvo allí  el día correcto y a la hora indicada. Fue recogido por una camioneta negra blindada. Subió a ella y fue enfundado en la tradicional bolsa de tela negra. Pasaron más de diez horas hasta que hubo llegado a una edificación abandonada en medio del desierto. Allí fue recibido como siempre, con amabilidad y una cortesía fina; inmediatamente se sintió como en casa.

Pronto se reunió con otros mártires que habían llegado antes que él. Ahmed se enteró de inmediato que su gran día había llegado y que más pronto que tarde estaría en el Paraíso que Alá había reservado para los valientes que morían por Él. En ese instante, en un momento de descuido ideológico, recordó una idea absurda que había leído en una página web unos años atrás. Un “investigador” alemán que había escrito un libro en contra del Corán bajo el seudónimo de Christoph Luxenberg. En dicho manifiesto blasfemo decía sin ningún pudor que el Corán había sido malinterpretado y traducido mal por siglos. Decía aquel infiel que en el pasaje del Sagrado Libro donde se hace referencia a las vírgenes que serán entregadas a los mártires en el Paraíso, se debía cambiar la palabra “vírgenes” por “racimo de uvas” basado en la que para él era la traducción correcta del término. Por supuesto, esa era una idea herética y mentirosa. Ahmed rápidamente apartó ese concepto estúpido  e irracional de su mente y se enfocó en el servicio que debía prestar a la causa de Alá.

Tan pronto como estuvieron reunidos todos los escogidos, les fue revelado el plan de acción. Transportarían en su interior, con la ayuda de una pequeña intervención quirúrgica, una bomba de relojería hecha exclusivamente con derivados plásticos y fibra de vidrio. El explosivo que se usaría era indetectable para los sabuesos de los aeropuertos.  Además, se trataba de una precisa máquina que no tendría ningún elemento metálico que pudiese ser descubierto en los detectores de las terminales aéreas.

Por otro lado, según la estrategia expuesta, para evitar un posible paso por el escáner abdominal y eliminar sospechas se había escogido solamente mártires que tuviesen nacionalidad de algún país de Occidente. Fue allí que Ahmed se dio cuenta que en el grupo había siete hermanos americanos, tres italianos, cuatro británicos, ocho franceses, dos canadienses, tres alemanes, un sueco, un húngaro y él; un español. Se esperaba hacer la cirugía, con la consecuente instalación del dispositivo explosivo, sólo unas horas antes del abordaje a un aeroplano con destino a diferentes ciudades de Norteamérica y Europa. Desde múltiples lugares del mundo, con el fin mostrarle a Occidente que estaban en todas partes; que no había seguridad en ningún lugar del planeta. Para que el plan funcionara como estaba previsto el mecanismo de cada bomba sería programado para que estallara en el aire, todas al mismo tiempo, derribando el avión en el que se transportaba al mártir.

La instalación de los dispositivos en los huéspedes se haría en la ciudad de salida de cada vuelo, a través de equipos que ya estaban preparados en cada una de esas zonas. Para Ahmed fue curioso saber que dentro de los mártires había siete mujeres que serían cargadas con una mayor cantidad de explosivos; ya que tendrían más espacio una vez les hubiesen sido extraídos el útero y los ovarios. No había mucho más que decir, sólo que se utilizaría una bomba extremadamente potente para que con una pequeña cantidad de la misma, se produjese una explosión capaz de romper el fuselaje del avión.

El ataque se había programado para exactamente siete días después de esta reunión y en el siguiente día se hizo una evaluación de cada uno de los futuros mártires para determinar si podrían cumplir a cabalidad con la misión. Todos pasaron las pruebas a excepción de dos personas; un hermano americano nacido en Wisconsin y un cairota con pasaporte italiano. El día indicado, en pequeños grupos, fueron enviados a las diferentes ciudades del mundo; donde serían recibidos por discretos contingentes de efectivos de la Organización que los llevarían al lugar preparación. Fue así que desde Amman salieron diferentes vuelos con hatajos hombres y mujeres con destino a Tokio, Sao Paulo, Bogotá, Nueva York, San Francisco, Milán, París, Londres y Madrid. Esta última ciudad era el destino de Ahmed.

De vuelta en el presente, Ahmed intentaba acomodarse como podía en la silla de clase económica. Al lado de la ventana dormía a un español bajito, enjuto; que roncaba como si de una animal grande se tratase. Del lado del pasillo se hallaba una adolescente japonesa que se entretenía con la pequeña pantalla que estaba en frente de su asiento. Una azafata, una madura mujer española de pelo rubio y ojos azules como el cielo sin nubes, se dirigió al mártir. Le preguntó si deseaba algo y él intentando mostrar la mayor naturalidad posible pidió un vaso con agua. La mujer con una sonrisa amplia se lo ofreció y se ocupó de la chica asiática que ordenó una botella de Coca Cola. Cuando la mujer se movió a las sillas del frente, Ahmed tragó con dificultad solo un poco de agua mientras miraba de reojo a la chica a su mano derecha. Kai, como la llamaban sus padres que estaban justo detrás de ellos, no paraba de pensar y repensar un Sudoku incluido en los elementos de entretención de la aerolínea.

Ahmed miró hacia adelante, intentando no pensar y no respirar demasiado profundo. El vientre le dolía cada vez más y la cabeza le empezaba a dar vueltas. Sentía una presión inesperada sobre la zona de la espalda donde se encuentran los riñones. Miró su reloj de mano. Faltaban solamente 12 minutos para que el dispositivo se activara y él estuviera en el Paraíso de Alá.

Sin darse cuenta de que lo admitía, admitió que lo que lo ponía mal no era el peso de la bomba sobre sus entrañas o el miedo a ser descubierto y no poder cumplir su misión. Lo que lo turbaba al punto de no poder respirar normalmente era pensar en la gente que tenía al lado. Había niños a bordo, familias enteras que buscaban unas vacaciones en la capital de Alemania. A su lado estaba Kai que jugaba inocentemente sin saber que pronto volaría en pedazos. Estaba el español de la ventana que había dejado caer sin querer de su billetera, antes de despegar, la foto de un bebé tan enjuto y seco como él; seguramente se trataba de su hijo. Pensó en cada uno de los 164 pasajeros que dormían, leían, comían o miraban una película; sin saber que morirían en algunos minutos. La guerra era contra ellos; el objetivo de la guerra era el Gran Satán. Del que ellos eran lacayos y abnegados sirvientes. Eran infieles, personas cuya vida era menos que la de los santos. Ellos eran los ojos y las manos del mal. De la malignidad que había destruido su familia, que había pisoteado a su pueblo, que le había arrebatado la dignidad.

De repente, una mujer alta, de piel blanca y de pelo rojizo, maquillada con colores fuertes y  gruesos labios rojos pasó junto a Kai. La chica ni siquiera la percibió, pero Ahmed la vio directamente a la cara. La mujer estaba acicalada de negro, con un vestido ceñido a un cuerpo delgado y largo. Portaba un sombrero negro de ala ancha, coronado con plumas exóticas del mismo color. Sus manos largas y delgadas se enfundaban en sendos guantes de seda. Su mirada, de un verde turquesa, se encontró directamente con la suya. Era una mirada profunda, arcana, insondable. Una mirada sin prisa, pero sin pausa. Tranquila y abrumadora. Era la mirada de la Muerte que se había detenido en los ojos oscuros de Ahmed unos minutos antes de que alcanzara el Paraíso.

De inmediato Ahmed se quedó paralizado, absorto, inmóvil. Petrificado, pero no de terror. Petrificado de impotencia. No había nada que pudiese hacer, nada! Se sintió como antes de entrar en la Organización; vulnerable, estático, sin esperanza. ¿Qué le pasaba? ¿Aquello era real? ¿O sólo era una jugada de su mente? Cerró y abrió los ojos, pero la mujer estaba ahí mirándolo directo a la cara. Una figura sin sombra, porque ella era la Sombra misma. La mujer le ofreció una pequeña sonrisa, luego siguió su camino hacia la parte trasera del avión.

Ahmed no salía de su asombro, de su estupor, del mutismo de saberse al borde de la muerte y de no saber si su defunción valdría la pena. Sin saber si su sacrificio tenía un sentido, una razón más allá de la venganza, del profundo abismo de muchos dolores mal curados. Los años de adoctrinamiento ideológico se fueron al traste. Las horas de ser machacado una y otra vez, recordando todo lo que el enemigo le había hecho a él, a su familia, a su pueblo se resquebrajaron en un segundo. Se hallaba como una “tabula rasa”: en blanco, sin ideas, sin grandes causas por las cuales luchar; se había quedado sin nada.

Cerró fuertemente los ojos, no quería volverlos a abrir nunca más. No quería hacerse responsable de lo que estaba pasando, de lo que sucedería. No había sido él, había sido el Gran Satán que lo había obligado; que lo había dejado sin opciones. Que le había llenado las manos con nada más que venganza y odio. ¿Todavía podría hacer algo? ¿Podría evitar la catástrofe? Un sudor frío empezó a brotar sin control por los poros de su frente y de sus manos de puños cerrados. Ahmed empezó a temblar ligeramente. Kai no se dio cuenta de nada, porque estaba demasiado absorta en ver una película de temporada en la pequeña pantalla en frente de su silla.

Por su parte, el Don español abrió los ojos. Vio a ese hombre joven y delgado temblando, con los labios apretados, los ojos cerrados como huyendo de una cruel visión y apretando los puños tanto que corría el riesgo de enterrarse las uñas en la palma de las manos. Sin embargo, ese no era su problema. Él estaba cansado y, desde que no se metiera con él, le tenía sin cuidado lo que hiciera o pasara con aquel hombre.

Ahmed tensionó todo su cuerpo. Quería dejar de existir antes de morir. No quería tener en sus manos la sangre de tantas personas. De familias como la que tuvo una vez. No podía, simplemente no podía!. De repente, sintió que alguien lo miraba. Pensó que era aquella mujer de negro y no pudo resistirse a abrir los ojos. Por el contrario a lo que pensaba se trataba de una mujer con hiyab –el velo islámico-. Le fue evidente que por su manera de vestir era musulmana. No era ni joven ni vieja. Tenía una cara límpida, sin maquillaje y de una piel suave y lozana. Unos ojos almendrados y del color de la aceituna lo miraban, mientras se dibujaba una sonrisa dulce en su rostro. Esa expresión le recordó a su madre antes de que todo se fuera por la borda. Una impresión que le rompió el corazón. Estaba claro que mataría inocentes, sería tan culpable y tan asesino como aquellos que saquearon, asesinaron y destruyeron su amada tierra. Ya no podía hacer nada, no había tiempo, no había marcha atrás, no había remedio.

Recordó aquel asunto de la recompensa del  puñado de uvas en el Paraíso. Obviamente se trataba de una interpretación absurda del Corán, por parte de un infiel. Pero, y si ¿era cierto? ¿Qué recibiría de parte de Alá?  ¿72 vírgenes? ¿Un racimo de uvas? ¿El Infierno? ¿El desprecio eterno? ¿Cómo premiaría Alá aquellos que hacían lo mismo que él, matar inocentes, pero del otro bando? ¿También los llevaría al Paraíso por hacer lo que hacen en nombre de su fe, de la libertad y la democracia?

Sin aviso su mente le trajo todos los recuerdos de su estancia en España. Rememoró a tanta gente que se había mostrado compasiva, amorosa, abierta con él; un pobre huérfano extranjero en una tierra lejana. Como en la cinta de una película resonaron sus años en aquel país; en Occidente.  Vinieron a su mente todos los bastardos que le recordaban al perpetrador yanqui, pero también los miles de personas buenas cuya sonrisa no traía otra cosa más que luz. Justo como aquella correligionaria que en ese momento se ponía de pie para ver que le pasaba a aquel hombre flaco, ojeroso y seco como un arbusto en el desierto.

Ahmed Valbuena, ese era el apellido de su abuelo -un converso español que llegó a Irak en los años 50-, no podía contener la andanada de imágenes que inundaban su cabeza. Fruncía los dientes unos contra otros casi hasta romperlos, respiraba con dificultad y sentía pequeños espasmos que lo recorrían de arriba abajo. Sudaba profusamente y apretaba tanto los apoya brazos de su silla que Kai se dio cuenta que algo no andaba bien con el hombre a su lado. Ya no podía escapar, no podía salvar a nadie, no podía dejar de matar, su destino estaba sellado.

La mujer de mirada compasiva y de voz dulce se acercó y tocó con cuidado el hombro de Ahmed. Con una cálida sonrisa le preguntó, en un inglés fluido, si le pasaba algo; si le podría ayudar. Kai vio aquella escena con asombro y con una corazonada que algo andaba terriblemente mal.

Al sentir el toque, la voz, el aroma suave a rosas que expedía aquella mujer Ahmed se tensionó todavía más, pero sólo por un instante. No quería ver de nuevo esos ojos luminosos que indefectiblemente dejaría sin vida, no quería hacerse responsable. Se repetía una y otra vez que no podía. La mujer viendo la reacción  insistió, realmente preocupada por aquel pasajero de avión. Tal vez estaba enfermo, tal vez le tenía pánico a volar. Como un último acto de valentía, y haciendo acopio de toda la fuerza que le quedaba, el hombre abrió lentamente los ojos. Eran unos ojos llenos de dolor, de tristeza, de espanto, de muerte. Con voz tenue le pidió perdón a la mujer por lo que iba a suceder. Ésta sin entender lo que pasaba, quiso insistir en la pregunta de si se hallaba bien. Pero no pudo. En ese preciso instante Ahmed y todos a su alrededor estallaron en mil pedazos. En el resto del avión no hubo demasiado tiempo. Nadie alcanzó a despedirse, nadie pudo hacer nada. Sencillamente el aeroplano estalló y se rompió en varios pedazos. Todo se precipitó al vacío. No quedaba nada. Sólo metal retorcido, sillas gruesas hechas girones y cuerpos inertes entre la frontera de Francia y Alemania.


En ese preciso momento 27 aviones más estallaron en el aire en distintas partes del globo. Todo había transcurrido de acuerdo al plan, todo había marchado con una precisión milimétrica. Ese era el mensaje; la Hermandad era una red en extremo precisa, despiadada y aterradoramente implacable.

Cuento escrito por David Turriago

martes, 19 de mayo de 2015

Cuento: Un Día Poco Convencional

Ese día se había levantado tarde. El fin de semana había sido agitado; con un concierto el día sábado y un domingo familiar que la había dejado demasiado agotada para levantarse el lunes a la hora habitual. Abrió los ojos con dificultad, lentamente estiró las piernas y levantó el edredón con el que dormía. Puso los pies suavemente en el tapete al lado de su cama y se dirigió hacia el portal de la habitación. Tan pronto como abrió la puerta Leónidas, su gato, salió disparado de la cama que compartía con Leona en busca de algo de comer y de beber. Deseando saciarse con el contenido de los tazones que eran suyos y que se encontraban en un rincón de la cocina.

Leona hizo todo lo posible para apurar el paso mientras se bañaba, se peinaba, se vestía y hacía la cama. Al parecer sus compañeros de apartamento ya habían salido a trabajar. Eso lo deducía por la hora y por la ausencia de cualquier ruido que no proviniese de Leónidas o de ella misma. Ya cuando cogía su maleta y sus llaves, y bordeaba el contorno de la sala para salir al exterior vio a Leónidas, ese condenado gato negro, bufando, con la cola esponjada, latigándola contra sus costados, con las orejas gachas mirando en dirección al sillón amarillo que se encontraba en esa estancia del apartamento. Leona le habló al gato intentado tranquilizarlo, pero éste parecía no escuchar.

La mujer decidió salir para emprender la corta caminata que la llevaría a su trabajo. No quería perder más tiempo, menos haciendo caso a las locuras de su gato, pero antes de salir se preguntó si había dado de comer al felino. Cosa que respondió en la mente de manera afirmativa, abrió la puerta, salió y puso el cerrojo convencida de que en el apartamento no quedaba más que Leónidas en medio de uno de sus habituales ataques de “psicosis felina” como ella la llamaba.

Cuando estaba saliendo a la calle recordó los comentarios de sus compañeros de apartamento. Compartía una cómoda planta con Abel y Lauren; él era un viejo amigo de la universidad con el que llevaba un par de años viviendo. Un tipo deportista y buena vida que trabajaba en un banco del que sólo se quejaba, pero al que no era capaz de renunciar porque como decía él “a pesar de la paga mediocre y las eventuales quedadas hasta tarde, banco es banco y se tiene una estabilidad laboral”. 

Lauren era una arquitecta canadiense que trabajaba en una firma de consultoría urbanística de la ciudad; había llegado a Colombia detrás de un amor de verano del que se desencantó más bien pronto, pero se enamoró del país. Entregó su corazón locamente a la idiosincrasia tropical, el realismo mágico, las canciones llaneras y el olor de la vegetación de la Sabana de Bogotá.  Ambos le habían comentado extrañas experiencias entre las que se enumeraban sombras fugaces, ruidos inexplicables en zonas de la casa donde no había nadie; ni siquiera Leónidas, luces que se encendían y apagaban solas o aparatos electrónicos que se activaban sin estar programados, emitiendo sus señales al máximo volumen posible. Además, estaba el loco de cuatro patas que se enroscaba como una serpiente de cascabel siempre viendo aquel el sillón amarillo que había comprado Leona en una feria de pulgas.

Leona se preguntó si realmente pasaba algo raro en casa, pero rápidamente se respondió lo que se respondía siempre que se hacía esa pregunta: se trataba de la sugestión de sus compañeros y de la locura de su hijo gatuno; de su “psicosis felina”. Sonrió por su ocurrencia de la “psicosis felina” y apuró el paso para cubrir en el menor tiempo posible la distancia que la separaba del sitio donde trabajaba. Solo diez segundos después había olvidado por completo todo lo referente a la extraña “psicosis” de Leónidas y a los sucesos que le comentaban, un tanto alarmados, sus room mates. Hechos que, por supuesto, ella nunca había percibido.

Después de nueve minutos de caminata a buen paso entró a la calle en donde se encontraba la casa enorme, obviamente remodelada, desde donde operaba la empresa en la cual laboraba. Pasó por el frente de la casa abandonada que se hallaba en la misma acera, una edificación que en sus tiempos de gloria debió haber sido casi una mansión pero que en el tiempo presente era una estructura abandonada con el techo parcialmente colapsado; con un aspecto inquietante y un poco patético. Los dueños de la compañía habían intentado en varias ocasiones adquirir la propiedad con el fin de establecer una segunda sede en aquella casa, porque las instalaciones de la empresa se estaban quedando chicas frente al crecimiento de la organización. Sin embargo no fue posible; el dueño, un anciano viudo y sin hijos, no paraba de negarse sin importar la oferta económica o los ruegos de los interesados, mientras entre dientes y de manera casi imperceptible repetía una y otra vez que no podía vender la casa donde vivía su madre. Finalmente la firma terminó adquiriendo dos apartamentos en un edificio ubicado en la esquina de la misma calle; dónde instaló sus oficinas administrativas, dejando la gran casa para la actividad operativa.

Siempre que pasaba en frente de esa casa en ruinas, Leona, sentía que desde la segunda planta, más concretamente desde una habitación en el costado norte de la edificación coronada por una ventana manchada y custodiaba por una cortinilla de velo blanco, se ocultaba una mirada inquisidora. Un escrutinio inexplicable que al pasar por allí no la dejaba tranquila del todo. Leona algunas veces se había parado frente a dicha ventana como intentado adivinar en la oscuridad el contorno de un visitante inesperado, tal vez un vagabundo, pero jamás había visto nada. Sólo sentía esa inquietud, en ocasiones un escalofrío sobre la columna vertebral, como si una poderosa visión la atravesara, tal vez un susurro débil en el viento que hacía danzar las ramas de los árboles; que se hallaban en el parque que remataba el costado oriental de aquella calle ciega. Un par de veces Leona vio cómo se movía el velo vaporoso, pero lo atribuyó en ambas ocasiones al efecto del viento que podría colarse por el techo colapsado del costado opuesto de la antigua mansión. Ese día Leona se detuvo un instante mirando aquella ventana, pero casi inmediatamente recordó que iba tarde y retomó el sendero de los escasos metros que lo separaban de su lugar de trabajo.

Leona tuvo un día como cualquier otro; tuvo que volar para terminar un informe que debía enviar a Casa Matriz en la mañana. Luego entró a la habitual reunión de los lunes; una ceremonia gris y monótona dónde se explicaba los pormenores de la semana anterior. Después fue a almorzar con un par de compañeros de trabajo y en la tarde sin nada más que hacer se dedicó a organizar carpetas en su computador, archivar los documentos en sus respectivos folders y hablar con todo aquel que se pasase por la cafetería al final de la tarde.

Fue casi a la hora de salida que Leona tuvo una extraña y desagradable experiencia. Estaba hablando de los resultados de la última fecha del futbol colombiano con un apasionado interlocutor que era hincha del mismo equipo por el que Leona daba la vida, cuando sin previo aviso sintió una rara sensación de ingravidez. De pronto se percató como su cuerpo se dilataba y se estiraba, para después contraerse y colapsarse en sí mismo. Se quedó en silencio y buscó una silla para pasar sentada esa mala jugada de la mente. Su compañero de discusión futbolística se acercó a preguntar que le pasaba. Fue allí cuando sintió cierta dificultad para respirar, no era porque sus pulmones no pudiesen recolectar aire; sino porque no había aire para ella. Percibía que entraba por sus fosas nasales nada más que un vapor denso y tibio. Pidió ayuda a su amigo, que intentó abanicarla como podía con las copias de unos documentos que traía consigo y que acababa de imprimir. Pero Leona se sentía cada vez peor, no se sentía sobre la tierra, se creía en un mal sueño; siendo esto lo que la enfermaba realmente. Esa sensación de irrealidad, de surrealismo práctico que aterra a todo aquel que no está buscando un viaje psicodélico o una experiencia religiosa.

Andrés, su compañero, corrió a la recepción y pidió ayuda. Algo no andaba bien con Leona. Estaba sudando mucho, temblaba, balbuceaba simulacros de palabras y se había puesto muy pálida. Pronto regresó con refuerzos al lado de su amigo de futbol: vinieron en su rescate la señora del aseo y la recepcionista. Pero Leona ya se estaba recuperando. Había decidido concentrarse en su respiración, y dejado que los pensamientos vinieran y se fueran como había aprendido en algunas sesiones de meditación budista a las que había asistido. No quería llamar la atención con una tontería como esa. Los presentes la rodearon cuidando de no tapar con sus cuerpos las fuentes de aire fresco de la cafetería; Leona los tranquilizó con los ojos cerrados mientras terminaba de entrar en un estado de calma.

Después de unos minutos se levantó de la silla y subió a la tercera planta donde se encontraba su escritorio, no sin antes agradecer a sus compañeros por el interés en socorrerla. Andrés la siguió acompañándola de camino a su oficina, tenía miedo que se cayera en las escaleras si le volvía a dar la pálida. Mientras las dos mujeres hicieron un par de comentarios sobre lo que había sucedido y pronto se olvidaron de ello. El suceso no pasó a mayores.

Pronto llegó la hora de salida. Leona totalmente recuperada se despidió como siempre de todo el mundo; un ritual con presencia de una nutrida andanada de besos en la mejilla diciendo con firmeza el nombre de su interlocutor. Esa era su forma de despedirse. Quería volver pronto a casa, ver una película y dormir temprano. Se sentía cansada y pensó que tal vez ese pequeño “ataque de pánico” se debía a la falta de sueño.

Fue así que, deseándole un buen descanso a la señorita de la recepción, salió a la calle. La luz tenue de las cinco de la tarde iluminaba el parque a su izquierda. Lo percibió extrañamente vacío y silencioso. No vio los habituales niños jugando con sus madres, sus abuelos o sus nanas. Tampoco los perros recogiendo ramas cuando eran lanzadas por sus dueños o simplemente corriendo como unos verdaderos dementes. Ni siquiera escuchó el canto de los pájaros o el susurro del viento.

Sin embargo, no prestó atención a aquellas señales. Emprendió su camino rápidamente inmersa en sus pensamientos; estaba decidiendo que película vería y si la acompañaría con palomitas maíz con sabor a queso, lo que  implicaría una pequeña visita al supermercado porque ya no tenía existencias en casa. Totalmente imbuida en su cabeza, se acercaba a la enigmática casa en ruinas. Sin saber por qué, volvió a ver hacía la ventana misteriosa. Lo hizo porque sintió que alguien la observaba, una sensación tan patente como cuando alguien se quedaba mirándola en el transporte público o haciendo la fila de un banco.

Allí había alguien. Lo sabía, allí había alguien! Al comienzo no se sobresaltó, solo se quedó mirando a la mujer de cabello recogido en un rígido peinado de señora mayor. Tenía una bata blanca, pero lo extraño era que sus manos y rostro competían con la blancura de su ropa. Unos dedos huesudos sostenían la brecha que se hacía entre velo a modo de cortina y el borde del marco del rosetón, un espacio muerto por el que se veía esa inquietante figura a través de las manchas del vidrio de la ventana.

En un primer momento Leona pensó que se trataba de una anciana por el estilo maduro de las vestiduras, el  moño del pelo, el rictus del rostro y los labios apretados dibujando ciertas arrugas a la fuerza. Pero pronto se dio cuenta que se trataba de una mujer joven, con el pelo negro y el aire de señora de alta sociedad que ve con desdén al resto de la Creación. No obstante, lo que más le impactó fue su mirada; dura, vacía y de un severidad extrema. Leona emprendió la marcha, no quería ver más esos ojos austeros y oscuros como el ónix, pero después de dar varios pasos no pudo dejar de echar un vistazo hacia aquella ventana; la mujer seguía allí e inclinaba la cabeza de un modo no del todo natural para no perderla de vista.

Leona sintió un escalofrío que recorrió como un rayo todo su cuerpo. Decidió apurar el paso y cruzar la calle para caminar del lado del parque, no de las casas. Mientras lo hacía no podía quitar esa mirada de su mente, era como ver al Abismo directamente esperando a que cosas aterradoras emergieran de su interior. Echó un vistazo rápido hacía atrás intentado saber si la mujer todavía estaba allí, pero desde ese ángulo no se alcanzaba a ver la ventana.

Al mirar de nuevo hacia adelante, estuvo a punto de chocar con un hombre alto que estaba inmóvil en medio del sendero que bordeaba la arboleda. Automáticamente pidió excusas por su torpeza, pero más temprano que tarde se dio cuenta que algo raro pasaba allí también. Sin el menor pudor por escrutar directamente a un desconocido, se quedó mirando a aquel hombre; a esas alturas era mayor su estupor que su vergüenza. Se trataba de un personaje enorme, de unos cincuenta años, con manos gigantes y una nariz grande, roja y bulbosa; como la nariz de un payazo. Era calvo y se dejaba crecer el pelo de los costados de la cabeza, en un peinado hacía atrás lo que le confería todavía más un aspecto de bufón de circo al mejor estilo de Krusty el Payaso. Sin embargo, lo que era realmente perturbador era la expresión de su rostro; la mirada penetrante de unos pequeños ojos negros aderezaba una sonrisa sardónica que más que irónica se hacía macabra. El hombre estaba totalmente inmóvil, como si el tiempo se hubiese detenido y lo congelase en una mueca terrorífica mientras miraba algo en su Smartphone.

Leona se tuvo que obligar a reaccionar. Aquella persona, como una estatua sacada de un museo de cera, la hipnotizaba poderosamente. Era como una invitación a dejarse llevar y a compartir con él la aniquilación del tiempo como un último acto de sublevación. Pero algo en lo más profundo de Leona le señaló el peligro, algo le decía que se encontraba a un par de metros de la perdición. Liberada del embrujo, por un mero acto de voluntad, decidió apurar el paso nuevamente; rodeando a aquel extraño hombre. Salió del parque y llegó a la esquina de esa calle tan conocida pero que ese día le parecía extrañamente absurda.

En ese punto se encontraba la calle 100 que era posible cruzar caminando sólo unos diez metros hacia el occidente para ser atravesada sobre una cebra peatonal. El semáforo, que se hallaba tan cercano como el cruce que custodiaba, se encontraba en luz roja para los vehículos y luz verde para los transeúntes. Leona debía cruzar aquella avenida para escabullirse por entre los edificios del otro lado de aquella arteria vial y llegar a su casa.

No obstante, algo llamó poderosamente su atención. A tal vez un metro del paso para caminantes había varios vehículos detenidos. Los conductores y pasajeros de los carros se hallaban  inmóviles en diferentes posiciones, haciendo muecas dramáticas; grotescas. Una mujer al volante de un carro azul oscuro miraba lo que parecía ser un celular de última tecnología que tenía en su regazo. Su cara, que parecía de cera, se derretía de un costado. Describiendo una sonrisa de espanto mientras embelesada no despegaba los ojos de la pantalla de su teléfono móvil. Estaba como ida, mientras el vehículo parecía estar al rojo vivo.

En otro vehículo un hombre y una mujer estaban inmóviles como discutiendo, en medio de una disputa congelada en el tiempo. El hombre tenía una expresión de asesino, de demonio de la ira mientras una mano alzada al aire expresaba la vehemencia de sus argumentos. El hombre tenía un hoyo en la cabeza, como el que realiza la trayectoria de una bala que hubiese ingresado por la boca. Sobre la carrocería del automóvil, del lado del volante, un revolver brillaba bajo la luz de neón del semáforo. La mujer a su lado, hacía una mueca dramática de tristeza, con el maquillaje todo corrido y expresión lúgubre. Parecía una burla de sí misma; un espectro que evocaba el sufrimiento de todas las almas del mundo en pena, sin descanso. Tenía un agujero sangrante en el pecho, a la altura del corazón, y  su mirada sin esperanza se sometía a la del hombre colérico. Ambos se veían plastificados, demasiado lisos y brillantes para ser personas reales.

Más allá en un automóvil de alta gama una mujer se miraba en un espejo; vanidosa, codiciando para sí toda la belleza del mundo. Su rostro entronado por cierta malignidad arqueaba las cejas y esbozaba una sonrisa para su propio reflejo que no dejaba de recordar a un depredador que no es posible encontrar en los libros de zoología, sino en las insondables pesadillas de la Humanidad. Su cara era la menos parecida a la de un ser humano y la más similar a la de los santos de yeso, con ojos de vidrio incluidos, de las capillas católicas. De hecho todas esas personas parecían hechos de un elemento moldeable, efigies de horror que simulaban seres humanos. Era precisamente su parecido a un hombre o a una mujer, sin serlo, lo que los hacía más aterradores.

Entonces Leona percibió algo. Alrededor suyo no veía gente, la calle estaba prácticamente desierta y no bullía en la vida y el desorden capitalino de aquella hora de la tarde. Junto a ella, sentado en una pequeña banqueta hecha de concreto, se hallaba un hombre que sin avisar empezó a silbar una melodía dulzona de un bolero bastante popular. Su miraba sin alma, enmarcada en unas gafas de considerable grosor, se dirigía a la los vehículos en espera. Fue aquí donde el pánico se apoderó de Leona, le daba miedo que aquel hombre que parecía de mentiras volviera para mirarla a ella. Pero afortunadamente aquel hombrecillo bajito y regordete no quitaba su mirada de los autos, era como si nadie viera a Leona; como si fuera un fantasma en una realidad desconocida.

Leona que para entonces estaba ya como intoxicada de tanta irrealidad, se sentía aún peor que una hora antes. Sentía que flotaba y a la vez que algo la jalaba a la tierra con la intensión de tragarse su alma; de hacerla parte de los trofeos del Inframundo. Quiso volver atrás, buscar un poco de ayuda en aquel lugar donde se movía su vida en medio de reuniones, informes, charlas ligeras, evidentes preocupaciones, alegrías, frustraciones. Pero pronto recordó la mirada de la mujer en la casa abandonada. No quería pasar por su inspección otra vez. Sólo tenía una salida, debía llegar a su casa y rápido! Caminó con paso firme para cruzar por la cebra peatonal aprovechando la señal en verde, quería cruzar corriendo aquel obstáculo que la separaba de su lugar seguro, de su casa.

Pero un movimiento atrajo su atención con el rabillo del ojo. Una esquina más al occidente vio la figura de tres hombres. Estaban vestidos con una levita negra y con un sombrero presbiteriano que les hacía juego. Los tres la miraban fijamente de arriba abajo y comentaban maliciosos entre ellos. Sus rostros era un esqueleto apenas cubierto con piel como el de los enfermos a punto de morir, los ojos hundidos y vidriosos, el cabello cano y escaso, con la expresión refulgente como la del hierro al rojo vivo y con una sonrisa penetrante como cuchillo de carnicero. Era esa miraba enigmática, profunda, sobrenatural la que la invitaba a salir corriendo en la dirección opuesta. Uno de ellos le hizo una seña amable a Leona; pidiéndole que se acercara. Pero cada átomo de su ser le gritaba que huyera, que no se acercara porque entre esos hombres se encontraba la aniquilación; no sólo del cuerpo sino también del alma.

Siguiendo sus instintos, Leona corrió atravesando la avenida y se perdió tan rápido como pudo entre el bosque de ladrillos y cemento que constituye el paisaje de aquella zona de la ciudad. Después de un par de cuadras dejó de correr y empezó a caminar. Estaba extenuada, había corrido con una dificultad inusitada como si algo la empujara en dirección opuesta; hacía aquellos hombres bizarros que guardaban entre sus negras ropas a la Muerte misma. Sentía lo mismo que en uno que otro sueño en el que intentaba escapar, sin mayor éxito, de un peligro inminente. No obstante, esta vez lo había conseguido.

De repente reaccionó; si se trataba de un sueño? Intentó despertar como lo había hecho innumerables veces en medio de sus recurrentes pesadillas. Era sencillo: sólo se debía reconocer que se hallaba en un sueño, darse la orden de despertar, abrir los ojos, ir a la cocina medio dormida y coger algo dulce para comer y volver a la cama. Se dio la orden de despertar, pero no pasaba nada. Aquello era tan real como la realidad, pero era realmente ésta?

A pesar de los esfuerzos infructuosos para salir de la supuesta pesadilla o sueño, porque todavía no sabía bien de qué se trataba, se vio obligada a seguir caminando hacía su casa. No quería ser alcanzada por aquellos espectrales seres que le habían sonreído con una naturalidad pasmosa, como si la conocieran de antes. Un silencio total y desconocido le hacía compañía en el camino de retorno a su hogar, sólo escuchaba el sonido de su respiración entrecortada y de vez en cuando el ruido de sus zapatos mientras caminaba por alguna superficie pulida y dura.

Finalmente llegó a su casa. Cuando abrió la puerta un Leónidas igual de zalamero que siempre salió a su encuentro; aunque era un gato de gran tamaño, parecía un pequeño cachorro cuando veía a su amada Leona. Sin embargo, la humana no le hizo mucho caso. Entró a la cocina, se sirvió un vaso de agua y se sentó en la sala a ver por la ventana como oscurecía. Así estuvo más de una hora hasta que las últimas luces del crepúsculo de extinguieron y los focos artificiales iluminaron la calle. Lo extraño era que no veía a nadie pasar a pie, en carro o en bici. Lo cual no dejaba de perturbarlo, porque a esa hora siempre  había algo de movimiento. Mientras tanto Leónidas se había doblado sobre sí mismo y dormía plácido al lado de Leona.

Ésta decidió olvidarse de todo. Ver una película no bastaría en ese momento. Así que fue a la cocina limpió la arenera de Leónidas, le sirvió comida, buscó algo para sí en la nevera y se refugió en su cuarto. Se acostó en su cama mientras terminaba la cena y encendía el televisor. Una vez se puso en una posición cómoda, y Leónidas se acostó en su pecho, dejó de hacer zapping y se detuvo en su canal favorito. Entró en sintonía en una tanda de propagandas; miles de imágenes de colores fuertes, de sonidos espectaculares y personas sonrientes se arremolinaban una tras otra en su retina. Por algunos momentos logró sustraerse de sus revueltos pensamientos, pero pronto la fuerza del sobre estimulo le produjo unas extrañas nauseas. En efecto, era la primera vez que era consciente de algo que le sucedía cuando veía televisión; un mareo sedante se apoderaba de sus sentidos y la impresión de que amplias zonas de su cerebro se adormecían, produciendo un temporal coma cerebral.

Pero hoy había algo diferente, la carga de lo que veía y escuchaba la aplastaba contra la cama y de nuevo la sensación de un aire denso inundaba sus pulmones. Esto le obligó a quitarse de encima al gato y rápidamente hizo lo que siempre había hecho cuando lo que veía en pantalla la enfermaba; cambió de canal. Sin embargo, en todos los canales que pasaba observaba lo mismo;  una revolución de estímulos que pisoteaban la consciencia de sí misma y de la realidad. No obstante, Leona siguió zapeando hasta que se detuvo en un canal nacional en donde se ofrecía al público la copia de un formato de reality show norteamericano. Se trataba de un programa de imitación de cantantes famosos, hecho por quienes hasta hace unos meses eran anónimos músicos empíricos, juglares de  ducha o amenizadores de primeras comuniones.

Pero algo le parecía extraño de ese show; los jurados estaban inmóviles con esa mueca de sonrisa y esa posición postiza que había visto antes. Era la misma cara como hecha de cera que había visto en la calle unas horas antes. Mientras veían a los concursantes sacar con esfuerzo las notas musicales deseadas en tanto que bailaban al ritmo cadencioso de la respectiva pista musical. Por primera vez se preguntó a sí misma si estaría loca; y se sintió aún más extraviada en su propia irrealidad. De repente Leona se percató aterrorizada que también los concursantes del show empezaban a adquirir rasgos artificiales y rígidos mientras se movían como autómatas al compás de la música.

La avalancha de colores, sonidos, luces, ritmos, gestos exagerados y rictus cadavéricos le produjeron a Leona unas incontenibles nauseas. Apagó la TV con el control remoto y corrió a la tasa del baño donde devolvió con creces los exiguos alimentos que su cuerpo había recibido un rato antes. Leónidas sintiendo mal a Leona, se acercó a la enfermo mientras ésta prácticamente metía la cabeza en el inodoro, se restregó contra ella para decirle que la amaba y que estaba ahí para ella a pesar de dejar tanto que desear como su sirviente.

Habiendo terminado, Leona se sentó sobre el piso del baño mientras descargaba el agua y se limpiaba la boca con algo de papel higiénico. Luego se puso en pie, se lavó la boca y mientras volvía al cuarto escuchó un golpe atronador en la sala, como si algo muy pesado se hubiese caído. Leona se puso alerta; cogió el bate que guardaba debajo de su cama y sin dejar salir a Leónidas de la habitación, en un intento por protegerlo de lo que fuera que había ahí afuera, salió al pasillo todavía con un poco de mareo.

Llamó a Lauren y Abel pero no hubo respuesta. Antes de avanzar hacía el epicentro del estruendo revisó rápidamente las habitaciones de sus compañeros; no había nadie allí. Luego con sigilo y con el bate en alto camino los pasos aciagos que la separaban de la sala. Una vez en aquel lugar vio, gracias a las luces de la calle que se colaban por las persianas de aquella estancia, a un hombre sentado en sillón amarillo.

Leona miró con premura a su alrededor, buscando el origen del estruendo o un potencial compinche de aquel hombre. Pero no vio nada; solo estaban ella y aquel intruso. Leona interpeló al visitante, le preguntó quién era, que hacía allí, cómo había entrado, pero su interlocutor no hizo más que sonreírle de una manera tan aterradora que le heló la sangre. Aquel hombre se puso en pie y empezó a desplazarse lentamente hacía Leona, sin caminar; sólo flotando. Su cuerpo definido hasta la cintura remataba en una sombra negra con la forma de unas piernas sin pies que se bamboleaban en el aire sin tocar el suelo. Leona estaba petrificada, no daba crédito a lo que veían sus ojos, aquel ser se acercaba a ella y ella no podía hacer nada, había perdido el movimiento de todo su cuerpo, un terror arcano y profundo hizo presa de su humanidad.

De repente, cuando vio el rostro maligno del hombre a unos centímetros del suyo, escuchó los maullidos y bufidos de Leónidas que rasguñaba la puerta de su habitación. Esta intromisión en el encanto hipnótico de lo desconocido; le permitió gritar agresivamente y lanzar un batazo hacía la cabeza de lo que fuera que tenía delante. Sin embargo, el bate no hizo más rasgar el aire atravesando a aquel ser, que en respuesta la tomó por el cuello y la lanzó hacía atrás. Esas manos heladas y el peso de ese cuerpo sobre su pecho le hicieron entender lo imposible; un ser etéreo que sin embargo puede producir asfixia sobre un ser físico, sobre ella. De golpe todo se puso oscuro, porque sobre ella estaba una oscuridad que no era física, habitual, material, era una oscuridad que no se puede describir con palabras. Sentía como unas fuertes manos se cernían sobre su cuello y como una risa maligna retumbaba en sus oídos. Allí estaba ella, tumbada, sin poder siquiera defenderse de lo que fuera que estaba encima suyo.

Leónidas estaba detrás de la puerta como una fiera acorralada intentado defender a sus cachorros; bufaba, chillaba, maullaba, gruñía, rascaba la puerta, la golpeaba con sus patitas delanteras en rítmicas andanadas; como intentando romperla. De repente, algo o alguien abrió la puerta de la habitación y el gato negro salió al pasillo tan rápido como pudo; como una animal salvaje, como un combatiente avezado que conoce muy bien a su enemigo. Al llegar junto al cuerpo afásico de Leona se enfrentó a aquel espectro mostrando toda la ferocidad de una bestia herida, con la cola despelucada y las orejas abajo, mostrando los dientes y amenazando con amagues de ataque a ese ser medio materializado que atacaba a su humana; en efecto se trataba de una pequeña pantera tan oscura como la noche y tan valiente como cualquier felino.

Aquel ser no pudo hacer otra cosa más que retroceder frente al animal. El peso se fue del pecho de Leona y aquellas manos malditas soltaron su cuello. Leónidas había obligado a huir a aquel fantasma o lo que fuera. Ella poco a poco incorporó aire y con algo de dificultad se sentó sobre el duro suelo de madera. Miró a su alrededor y vio como Leónidas seguía ahuyentando algo invisible que se hallaba en el sillón amarillo. Leona intentaba calmarse, respirar profundo, no temblar, no llorar de terror y de alegría, ser fuerte e intentar racionalizar lo vivido. Pero pronto se dio cuenta que aquello no tenía ninguna explicación racional; simplemente había sucedido algo que ella desconocía, hasta ese momento.

De un momento a otro, el gato dejó de mostrarse hostil contra lo invisible y se acercó a la mujer. Se restregó contra su cuerpo varias veces ronroneando y lamió con amor sus manos trémulas. Leona lo tomó entre sus brazos y se puso de pie. Un sonido metálico la hizo estremecerse; era la cerradura de la puerta de entrada y unas llaves tratando de abrirla. Lauren había llegado a casa después de un día extenuante. Quería darse un baño caliente y comer algo de queso acompañado de un buen vino. Al ver en la sala a Leona con Leónidas en brazos y con cara de acontecimiento, se acercó, le preguntó cómo estaba mientras acariciaba el cuello del gato que no dejaba de ronronear. Leona le dijo que no se encontraba bien, que había tenido un día difícil.

Lauren rozó la piel de su amiga y la sintió acalorado. La tocó de nuevo esta vez con más detenimiento y de dio cuenta que estaba, de hecho, muy caliente. Le dijo a Leona que le preocupaba su temperatura y pasados cinco minutos tenía a su room mate en cama mientras llamaba al servicio de médico a domicilio que tenía ella. Efectivamente el doctor encontró a Leona presa de una fiebre de 40 °C y le ordenó algunas medicinas que Abel fue a comprar a la farmacia más cercana. La mujer se sentía tranquila, sus amigos se harían cargo de ella mientras estuviese mal y Leónidas la protegería de aquello que Lauren y Abel no podían percibir. De eso estaba segura.

Leona estuvo dos días en cama, durmiendo la mayor parte del tiempo, comiendo caldito de pollo y recibiendo los cuidados que le prodigaban, por turnos, sus amigos. En esas horas de sueño profundo voló hacia una casa abandonada y oscura, en la que entraba y encontraba multitud de espíritus de fallecidos; de ánimas con las que hablaba distendidamente y compartía comentarios e impresiones como con viejos amigos. También tuvo un sueño en el que se hallaba sobre la superficie de un planeta sin atmosfera, desde la que se veía la inmensidad del espacio y en donde había un número desconocido de personas no encarnadas, de muchas especies inteligentes diferentes. Todos  esperando su tiempo para volver a tener un cuerpo físico en cualquier planeta habitado por vida inteligente de este cuadrante del Universo.

Una vez se recuperó, Leona volvió al trabajo cruzando el frente de aquella casa abandonada. Siempre miraba con aprensión esa ventana, pero siempre pasaba lo mismo; ósea, no pasaba nada. Aunque la certeza de que alguien miraba más allá de las ligeras y raídas cortinas la acompañaba siempre que miraba aquel cristal manchado. Tampoco volvió a tener esas visiones de extraños remedos humanos inmóviles en el tiempo, ni siquiera ese gordito bajito que silbaba de manera macabra una melodía que en otro contexto no podía resultar menos que romántica. Tampoco volvió a ver a los hombres vestidos de negro a la antigua usanza y con la muerte en su rostro.

Leona perdió el interés por  la televisión; desde aquella ocasión no le apetecía tanto. Se concentraba solamente en aquellos shows que realmente le interesaban y que le dejaban cierto material para pensar y discernir críticamente lo que había visto. Ya no le interesaban los programas absorbentes, hipnóticos y carentes de todo contenido. En su lugar empezó poco a poco a leer más y a volar con las alas de papel que un libro puede ofrecer. Cosa que encontró muy placentera.

Como es de suponer, el mismo día en el que se sintió un poco mejor contrató una pequeña camioneta para que se llevara aquel sillón amarillo, sus amigos nunca entendieron el por qué de esa anecdótica decisión pero como le pertenecía a Leona no dijeron nada. Antes de que se lo llevaran tomó un cuchillo y rompió con grandes cortes el mueble para que no fuera reutilizado pidiéndole insistentemente al transportista que lo tirara en el basurero de la ciudad y que no hiciese otra cosa con él.

Desde entonces, no volvió a haber más ruidos extraños en mitad de noche, ni interruptores juguetones o presencias no deseadas en casa; todo se fue con el sofá. A partir de ese día, la única muestra de “psicosis felina” que continuó manifestando Leónidas fue la de creerse un perro; porque no dejó de perseguirse la cola. Leona nunca confesó estos extraños eventos a nadie, aunque si los puso por escrito como un testimonio, para sí misma, de que a veces la vida nos da un pequeño recorrido por realidades alternas, nos pasea por delgadas líneas divisorias y nos permite entrever caminos misteriosos.

  Cuento escrito por David Turriago


jueves, 7 de mayo de 2015

Maya; el Poder de la Ilusión

Estoy en un momento cumbre. Cumbre porque en este instante una de las personas que más amo, y que he amado con cada célula de mi ser en secreto oculto bajo el disfraz del hijo rebelde, está debatiéndose entre la vida y la muerte en un quirofano.  Escribo estas líneas bajo la fría luz de un pasillo de hospital, mientras el fantasmagórico y rítmico sonido de los aparatos médicos ameniza una noche que promete ser larga y peligrosa.

Justo ahora estoy más conscientes que nunca de lo cerca que está siempre la muerte de nuestros pellejos. Danza macabra y sutil a nuestro alrededor jugando un juego de luces y sombras. Tal vez no la vemos al exhalar cada bocanada de aire, porque estamos demasiado ocupados atendiendo todo aquello que se supone que tenemos que hacer, siendo lo que se supone que debemos ser y cumpliendo con lo que se espera de nosotros. Se nos va la vida en una serie de compromisos, responsabilidades, deseos y frustraciones que atiborran cada instante de vigilia y muchas veces nuestros sueños. Pero; esto vale la pena? 
En el hinduismo y en el budismo se habla, para explicar esto, de un concepto: Maya o Ilusión. Es la matrix en la que nos movemos todos; la programación que hemos adquirido desde neonatos para ver el mundo, la vida y las interacciones de ésta de un modo sesgado, miope, lleno de sufrimiento, competencia, crueldad, peligros ocultos, ambición... 

Creo que las claves fundamentales para entender Maya son varias. En primera instancia, la creencia irreductible en el ego. En el Yo como un ser individual, que debe matar o morir, procurarse siempre el mayor placer posible y el mínimo dolor alcanzable. Consideramos que "somos" y que el Universo entero gira alrededor nuestro. Nos entendemos como demasiado importantes y por tanto, cada desaire es una ofensa imperdonable, cada duda un enigma universal y cada desencuentro el fin del mundo! Pero lo que enseñan las tradiciones budista y tantrica hinduista es que tal Yo no existe en la medida que es un agregado, un acumulado de elementos físicos, de impresiones mentales, de emociones y sentimientos, de sensaciones, de prejuicios, de frustraciones, de amores... Pero para el budismo en realidad si quitamos todas esas capas, como pelando una cebolla, no encontremos más que Vacío. En este mismo lugar, para el shivaísmo cachemir descubriremos a Dios como Testigo Último de Todo. 

El segundo elemento que nos mantiene en Maya es la sensación de que podemos ser eternos. Bien sea inmortalizándonos a través de algún hecho u obra portentosa, por la vía del arte o la literatura, por medio de nuestros descendientes o, más burdamente, por la vana ilusión de buscar ser siempre jóvenes y atractivos. Realmente en algún momento seremos olvidados. Nos difuminaremos en el viento como el humo del incienso. De hecho, este destino, que la mayoría de nosotros consideramos cruel y hasta insoportable, no es sólo nuestro. Todo cambiará, se transformará, nacerá y dejará de existir. Esto se conoce como Impermanencia; de nada nos sirve apegarnos a las formas porque todo pasará. En este sentido, desde el punto de vista del shivaísmo cachemir todo volverá a Dios; se reabsorberá en Él o Ella. Porque lo único que realmente Es, es Él o Ella. Por este motivo es tan importante el aquí y el ahora, porque verdaderamente es lo único que podemos aprovechar, nuestro único patrimonio temporal.

En tercera lugar, lo que nos termina de atar a la Ilusión (Maya) es la sensación de que estamos separados de todo lo que existe. Es decir, se fundamenta en la creencia en que somos seres "individuados", creados, autosuficientes, autoexistentes, desconectados no sólo de los demás sino del Universo en general; de Dios. Es esa concepción del bien y del mal como algo irreconciliable, separado, en constante oposición. Es la consciencia de "ellos" y de "nosotros"; de "tu" y "yo". A este respecto, las tradiciones no duales hinduistas o budistas nos muestran que la separación no existe. Que es sólo ilusoria, que todo está interconectado, sustentado entre sí como una emanación del Todo, el Vacío o de Dios.

Es así que finalmente todas las creencias, tradiciones, prejuicios, amores a quienes nos son afines, intolerancias, servilismos, venta de valores no hacen más que maquillar la Ilusión y servir de alimento para sus voraces fauces. Donde terminamos a la postre ofreciendo nuestra carne, nuestro ser para satisfacer sus más ocultos apetitos; viviendo una vida de ceguera, en la sordera o la insensibilidad más absoluta. Vivenciando la experiencia humana sufriendo, codiciando, matando, comiendo, enloquecidos, abyectos en las manifestaciones externas, queriendo que alguien nos salve; temerosos y feroces como fieras hambrientas y acorraladas. 

Pensándolo bien es en este momento dónde más que nunca necesito a Dios. Pero no ese dios de castigo, amante de sus creaciones y creador de insondables infiernos para aquellos a quienes ama, sediento de la sangre de sus enemigos, sabio y a la vez distante en el infinito; como un padre - rey arcaico y temible. Aquel que juega a los dados con el destino de sus criaturas, hipócrita y lleno del veneno del juicio implacable que ciega y que asfixia a la misericordia en la vida práctica.

Por el contrario, necesito experimentar, respirar, vibrar, sudar a ese Dios o Diosa que está dentro de mi, que hallo en los ojos de cada animal o persona, que brilla con luz oscura en los árboles, que se mueve juguetón en la brisa suave, que expresa su grandilocuencia en las estrellas, que vibra y es consciencia en lo pequeño y lo grande. Que lo es Todo, que lo permea Todo, que trasciende Todo también. Aquel o Aquella que Es; siendo lo único que realmente existe. Que está fuera de Maya, pero también está sometido la Ilusión y que es Maya. Ese Dios o Diosa que a través de un misterio milenario y universal también soy yo. Que es mi verdadera esencia y la esencia de todo lo manifestado y lo inmanifestado.

lunes, 2 de febrero de 2015

Egipto Antes de los Faraones

El presente artículo es una traducción efectuada por este blog, del artículo  "L´Egypte d´avant les Pharaons" publicado en la revista Sacrée Planete en la edición de abril-mayo de 2010. Toda la producción intelectual de este artículo corresponde a la investigador Antoine Gigal y este blog sólo cumple una función de divulgación y traducción del artículo mencionado.


Existen ciertas zonas grises que aún permanecen en la historia de ese Egipto que tanto nos fascina. Cómo comenzó esa civilización? Por qué el papiro de Manetón, que nos ofrece otra cronología de los faraones, incomoda tanto a la egiptología oficial? Antoine Gigal nos entrega un reporte al respecto basado en descubrimientos recientes.

Horus con forma humana impartiendo vida al Faraón.
El Egipto pre-faraónico sigue siendo un gran enigma porque el misterio oculta lo que realmente pasó en el nebuloso periodo del 3000 AC, fecha de la aparición del primer faraón oficial conocido como Menes-Narmer. En ese periodo, y en unas cuantas décadas sin una progresión aparente, de repente y de una manera sorprendentemente apareció en el marco egipcio la escritura, las pirámides, la erudición astronómica, una habilidad técnica sin precedentes y el desarrollo del conocimiento. Todo aquello que comparte toda civilización sofisticada. En apariencia todo esto sobrevino de un modo muy rápido e inusitado.

Como el egiptólogo inglés Toby Wilkinson dijo de manera tan clara: "No se evidencian antecesores para este pueblo egipcio o periodos de desarrollo, en efecto pareciera como si hubiese materializado de la noche a la mañana."  Asimismo, la Autoridad Francesa Gaston Maspero (1846-1916) comentó al respecto de los textos egipcios: "La religión y los primeros textos del antiguo Egipto fueron creados antes de la primera dinastía. De este modo, para poder entender dichos elementos culturales es necesario que abramos la mente y nos pongamos en la situación de aquellos quienes los construyeron. Es decir, más de siete mil años atrás." (Revisión de la Historia de las Religiones, vol. XIX, p.12). (A eso nos referimos al hablar de un periodo anterior a la primera dinastía!)   
  
UN INCREIBLE LEGADO DIVINO

La estela de basalto del Reino Antiguo se encuentra en el Museo de Palermo en Sicilia.
Los antiguos egipcios veían su civilización como el legado que provenía directamente de seres divinos que vivieron en Egipto miles años antes de las dinastías faraónicas de las que tenemos noticia. El papiro de Turín (o más exactamente el canon real expuesto en el Museo de Egiptología de Turín), escrito en jeroglífico y datado en el reinado de Ramsés II, nos muestra una lista de todos los faraones que reinaron en la tierra de Egipto. La lista incluye no solo los faraones históricos, sino también “los faraones divinos que vinieron de otra parte” que reinaron antes de la dinastía instituida por Menes. Debemos anotar que este es un linaje que reinó durante 13,420 años!

Es difícil pasar por alto estas evidencias pero los círculos oficiales lo hacen de manera sostenida haciendo de este linaje un relato mítico y así evadir fácilmente el tema. De hecho, 160 fragmentos de este documento fueron llevados a Turín por el Drovetti italiano, Cónsul Francés en Egipto en el año 1822, sin embargo extrañamente ciertos fragmentos al inicio del texto que hablarían del origen del linaje en lista están perdidos. En aquellos días el brillante Champollion reconoció la verdadera importancia de este texto y decidió datarlo precisamente.  

Un fragmento del Papiro de Turín
Afortunadamente la Estela de Palermo también cita a los así llamados reyes predinásticos míticos en un contexto de miles de años en el pasado. De hecho, se refiere al mismo Horus gobernando sobre Egipto. De acuerdo a Manetón, Thot gobernó aproximadamente entre 8670 y 7100 AC, "después de la noche de la batalla". Hesíodo, el conocido historiador y moralista contemporáneo a Homero (siglo 8vo AC), recopiló información registrada en su Teogamia, una genealogía de las dinastías consideradas como celestiales por los sumos sacerdotes egipcios.

El Sumo Sacerdote Manetón (Ma-n-Thoth) en Sebennytos en el delta del Nilo,  Maestro de los Secretos (siglo 3ro AC), quién tuvo acceso a la biblioteca de Alejandría y quien escribió para el faraón de ese momento una historia completa de Egipto en 30 volúmenes en griego, la Aegiptiaca, también mencionó esos reinos predinásticos de origen divino.
Horus guiando a un egipcio

Pero, lo que es sumamente curioso es que los egiptólogos actuales utilizan la datación de Manetón, la cual consideran perfectamente fiable en lo relativo a las dinastías reconocidas “oficialmente”; pero sistemáticamente esquivan todo lo relevante a las dinastías prehistóricas, esto mientras lo consideran el “Padre” de la egiptología! Extrañas acrobacias intelectuales en arreglo a ser “políticamente correctos”! Es llamativo que la oficialidad de la egiptología evita hablar demasiado de Manetón porque consideran ciertos detalles de su obra extremadamente perturbadores.

Manetón escribió por ejemplo, que de acuerdo con la estela proveniente de los dioses en la primera dinastía, más de 20.000 trabajos fueron atribuídos a Thot (Tehuti, Hermes). El también comenta que ese mismo dios reinó desde el 33.894 al 23.642 AC. Este punto es más que controversial, viniendo de la fuente de la cronología official de las dinastías reconocidas como auténticas. Qué fácil es tomar algunos datos de este autor e ignorar los que no calzan en la corriente oficial… No obstante Champollion, quién leyó muchos textos originales y dotado con una habilidad y un genio extraordinario, reconoció la existencia de al menos 42 de los mencionados libros de Thot: "Hay en total 42 libros principales de Hermes [Thot] incluyendo 36 que engloban el conjunto de la filosofía egipcia, que eran estudiados por los sacerdotes de rangos elevados." (El Egipto Antiguo, París)
Pista del un possible vínculo egiipcio en el Tassili prehistórico
 (zona sahariana ubicada en la actual Argelia)© Manuel Delgado 
         

Manetón nos aporta una serie de detalles muy interesantes en lo referente a las dinastías denominadas como “divinas”, que él divide en tres categorías: dioses, héroes y “manes”. También explica que la categoría de dioses está subdivida a su vez en siete grupos, cada una teniendo en cabeza a un dios principal incluyendo a Horus, Anubis, Thot, Ptah, Osiris y Ra. También señala que “se originaron en la Tierra se convirtieron en celestial y asociados a las estrellas así como buscaron el cielo". (Ciertamente dice  "originados desde dentro de la Tierra" – sin duda hay mucho que descubrir en el reino subterráneo de nuestro planeta). Les siguen los heroes,, seres con poderes sobrenaturales y finalmente los “manes” (también conocidos como Khus) espíritus gloriosos equivalentes a los ancestros reverenciados en otras culturas. Osiris en persona dice, en el Libro del Día Venidero: "Los túneles de la Tierra me dieron nacimiento." Y en arreglo con Plutarco, quién escribió un texto bastante erudite en lo tocante al culto de Isis y Osiris, "Ra partió hacia los cielos y Osiris se hizo faraón de Egipto en compañía de Isis y ellos construyeron Tebas (el actual Luxor)”. Finalmente tenemos noticia de multiples genealogías predinásticas citadas por una plétora de los primeros siglos de nuestra era; como Eusebio Obispo de Cesarea y cronista bizantino Sincellus, ambos residentes en Palestina.                  
               
Reinados Inusitadamente Largos

Todas esas fuentes nos hablan de un linaje de dioses que reinaron durante varios miles de años cada uno, para un total de 23.200 años. Les siguen en la lista los "Shemsu Hor", o “Seguidores de Horus", quienes gobernaron por 13.400 años. Entonces inician los nombres “regulares” que son oficialmente reconocidos. El hecho de que unos regentes divinos y semidivinos hayan podido reinar cada uno durante cientos de años no encaja en nuestra manera de ver el mundo. Pero debemos preguntarnos por qué aceptamos con mayor facilidad los cientos de años que según la Biblia vivieron personajes allí mencionados. Tenemos el caso de Enoc quién vivió alrededor de 360 años. Muchos elementos pudieron hacer la vida más larga en el pasado remoto desde la perspectiva científica actual: diferente gravedad terrestre, menor densidad, diferencias en el ADN o simplemente una manera diferente de medir el tiempo. Existen muchas teorías que pueden justificar estos intervalos de vida longevos.
Horus cuidando el sueño del Faraón,, Templo de Seti, Abydos.

Fue durante el periodo atribuido a los extraños Shemsu Hor (aproximadamente 4000 AC), esos “compañeros de Horus" que fueron descritos usando mascaras de halcón o lobo, (quienes imaginamos ser los iniciadores de las dinastías faraónicas, pero como veremos realmente no lo son) que frecuentemente aparece como un tiempo con un grado de sofisticación e increíble esplendor de la civilización.

Fue el investigador y filósofo Schwaller de Lubicz (1887-1961) quién a mi entender “impuso” la traducción para "Shemsu Hor" como "Seguidores de Horus". Precisamente él advirtió que un conjunto muy avanzado de personas llegó a Egipto en los tiempos prehistóricos y que trajeron consigo todo el conocimiento. Al mismo tiempo, hay una variedad de autores que creen firmemente (incluyendo al prolífico Zecharia Sitchin quién aducía que se trataba de sus famosos Annunaki quienes habían llegado primero a Sumer) que dicho avance se debió a la visita de seres de alguna parte, alguna clase de extraterrestres. Sin embargo, esto no solo es incorrecto sino bastante complicado, pero como historia evidentemente más extraordinario.
                 
Restos Físicos Comprobados: El Pueblo Anu.

Vamos a enfocarnos primero en el trabajo del egiptólogo francés Emile Amélineau (1850-1915), quién se dedicó a estudiar la primera dinastía y que escavó, por primera vez, la tumba de los primeros faraones (oficiales). En su excavación en el sur de Egipto descubrió encontró evidencia de un pueblo avanzado anterior a los faraones de esa. Él encontró en particular un pueblo de raza negra; los Anu (en ocasiones llamados Aunu) Nótese que la palabra suena similar al nombre del dios sumerio del cielo, Anu.

Ellos criaban Ganado y practicaban la agricultura extensiva a lo largo del Nilo y se resguardaban en la protección de las murallas de sus ciudades. Fundaron las poblaciones de Esna (Anu Tseni), Erment (Anu Menti), Qush, Gebelein (Anti) e incluso Heliópolis (que fue originalmente llamada "Anu"). Estas ciudades incluían en los caracteres escritos de sus nombres el símbolo que denominaba al pueblo Anu; las tres columnas. De acuerdo a varios autores (Chandler entre otros), las grandes figuras del antiguo Egipto, como Osiris, Isis, Hermes y Horus son originarios de dicho pueblo. Debo anotar que en consonancia con los textos antiguos, Osiris, por ejemplo, era conocido como "Hijo de Geb y Nut, nacido en Tebas en el Alto Egipto", lo que le da cierta realidad histórica. Los textos también mencionan que este dios enseñó el arte de la agricultura y estableció el orden de la ley. (En mi opinión, no estoy de acuerdo con la tesis que su origen vino exclusivamente de los Anu.)  
 El noble  Tera-Neter de los Anu, de William Flinders Petrie,
La Construcción de Egipto,, 1939
          
En cualquier caso los Anu conocieron el uso del metal y el marfil, tenían un alto grado de organización y conocían la escritura. Esto fue probado por muchos artefactos encontrados por Amélineau en la región de Abydos y descritos en su “Nuevos Folios de Abydos”. El arqueólogo apuntó: "Si Osiris fue de origen nubio, aunque nació en Tebas, entonces es fácil de entender porque la lucha entre Osiris y Set tuvo lugar en Nubia." (Prolégomènes, pp.124-5). A este respecto, es necesario remarcar que según algunos investigadores Anu es un término aplicado a Osiris mismo. Amélineau advirtió que es "en un sentido étnico que debemos leer el término Anu adjudicado a Osiris." Este también cita el pasaje del capítulo 15 del Libro de los Muertos (cuyo nombre real es el Libro para Salir a la Luz): "Oh Santo Dios Anu en la tierra montañosa de Antem! Oh Gran Dios de la doble montaña solar!" Ese fue el nombre de Osiris en su rol de cuatro Faraón de la Tierra que los griegos tradujeron como Onnuphris, que es lo mismo que decir, "el Dios".

Además, podemos encontrar un extraordinario artefacto de la pre-dinastía  Anu descubierto por el gran egiptólogo inglés William Flinders Petrie (1853-1942) en Abydos. Es un vidrioso e inscrito mosaico en cerámico, enterrado por debajo del temple dinástico. La inscripción contiene el retrato de un soberano Anu, Tera-neter. Se lee en la parte superior: "Palacio de los  Anu en Ermant, Tera-neter."

Existencia de Diversos Grupos Humanos

Gentes egipcias de épocas tempranas.
Pero el pueblo Anu no es el único contribuyente a la civilización egipcia. En efecto hay otros, como ha venido siendo revelado más y más con los últimos hallazgos arqueológicos en el sur de Egipto. Se debe señalar a los Mesnitu (a quienes algunos investigadores identifican con los Shemsu Hor) que venían de Punt, más precisamente de la actual Somalia. Su tierra era llamada Ta Neteru ('la tierra de los dioses'). Ellos eran principalmente trabajadores del metal y herreros y terminaron eventualmente dominando a los Anu y su tierra nubia Ta Seti ('la tierra de vínculo' o 'la tierra de la proa' de acuerdo a la traducción) de Sudán. Gradualmente las dos tierras fueron asimiladas en una. Por su parte, Ta Khent ('tierra del inicio'). La diferencia física entre los Anu y los Mesnitu se observa en sus mandíbulas: las de los Anu era redondeada y corta mientras que las de los Mesnitu era cuadrada como la de  Narmer-Menes. Pero hay también subgrupos dentro de las categorías mencionadas, como los (entre los Mesnitu) y los pueblos Rekhytu en el norte (que se conocieron en el valle del Nilo como coptos) y algunos grupos se mezclaron los Anu que venían del Sinaí y Libia.

La historia es compleja porque aún hay más grupos de orígenes diversos: los Aamu de estilo asiático pero vestidos como egipcios y habitantes de las montañas del país. Los Nehesy, que viven aún hoy en Sudán. Los Temehu del Desierto Occidental, Libia y la costa norte de Egipto. Todos esos pueblos no fueron simples aborígenes cazadores como se suele creer. Era grupos humanos que tenían un gran conocimiento en diversas materias y un alto nivel de organización; pero de dónde éstos obtuvieron su conocimiento en tiempos más remotos?

EXCAVACIONES RECIENTES

Examinemos primero la evidencia tangible. Restos humanos acompañados por signos de civilización, los elementos más antiguos descubiertos por la arqueología en Egipto se hallan a 250 km al sur de Aswan en Qadan. En un entierro ritual datado oficialmente entre el 13,000-9000 AC. Es un hecho indudable que aquellas personas no eran simples aborígenes; ellos tenían herramientas y conocimientos de agricultura y contaban con rituales complejos. Aunque no tienen la alta sofisticación que se puede querer encontrar, claramente estos vestigios son mucho más antiguos que los sumerios o incluso la cultura Ubaid antes de ellos. Hace mucho tiempo se sabe que la civilización en la Tierra no inició necesariamente en Sumer (una aseveración dominante desde el siglo 19 en un contexto bíblico); el hilo de los hechos es mucho más complejo que eso como lo puede indicar la nueva evidencia venida a luz en varios puntos del planeta.

No puedo resistir el comentar el descubrimiento del 7 de Mayo de 2009 por el equipo belga, en una cueva de montaña cercana a Dendera en el sur de Egipto de un esqueleto datado probablemente entre 30,000 y 33,000 años antes del presente. Y no es todo: el cráneo estaba dirigido hacia el este, y varias urnas fueron encontradas alrededor de los restos; prueba de cierto nivel de estructura cultural.

Gente Extraña con Cabezas Alargadas

Pero volvamos a la investigación concerniente del grupo humano con un conocimiento sofisticado que aparentemente fue más avanzado que otros en su entorno en las artes de la civilización, y que desapreciaron del contexto egipcio alrededor del  4000 AC.

El profesor Walter B. Emery (1903-1971), un excelente arqueólogo con 45 años de experiencia cavando en Egipto y autor del libro Egipto Arcaico, encontró en ciertas tumbas los restos de la gente que vivió en tiempos predinásticos en el norte del Alto Egipto. Las características de esos cuerpos y esqueletos son increíbles. Los cráneos tiene un tamaño anómalo y son dilococefálicos i.e. el cráneo visto desde abajo es oval y es alrededor de un 25% más largo que ancho. Algunas calaveras no muestran signos de las suturas usuales. Los esqueletos son del mismo largo que el promedio para el área y de manera particular la estructura ósea es más robusta y pesada. Emery no dudó en identificarlos como los "Seguidores de Horus" y señalo que probablemente en su vida ellos cumplieron un importante rol sacerdotal. Con respecto a los individuos de cráneos alargados, parece que no se trata de un linaje prehistórico de evolución sino una línea proveniente de un ciclo de civilización anterior al Diluvio.
Cráneo Dolicocefálico en el Museo Regional de  Ankash Huaraz, Perú.

En efecto, esas características alargadas en cráneos han sido encontradas en varias regiones alrededor del mundo. El dr. J. Von Tschudi y Mariane E. Rivero n Perú han identificado tres razas preincaicas dolicocefálicas: los Chinchas, Aymaras y Huancas. Ellos también descubrieron que los Chinchas tenían el cráneo alargado porque vendaban esta parte del cuerpo de sus hijos para asemejarse a los otros dos grupos, quienes no tenían esta práctica. Además, lograron señalar que el grupo original con las particularidades naturales más marcadas eran los Chinchas. De ellos procedió el primer  Inca, Manco Capac, y probablemente influenciaron a los incas y mayas en periodos más tardíos. Por su parte, los investigadores A.H. Verrill y Posnansky resaltaron que la ciudad preincaica más antigua en los Andes, Tiahuanaco, databa del mismo periodo que el Egipto predinástico y siendo los cráneos alargados de dicho periodo todavía objeto de exposición en el Museo de Tihuanaco.

 El hieroglifo de la abeja en Luxor, una conexión con  Malta.
Es por lo tanto acertado suponer la existencia una raza prediluviana cuyos restos han sido hallados aquí y allá alrededor del globo, un tipo de humano que tendría una elongación cónica natural del cráneo como lo afirman algunos investigadores entre ellos el dr. Tschudi, quién posee un fósil de aquel tiempo de un feto de 7 meses de gestación con un cráneo dolicocefálico todavía en el útero de su madre.

Todo lo anterior está bastante lejos de ser "políticamente correcto" porque estos hechos recaen en interrogantes genéticos, la historia aceptada de la evolución y creencias basadas en la Biblia. De este modo, solo lentamente el público absorbe estas nuevas pero fascinantes evidencias. Para citar un ejemplo, cráneos dilococefálicos han sido retirados de la vista del público en el Museo de Valetta en Malta, muy probablemente para no ofender la sensibilidad religiosa de algunas personas. De hecho, alrededor de 700 de esos cráneos fueron encontrados en el hipogeo de Hal Saflieni y las tumbas del megalítico templo de Taxien y Ggantja. Fue el dr Anton Mifsud y dr Charles Savona Ventura quienes  analizaron las osamentas y llegaron a la misma conclusión que los investigadores de los Andes; tres grupos bien definidos. Algunos con una complexión dolicocefálica completamente natural y otros cuyos cráneos habían sido vendados.

No obstante, hay otro vínculo entre Malta y Egipto todavía más cercano. El antiguo nombre de la isla es  Melita, del latín mel, 'miel'. El símbolo de Malta es una abeja con su panal hexagonal. A este respecto, no olvidemos que el element símbolico asociado al faraón es este insecto que le da uno de sus títulos. La miel estaba reservada para el faraón y el sumo sacerdore, y Mel (o Mer) fue uno de los nombres dados a las piramides de Egiptowas one of the names given to the pyramids in Egypt. En adición, la adoración del sol prevaleción en Malta como en Egipto, y la casta dilococefálica parece que desapareció al mismo tiempo en los dos países. En mi propia investigación, he encontrado que probablemente huno una migración de esas personas de cabeza alargada desde Egipto hasta, un rastro de ellos se puede hallar en la civilización MInoica. Dónde parece ser, que se trata de la misma raza dedicada al sacerdocio y la comunicación del conocimiento, y que se mantuvo más o menos separada.
No obstante, hay un punto en común en todas parte: los monumentos megalíticos Esto da forma un sacerdocio dominante donde quiera que sea. Vale la pena preguntarnos si realmente aquellas personas eran descendientes de aquella raza antediluviana? Tal vez, pero eran estos los famosos Shemsu Hor? Lo que es incierto. 
              
Construcción Megalítica en Malta.
               
Los Shemsu Hor de acuerdo  la Tradición Oral Egipcia.

Un guardián de la sabiduría transmitida a través de
tradición oral Edfu. 
© Gigal
Hoy en día, según la tradición oral, aún perdura un grupo de egipcios que han sido iniciado de generación en generación. Además, dice que el término "Shemsu Hor" ha sido mal traducido. En efecto, según la sabiduría popular el significado "Seguidores de Horus" no es está acotado a la realidad. Para estos sabios que perpetúan la tradición oral, se trata de los "Sheshu Hor" que indica en una forma muy antigua de lenguaje egipcio "el evolucionado principio del hombre". Al mismo tiempo, la frase "Zep Tepi" que Robert Bauval y Graham Hancock tradujeron como "Tiempo Primigenio" que para ellos debe ser entendido, del mismo que para el egiptólogo británico E.A. Raymond, como "cuando los dioses se manifestaron como humanos". De hecho, la inscripción textual hallada en los muros del temple de Edfu es: "Ntr ntri hpr m sp tpy". Lo que es lo mismo que decir,  "el dios santo que vino para nacer por primera vez". Los guardianes de la tradición oral aducen que dicho texto se refiere al tiempo en el que lo divino apareció entre los humanos para elevar sus consciencias. En ese orden de ideas, los humanos de aquel tiempo en la tierra de Egipto, el pueblo conocido como Shesh (de dónde viene el término  'Sheshu Hor') organizado en42 tribus (que corresponden a 42 nomos o regiones), empezó a perder sus sentidos sutiles. Aquí llama la atención que si en estos momentos los seres humanos tenemos 5 sentidos, en aquel tiempo teníamos 365! De ser así, perdimos la mayoría de ellos Según la tradición oral los seres divinos se manifestaron más y más en aquel entonces para tratar de detener la degradación y la pérdida de dichos sentidos entre los Shesh y con el fin de preservar la comunión con los 360 Neters o "los 360 principios de la creación divina" (erróneamente traducidos como "dioses", según dichos guardianes). De este modo, en el principio los Shesh, consistentes en 42 tribus (incluidos los Anu) de varios orígenes, estaban de algún modo unidos y tenían prestigiosos ancestros como Anubis, Osiris, etc., además de una raza misteriosa dolicocefálica de la que sabemos prácticamente nada.

En conclusión, una cosa es cierta: el Egipto prehistórico fue un increíble caldo de cultivo para razas diversas y es necesario adelantar un estudio serio sobre los orígenes de estas personas. Es bien conocido que según todos documentos del Antiguo Egipto "los egipcios vinieron de la tierra de Punt". En el presente, diversos investigadores adelantan una lucha para determinar la ubicación exacta de este país; poniéndolo en torno a Etiopía, Sudán o incluso más allá. Para mi la tesis más plausible y convincente es la del  Director de Investigación  en el Instituto François Daumas de Egiptología; Dimitri Meeks. Quién da lugar a Punt en Arabia. Esta podría ser la única teoría completamente convincente a la luz de los textos y tan pronto como se puedan encaminar esfuerzos de investigación a este respecto estoy segura que ampliaremos bastante nuestra comprensión de los primeros egipcios. No obstante, los investigadores deben estar más abiertos a un nuevo paradigma: que una civilización muy avanzada existía antes del Diluvio.   
     
Biografía

• Émile Amélineau, Nouvelles Fouilles d'Abydos, 1895-6, 1896-7 & 1897-8 (full report of the excavations), Paris: Ed. Leroux, 1901, 1902 & 1904-5.
• Émile Amélineau, Prolégomènes à l'étude de la réligion égyptienne, Paris: Ed. Leroux, 1916.
• Dr. G. Elliot Smith, The Ancient Egyptians, Harper, 1923.
• Arthur Posnansky, Tiahuanacu, New York: J.J. Augustin, 1946.
• Randy Koppang, "The Dolichocephaloids: Missing Race of Our Human Family", www.paranoiamagazine.com/articles.html.
• Dimitri Meeks, Chapter 4: "Locating Punt", Mysterious Lands, David B. O'Connor & Stephen Quirke, UCL Press, 2003.
• Anton & Simon Mifsud, Malta Dossier, "Evidence for the Magdalenian", Proprint Co., 1997.
• C. Soaped Ventura, Anton Mifsud, Prehistoric Medicine in Malta, Proprint Co., 1999.
• Anton Mifsud, C. Soaped Ventura, Facets of Maltese Prehistory, Prehistoric Society of Malta, 1999.
• Graham Hancock, Fingerprints of the Gods, Corbaccio, 1996.

• David Rohl, Legend, Piemme, 2000.

jueves, 1 de enero de 2015

El Fantasma más Aterrador

Esta noche le pido permiso a la Sombra. A la escatología, la metafísica, la profecía y al eterno mundo onírico. Pido el beneplácito del autor soñador e irreverente para tomar su lugar y escribir desde las vivencias del hombre en el que estos ámbitos se mezclan, como en una composición pictórica, con muchos otros matices que forman un indivisible ser humano. En esta velada de luna llena, toma el control de las palabras una criatura contradictoria y profunda como cualquier espécimen de mi especie.

Hoy vi a uno de mis fantasmas. Tal vez uno de los más letales por su capacidad de arrebatar la cordura de cualquiera, por su habilidad para desnudarme y azotarme sin remedio mientras algunas lágrimas mojan la geografía de un silencio deseado. Lo vi a los ojos, como quién ve a un espectro de repente en la noche, logrando helar en un instante cada gota de sangre en el cuerpo. Este ente febril, famélico y errante tiene un nombre conocido y temido a la vez: al afán irreductible por no estar vivo al día siguiente.

Aquí debo confesar que he intentado suicidarme varias veces. En algunas no con tanta rigurosidad como lo exige la metodología del trabajo bien hecho. Pero lo he intentado. Le he temido al dolor, al desangre y he optado por medios más sutiles pero no menos temerarios. Y esta es la historia del día en el que fui más audaz y decidí utilizar mi cerebro para acabar con mi vida sin dolor.

Fue un día de domingo, un feriado familiar y de buena comida. Estaba rodeado de parientes y a cargo de mi hija. Fue cuando la tuve dormida en mi regazo que tomé la determinación de acabar con todo, no lo pensé mucho sólo lo encontré como la única manera de devolverle a la vida una de las bofetadas que me había dado. Aquella tarde algo se quebró en lo más profundo de mí ser. Siempre había sido como un árbol; tan vulnerable pero al mismo tiempo tan fuerte, tan inamovible. Sus raíces se fundamentaban en una resistencia heroica ante el infortunio, ante los embates de la experiencia humana. Con un optimismo aprendido y reforzado, se sostenía en ocasiones precariamente en los que algunos consideraban una vida difícil. Pero aquella tarde el árbol se derrumbó silenciosamente, haciendo más peligrosa su caída.

Con la determinación que me caracteriza, y que muchas veces ralla en la terquedad y la locura, tomé el camino de mandar todo al carajo y terminar de una vez con aquello que nunca debió comenzar. Con el sigilo de una serpiente logré encontrarme en la soledad requerida para un acto de esta naturaleza. Y lo hice, ejecuté el plan diseñado y esperé. Todo estaba calculado, una noche en silencio y con la única compañía de mí mismo efectué los movimientos apropiados.

No hay mucho más que decir, sólo que el instinto materno jugó en mi contra y mi madre con un rescate rápido logró darme vida por segunda vez. No se suponía que debía ser así, las llaves de mi casa que le había dado a esta mujer en un acto amistad sellaron mi destino hacia la vida. Una vida que no quería, que repudiaba intensamente.

Luego mi mundo se hizo una gelatina. No sabía que pasaba sólo que me torturaban en una clínica para desintoxicar mi cuerpo. Después vi a un viejo amigo acercarse a mi cama, por casualidad era residente de la sala de urgencias de aquel lugar, aquella noche. Me acarició la cabeza y me preguntó qué había pasado. No quise hablar con él; la vergüenza del fracaso no me lo permitía. Lo ignoré hasta que se fue.

Pasé la siguiente semana en el pabellón psiquiátrico de la clínica. Un frío intenso me recorrió por oleadas cuando supe que me internarían allí y que iban hacer todo lo posible por que estuviera mejor. Así se hizo y de nuevo, el optimismo que me había caracterizado me socorrió. Pero esta vez para engañar a todo el mundo y hacerles creer que todo había pasado. Sólo buscaba el momento para terminar con lo que mi madre neciamente había interferido.

Salí de aquel lugar en tiempo record y ni siquiera me enviaron medicamentos para la casa. Pero mi familia, como siempre inoportuna, decidió sacarme de la ciudad y llevarme al sitio que más me gusta; el mar. Allí estuvimos algunos días, mientras yo ejecutaba con todos mis arrestos aquella treta. Aunque era una tarea titánica y que no pude sostener por mucho tiempo; los desgarros de mi alma subían a mi garganta y la dejaban muda. Mis ojos se perdían en la inmensidad del mar o del cielo; queriendo ser tan libre con un pájaro. Con un uno que quiere morir en soledad, porque ya ha llegado su momento.

Sin embargo, no pasé la prueba de fuego. No pude sostener la mirada de la única mujer que ha sido incondicional conmigo y con la que me une un afecto fundamentado en la confianza. No logré mentirle a ella; la hermana de mi padre. La mujer que secó durante años las lágrimas amargas de una infancia complicada. Le dije toda la verdad, que me sentía peor que nunca y que el deseo de morir no se había ido; sólo se había escondido en la sombras.

Al regresar a la gris ciudad me llevaron directamente a una clínica psiquiátrica y me internaron allí. Al comienzo yo luchaba como un animal salvaje que quiere recobrar su libertad. Allí desaté toda mi furia contra mí mismo y la sedación fue el único camino que encontraron mis guardianes para que no me hiciera daño. El dolor ahora tenía una voz y gritaba, gemía, babeaba por los medicamentos suministrados. Me convertí en un cuerpo sin alma, creo que me abandonó por algunas semanas, sólo era un despojo andante que se rompía las manos contra las paredes y los árboles y que urdía planes para terminar con aquella abominación; allí mismo. Tuve que ser atendido por dos enfermeras las 24 horas; tal era el estado verdadero de mí ser. La desolación era lo único que tenía en el pecho.

Después de algún tiempo, con el apoyo de mi familia, mis amigos y del personal de la clínica mi condición fue aceptable. Salí y con mucho esfuerzo retomé mi vida con una mirada distinta; con la cicatrices de una experiencia sin nombre que castigo mi carne, mi mente y mi alma. Retorné a mi apartamento, aquel que juraba gritando que incendiaría en cuanto me fuera posible,  y mi madre se hizo cargo de mí. Me cuidó tiernamente y creo que fui muy duro con ella, en medio de las noches de insomnio, el síndrome de abstinencia por la fuerte medicina que había marcado mi permanencia en la clínica y la sucesión incontenible de imágenes demenciales que invadieron mi mente en aquellos primeros días. Me sentía tan vulnerable que a veces me costaba respirar o caminar. Pero el tiempo lo cura todo y finalmente me puse mejor.

Estoy llorando en este momento al relatar esta historia. Me conmueve profundamente el recuerdo de aquellos días dolorosos a cada respiración. Sin duda alguna, la experiencia más devastadora es el deseo de no estar vivo al día siguiente. El espíritu se rompe en mil pedazos y se vuelve a romper continuamente, sin un límite aparente. En este momento, creo y me consuelo con la idea que todos debemos aprender algo en la oportunidad que conocemos como vida. Pero y si no “tenemos que”?. Y si tenemos el derecho de mandar todo el dolor, la inmundicia y la fatiga a un agujero negro y optamos por descansar? Y si todo este optimismo que nos es infundido por cultura no es más que una medida para prolongar el sufrimiento?


Escribo todo esto porque hoy volví a ver tan lejos, pero tan cerca al fantasma que más me aterroriza; el de mi propio suicidio. En efecto, temo profundamente que algún día vuelva a suceder lo mismo y esta vez cuente con más suerte y logre mi cometido. Pongo una palabra tras otra porque debo enfrentar a este espíritu de desolación y al mismo miedo. Aún habita dentro de los pasillos oscuros de mi casa interior y creo que jamás se irá de mi lado. Temo que sólo un milagro pueda desvanecerlo definitivamente y me hiela la sangre sentir su aliento tan cerca de mi rostro.