Las mejores épocas de nuestras vidas son aquellas en las que acopiamos el suficiente valor como para rebautizar nuestra maldad como lo mejor que hay en nosotros"

Friedrich Nietzsche

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miércoles, 15 de enero de 2014

Encuentro con Klaus Nomi o Viendo mi propia “Freakedad”


Buscando algo de música nueva, influenciado profundamente por un film que vi en los últimos días y la historia de los castrati, me encontré inesperadamente con algo que sinceramente me aterró. Estoy hablando de un hombre bastante extraño y por mucho extravagante. Durante unos minutos no tuve acceso al sonido del vídeo y sólo vi una figura sumamente rara gesticulando en la pantalla, en lo que se veía  como una grabación muy antigua y de bajo presupuesto, bastante “ochentera” si se quiere.

Me asusté, me aterré, el pavor se apoderó de mí. Inmediatamente me llegaron imágenes de locura, irrealidad, minusvalía y pérdida del ser. Todo esto me generó una sensación de peligro repentino; cómo si hubiera visto al diablo o si una serpiente venenosa estuviera a punto de morderme.  Sentí un vacío en el estómago y me imaginé a mí mismo usando esa ropa exótica, con la cara maquillada como aquel personaje, con ese peinado ridículo y moviendo mi boca y mi cuerpo como si cantara ópera. Huir fue el mensaje que recorrió como un rayo todo mi cuerpo.

Por otro lado, esa curiosidad que me caracteriza me impulso a ver más y lo hice; percibiendo una parte de mí forzando a la otra a continuar. Decidí profundizar y encontré la manera de darle audio a lo que veían mis ojos. Escuche una voz cambiante a mí parecer bastante corriente por momentos, en otros tan conmovedora como la voz de una soprano en alguna presentación de música culta; en evidente falsete valga anotar. El ritmo era dulzón, un pop que no me gustó y me pareció cursi. Mi corazón latió más despacio, el miedo empezó a ceder.

Pensándolo bien me dejé llevar por la imagen. Hubo una reacción en mí tan agitada porque vi claramente a mi sombra. La parte de freak que tengo, que a veces vivo en mi vida diaria, y que no me gusta admitir. La exageración de mi moderado excentricismo, una imagen de mí mismo llevado por la locura y la pérdida de contacto con la realidad.


La curiosidad siguió tomando el control y empecé a indagar sobre aquel ser humano, sobre aquel artista que tanto me impactó. Y cómo pasa habitualmente pasa, con el conocimiento se disiparon las sombras del terror. Supe que se llamaba Klaus Nomi. Que fue un gran músico alemán capaz de fusionar por vez primera la ópera con el rock y pop. Que hizo parte del movimiento que se gestó en el vecindario de East Village en la Nueva York de finales de los 70 y comienzos de los 80. Que fue un abanderado del mundo gay. Que tuvo una propuesta musical del todo diferente y poco comercial. Que su aspecto buscaba evocar un extraterrestre de una galaxia más evolucionada que venía al planeta Tierra a cantarle a los seres humanos. Que fue en muchos sentidos, la persona que allanó el camino para grupos de rock gótico como Lacrimosa. Que murió muy joven y trágicamente a causa del sida.

Seguí escuchando su música y sentí un profundo alivio. Logré dominar el pavor que me atacó inicialmente; conseguí poner en contexto lo que me amenazaba; aunque debo confesar que todavía y de manera muy visceral una escalofrío de tanto en tanto me recorre el cuerpo. Lo que realmente me asustó no fue Klaus o su propuesta o su estilo. Lo que me aterró fue la posibilidad de “terminar” como él. De darle rienda suelta al loco psicótico que está en mí sombra; aquel ser que decide desconectarse de la realidad consensuada para alejarse en las alas de su propia realidad, de su propia mente, de su propia locura.


Reconozco que la manera con la que he abordado normalmente lo que yo llamaría “diferencia extrema” ha sido casi siempre con burla. Me he burlado muchas veces de freaks en lo personal memorables, y hasta cierto punto queridos, como Zulma Lobato, Lizzie Velásquez (conocida como  la mujer más fea del mundo) o el recientemente fallecido Ricardo Fort. Además de una larga lista de personajes anónimos que son diametralmente diferentes a “la norma” a la que estoy acostumbrado, que son muy diferentes de ella.  Pero lo que oculta la sorna y el morbo es un miedo real a ser “como ellos”, a verme en extremo diferente de lo que para mí es la imagen aceptable y de paso a la locura misma. Termino diciendo que es bueno saber que no estoy obligado a reírme  despiadadamente o a huir desesperadamente de lo que me es “diferente”.

Mátenlos a todos!

Hoy cómo tantos otros días tuve un desencuentro con los taxistas de mi ciudad. En ese momento sentí un grito que estremeció todo mi ser; cómo si fuera un golpe directo a mi estómago. Lo que contenía ese gruñido subterráneo era un poderoso: “Mátenlos a todos!”.

La verdad es que muchas veces en mi vida he querido literalmente exterminar a aquel que conduce un taxi. La norma de su comportamiento en muchos aspectos me irrita profundamente: su falta de respeto por las normas de tránsito, la “astucia” con la que manejan pasando por encima de otros usuarios de las vías, la selectividad con la escogen los recorridos (en mi ciudad ellos no le preguntan a la gente para dónde van, el ciudadano debe rogar para que el sitio para dónde se dirigen le sirva a los taxistas), la agresividad al manejar y al comunicarse, el hecho que (aunque la razón de ser de su oficio sea prestar un servicio público) pasan vacíos por cantidades y no paran cuando ven a la gente muy cargada o con niños pequeños por ejemplo,  los constantes robos a pasajeros y engaños a su buena fe. Todo esto hace que tenga una visión bastante mezquina de ellos. Incluso alguna vez me disputé verbalmente con un taxista y éste me amenazó de muerte y me comentó que: “había aprendido muchas cosas en la cárcel”.


Pero sería injusto decir que el comportamiento de todos ellos es ladino y ventajoso. He conocido algunos taxistas, hombres y mujeres, muy respetuosos de la “dinámica más coherente” en las vías, que ven que estoy cargado bajo la lluvia y que paran a ofrecerme sus servicios, que son cultos, amables y hasta cierto punto interesados en el bienestar de sus pasajeros. Aquí debo incluir una anécdota casi olvidada en mi memoria que me contó mi madre hace mucho tiempo: cuando ella todavía no había tenido hijos salió de su trabajo un día muy tarde y un grupo de hombres la empezó a seguir; acorralándola en una calle poco transitada.  Le dijeron, cuando estuvieron cerca, que se relajara porque la iban a violar. La persona que la salvó de tal situación, ella se refiere a un ángel guardián, fue efectivamente un taxista que le abrió la puerta de su auto en el momento justo para que lograra subir rápidamente y escapar de allí.

Por supuesto, no todos son personas detestables y canallas. Además, sinceramente pienso, que muchos de ellos actúan de una manera determinada porque ese comportamiento “cutre”, se ha convertido en la norma para su gremio y que hasta yo, si fuera taxista, incurriría en la mayoría de esas conductas (tal vez no las delictivas porque no me interesa delinquir).

Pero atención!. No debo olvidar el motivo principal de escribir este post!.  El verdadero motivo fue el grito casi demoníaco; “Mantenlos a todos!” que me impactó visceralmente. Sobre lo que tengo que centrar mi foco es en la aparición que hubo, en ese momento, del pequeño Pinochet que tengo dentro. En el dictador, con aura de dios autocoronado, que es capaz de determinar el exterminio de todo un grupo humano (en este caso taxistas, pero bien pudieron ser disidentes políticos, judíos, homosexuales, burgueses, etc.) sólo porque no le gusta.

En este sentido, debo advertir la sombra en dos sentidos. El primero, en el reflejo de la conducta de los taxistas que evoca ciertos comportamientos que en otros contextos tengo o tiendo a tener y que no me gusta reconocer en mí mismo. Pero también, hablando del segundo aspecto, en ese pequeño tirano que de tanto en tanto aflora y me trae reminiscencias de historias terribles que una y otra vez se han repetido en la historia de la humanidad.


Escribir estas líneas me trae un alivio inesperado por poder  trabajar con ese pequeño reyezuelo, autodeificado, que ordena la muerte de otro porque no le gustó lo que hace. Por empezar a reconocer y apropiar que ese reyezuelo hace parte de mí, que también soy yo. 

sábado, 11 de enero de 2014

Mi sombra me aterra, es una asesina egomaníaca

El abismo. El vacío. Carente de aire, pero con unos ojos fulgurantes que me observan deseosos de mi carne. La ira, el odio, la destrucción, la ambición de poder y deificación, la lujuria, la bestia que de animal no tiene nada y de humana todo.

Hace algún tiempo, cuando pensaba en Calígula: un hombre sin moral, capaz de matar a su madre, de cometer un asesinato tras otro sólo por placer, de penetrar a otro hombre con tal brutalidad cómo para destruirle los riñones y ocasionarle la muerte. O Nerón: un egocéntrico, un individuo orgiástico, que mató a su amada embarazada golpeándole solamente por un tema de orgullo. Sentía una repulsa compulsiva; pero interiormente, y al mismo tiempo, un morbo y una pasión incendiarios e inusitados. Los odiaba y los amaba. Los condenaba al castigo eterno y los adoraba cómo dioses.
Hacía esto porque son una representación humana y descarnada de mi sombra. De la impulsividad, el orgullo, el deseo de placer, el egoísmo y la voluntad de vivir que hay dentro de mí.

Sería capaz de hacer lo que hicieron ellos? Por supuesto que sería capaz. Lo haré? No lo haré, porque no me da la gana. Porque a la sombra hay que mirarla a los ojos, dejar de temerla, amarla, incorporarla tanto como a la luz. Pero finalmente todo es cuestión de voluntad, de decisión, de albedrío.


Ahora, si me preguntan sí me aterra mi sombra? Claro que si, lo hace. Me aterra mi propia maldad, las vibraciones condensadas y bajas de mi alma, la magia negra que puedo desatar, las fauces de mi propia ferocidad, los anhelos de acción de mis ansias de destrucción.


He comenzado el camino de aceptar lo que más me aterra de mi; lo que me avergüenza y me deprime. Es un camino que como cualquier otro he de andar, sin los atajos de satisfacción instantánea a los que estoy acostumbrado.

La dibujaré, la haré poesía, la relataré en mis sueños. Hasta que deje de gruñirle y la bese en la boca; la acepte y la ame. Y me ame como soy; nada más o menos que un ser humano. Un dios frágil e inmenso que es capaz de mirarse a si mismo, sin asustarse con su reflejo.