Las mejores épocas de nuestras vidas son aquellas en las que acopiamos el suficiente valor como para rebautizar nuestra maldad como lo mejor que hay en nosotros"

Friedrich Nietzsche

martes, 28 de enero de 2014

La Reina del Cielo

La Reina del Cielo (ver Jer. 44: 17-22). La antigua diosa sumerio-acadio-babilonia asociada al planeta Venus, la Luna, el Sol y las estrellas. No en vano la palabra estelar deriva de su nombre: Ishtar. Es también conocida en la mitología ancestral de Medio Oriente; cómo la guardiana de las leyes cósmicas fundamentales. 


Hace unas semanas tuve un sueño, relatado en el post El dragón alado y otros arquetipos internos, donde hicieron aparición varias figuras arcanas. Una de ellas era un diosa; una mezcla en entre Afrodita y Ares de la mitología griega; tan deseable como la primera, tan mortal como el segundo.

Una diosa que no es madre (tan contraria a la diosa tutelar de la cristiandad); la diosa del amor y la guerra: Inanna/Ishtar. Para mí una imagen hipnotizante, arquetípica, poderosa, llena de fuerza, de vida, de corazón, de lujuria. Sus ritos en la antigua Sumer, y después en Acad y Babilonia, solían ser de carácter violento y sexual. Estando asociada  principalmente a ella la prostitución ritual.

Mi amada Inanna era también conocida como  la benefactora de las prostitutas, los homosexuales, los portadores de armas y del amor extramarital. Creo que representa el lado femenino, no vinculado con la tierra y la maternidad, que todos tenemos. También es la personificación de la lujuria, las ansias de poder y la fuerza vital que tenemos relegadas en nuestra propia sombra. 

En mi caso particular, debo señalar en primera instancia que la lujuria que simboliza se encuentra muy “callada” al interior de mi oscuridad: atendiendo así a las necesidades de la vida conyugal y la disciplina laboral. Por su parte, mis ansias de poder se manifiestan en ideaciones paralelas a la realidad; normalmente cuando tengo mucha ira o cuando creo que  yo tendría la “solución final” para cortar los problemas delincuenciales de mi  país por ejemplo. Por último, hablo de esta fuerza vital que se “encapsula” según la teoría junguiana cuando el sujeto se reprime; alimentando el lado oscuro y almacenando esa energía en el abismo. Adicionalmente en mi caso, Inanna protege y se complace con mi bisexualidad. Creo que no por sí misma, sino como una expresión libre de la sexualidad humana; que en muchos casos es diversa. Pero lo interesante es que todas estas fuerzas- y otras tal vez más primitivas- quieren salir a la vida bajo la bendición de la diosa. 

Es aquí donde, debo decir que adoro, no  con tan frecuentemente como quisiera, a la Reina del Cielo a través del porno. Me encanta ver cómo una mujer tiene sexo con varios hombres a la vez. Cómo con pasión extática escucha a las necesidades de su cuerpo - si se quiere de su sombra- sin inhibiciones, sin complejos, sin bloqueos; simplemente sintiendo, dejándose llevar por lo que le dice la parte menos estimada de todo ser humano: el cuerpo. Yo sé que es ingenuo pensar que la mujer en la pantalla lo disfruta, dicen los expertos que en algunas ocasiones si en otras no, pero lo que me eleva en un trance religioso no lo que se ve en pantalla en sí mismo sino lo que representa. La fuerza universal que evoca y que yo tengo tan encadenada en la oscuridad de mi abismo. De hecho, durante algún tiempo pude participar en encuentros de este tipo. Dónde yo era el sujeto de adoración así como mis amantes -un hombre y una mujer- lo eran de igual manera. Todo este placer sentido en un ofrecimiento a Inanna: a nuestra propia corporalidad o humanidad.

Saliendo un poco del éxtasis del placer religioso, se debe comprender que Ishtar como una diosa trascendente  no sólo se puede abordar desde un ángulo. Otro de sus atributos es esclavizar, dominar, controlar a través del amor, de la pasión, del sexo. Ejerciendo una fuerza gravitacional fatal en su amante/victima. Esta atracción, este poder se revela de dos maneras muy diferentes en mi vida personal.

La Reina del Cielo domaba y esclavizaba a las criaturas que amaba. Adoraba a los leones y se la ve acompañada siempre de leones mansos sometidos a su voluntad. También, se le atribuye la doma de los caballos; porque los amo tanto que los hizo esclavos a su poder.

Así pues, aunque sexualmente soy dominante (afecto al sexo duro, rudo, salvaje, con fuertes matices de control y en algunos casos de violencia leve) en mi vida sentimental asumo una posición totalmente distinta. Me gustan las personas que asumen el papel de la diosa; de hecho he descubierto que inconscientemente he exigido a mis parejas que tomen un rol de control y dominación sobre la relación. Es precisamente ese uno de los objetivos de mi travesía interior: lograr el equilibrio que necesito en ese aspecto de mi vida. Por lo tanto,es esta una de las facetas en las que debo tomar algo de distancia con Inanna.

Una tercera luz con la que puedo ver a la Reina del Cielo, es que es una representación de mi lado femenino y de aquellas cosas que más me gustan de una mujer. En efecto, los elementos básicos que más admiro se refieren a temas actitudinales. Por ejemplo me gustan las mujeres seguras de sí mismas, de su sexualidad, del poder que tienen por ser féminas, que se aceptan sin tapujos, sin complejos, que se atreven a decir lo que piensan sin importar lo que piense su familia o la sociedad, que disfrutan de ser ellas mismas. No hago referencia aquí, claro está, a aquellas mujeres que con pedantería quieren ser siempre “la más“, la inalcanzable. Porque creo firmemente que estas conductas tienen sustento en un profundo complejo de inferioridad, sumado a una imperiosa necesidad de aprobación del mundo exterior. En un intento por compensar sus debilidades interiores con cosas materiales, una forma estereotipada del cuerpo o elementos que le den “estatus” o “poder”. Haciendo así las cosas para impactar o agradar a los demás y no por propia convicción. Trampa de la que, valga decir, tampoco nos escapamos los hombres.

Dicho de otro modo, mi lado femenino se puede proyectar en la diosa. Es una parte de mí que durante mucho tiempo estuvo en la sombra y estoy dejando salir poco a poco. Primero está el punto de mi gusto por los hombres. Después todas esas cualidades que asociamos con lo femenino, pero que en su mayoría no son más que estereotipos, como por ejemplo: la sensibilidad, la necesidad de sentirse protegido, las muestras de afecto sin bloqueos o complejos, etc.

De esta manera, si fuera una mujer me gustaría ser una fémina independiente, con una carrera satisfactoria, fuerte, sexy y ser una “fiera” en los aspectos más privados de mi vida. De hecho, he fantaseado en medio de bromas con disfrazarme algún día de femme fatale. Pero no cualquiera, sino toda una maestra de la sensualidad, la atracción y con mucha clase. Sin embargo, una cosa es decirlo y otra hacerlo, porque tengo un cuerpo bastante masculino, estoy pasado de peso, tengo la nariz torcida y modales de camionero. Creo que me vería más bien chistoso. 

 Por si algún lector se pregunta si me gustaría travestirme como forma de vida o ser una chica trans; lo he meditado; puedo decir que me gusta mi masculinidad y ostentar lo que tengo – mi pene y mis testículos son las Joyas de la Corona –. Un miedo que tengo, debo confesar, es dejarme llevar tanto por la diosa, entiéndase por lo femenino no maternal,  que pierda mi propia esencia en el camino.

Pero Ishtar no sólo es dominación, femineidad pura o sexo desenfrenado. Ella representa también el despertar espiritual, tan popular como malentendido en nuestra época. Voy a parafrasear una de las variantes del mito más importante de la diosa: el descenso al inframundo. Y es que Jesús de Nazareth no fue el primer dios en bajar al reino de los muertos para luego resucitar; esta amante guerrera lo hizo milenios antes!
Narran las tablillas que Ishtar amaba a su esposo, Tammuz. Pero un día el consorte divino murió fruto de una herida de cacería, mientras daba muerte a un jabalí - que por cierto representa la lujuria-. Ella, presa del dolor y la desesperación decidió ir al Reino de Dónde Nadie Regresa: el trono de su hermana  gemela Ereshkigal.
Cabe hacer aquí un pequeño paréntesis de contexto: Inanna es la diosa de la fuerza vital y de la fecundidad sensual. Su hermana, también conocida como Ki, es la representación de la diosa madre, pero también de la muerte, la tierra y el Inframundo.

As;i pues, la Reina del Cielo emprendió el descenso para darle de nuevo vida a su amado, sin importarle el precio que tuviera que pagar o a quién tendría que destruir en el camino. En la primera puerta del Tártaro sumerio se encontró con un primer demonio que le exigió quitarse las sandalias para pasar. En la segunda puerta tuvo que entregar sus joyas. En la tercera rindió sus ropas. En la cuarta ofreció los cuencos de oro que cubrían sus pechos. En la quinta entregó su collar. En la sexta se desprendió de sus pendientes. En la séptima y última sacrificó su corona de mil pétalos. Fue allí, dónde desnuda e indefensa fue asesinada por su hermana opuesta, la diosa madre Ereshkigal, que colgó su cuerpo de un gancho.

Mientras tanto, en la tierra los humanos y los animales no se reproducían ni copulaban. El deseo se apartó del mundo. Los otros dioses, en cabeza de Enki, decidieron salvar a la diosa y con ella a la creación. Crearon un eunuco hermoso, que con engaños y lisonjas bajó al Tártaro y logró acceder al cuerpo  inerte de Ishtar. Le dio el Agua de la Vida y ésta resucitó. Lo hizo para recuperar violentamente sus siete virtudes y regresar del mundo de los muertos. Desde entonces, su marido tiene que permanecer seis meses en el inframundo (otoño e invierno), para retornar junto a su amada por un periodo igual de tiempo (primavera y verano). Evidentemente, este es un mito que explica las estaciones, pero también ejemplifica los momentos de la vida del ser humano por ejemplo. 

Encuentro cierta similitud, que deseo explorar, entre los pasos del descenso del Inanna al inframundo y otros creencias de renacimiento y transformación espiritual. Así el proceso termina en el encuentro con la sombra - el gemelo opuesto - y la resurrección; para lo cual obviamente hay que morir en el intento. Tal vez en el futuro llegue a dar mi explicación de este descenso a las tinieblas, si algún día puedo entenderlo totalmente o por lo menos creer que lo entiendo.

Para terminar quiero decir que siempre (en lo profundo de mi corazón) he adorado a Ishtar; aunque la haya desplazado a la sombra – de hecho algunos aspectos de su “espectro” siguen todavía encarcelados allí -. Pero por otro lado, no debo olvidar ser cauteloso con ella ya que esclaviza y enloquece a sus amantes de una manera muy caprichosa. Es una diosa que puede traer la iluminación, el despertar, la resurrección de la esencia; pero que es fatal y ofrece su cuerpo como maldición o ambrosía, depende cómo se lo vea,  a aquel a quien ama y a aquellos que la aman a ella.




lunes, 27 de enero de 2014

La Lanza que derrotó al Dragón

Tengo miedo. Miedo a la soledad, al fracaso, a la muerte, a la no trascendencia, a ver rotas las relaciones con los que más quiero. Miedo a vivir una existencia miserable,  a la pobreza, a no ser importante para nadie, a no ser comprendido, miedo de mí mismo y el salvajismo que se puede desatar en mí. En mi inventario hay muchos y variados miedos, la mayoría alimentados durante décadas sacrificando ante ellos buenos y malos momentos. Miedos convertidos en prejuicios, creencias, ritos, dogmas, supersticiones. Toda mi vida, hasta el presente, he tenido como combustible formas refinadas y en bruto de esta emoción.


Ir en búsqueda de mis miedos, es ir en el sentido contrario al que mi cultura me ha enseñado. He sido criado en un medio dónde no se acepta el miedo. Una sociedad dónde tener miedo es un crimen, un pecado, una enfermedad, una desafortunada y trágica debilidad. Dónde la decadencia moral se iguala en parte a sentir miedo y sobre todo a aceptarlo públicamente.  En lo personal, me formaron con frases como: “Un hijo mío no le tiene miedo a nada” o “No ha nacido quien me de miedo”. Con estas consignas mi madre me enseñó a no temerle a nada; a levantarme después de cada caída, limpiarme la ropa y actuar como si nada hubiera ocurrido sin importar si me dolía o no.  Pero de esa manera, sólo me mostró como ocultarlo, no como enfrentarlo. 

La verdad, escarbar entre los propios miedos no es una actividad halagadora. Porque es literalmente andar entre la basura, buscando algo que te pueda servir para limpiarla. Es como trabajar con cuerpos muertos sabiendo que en cualquier momento se puede levantar uno y puede atacarte como un zombie, por la espalda.  Para muchas personas puede ser tedioso, hostigante,  molesto, doloroso ver a alguien que se enfrenta en realidad a sus temores, porque eso  nos recuerda la propia basura, los cadáveres en descomposición que todos guardamos en el sótano de nuestra construcción interior. A quién le parece glamuroso, interesante o incluso aceptable una persona que busca en la basura?.

No pienso que para sanarme internamente o ser un hombre más completo deba aferrarme sólo a “la luz interior” que hay en mí o en otros seres humanos, de una manera  desesperada y casi religiosa por cierto, negando el dragón que duerme bajo mis pies. Todo lo contrario, lo importante aquí es vencer a la bestia.

En los cuentos de dragones de todos los tiempos, lo primero que hace el héroe es reconocer la existencia del  reptil, saber dónde está, cómo  actúa, se prepara para su encuentro con el gigante, hace un largo viaje en búsqueda del leviatán o de las armas con las cuales enfrentarse él y finalmente lo vence. Lo derrota. No recuerdo ninguna historia de dragones, dónde el protagonista se siente cómodamente en su sofá y se dedique a negar la existencia de la bestia; mientras se regodea en cosas “luminosas” y placenteras para así vencer al dragón. Qué ilusoria forma de acabar con el mal; de dominar el caos interior!

Este es un trabajo duro y poco grato. Una labor alejada de los cálidos rayos del sol, de la hermosa luz del astro rey. Es una tarea subterránea, a oscuras, fría, peligrosa, lenta; pero debo hacerla para salir del autoengaño, de la autocomplacencia, del imperio del Ego. Debo hacer el exorcismo, no de mí mismo sino, del miedo. Debo convertirlo en algo bueno para mí, en un combustible esta vez para mi bienestar y mi  realización en todos los aspectos.

Cómo debo hacerlo? No tengo idea. Tal vez por eso debo emprender la travesía para encontrar el instrumento, un arma sagrada o un amuleto mágico, que me permita conquistar al dragón. Mi disputa con el miedo está lejos de terminar, porque realmente en muchos aspectos no ha comenzado. Pero debo seguir viviendo y recorrer este camino a su ritmo, con su cadencia, transitando los paisajes que me llevarán finalmente a enfrentarme conmigo mismo.



jueves, 23 de enero de 2014

Miedo, Mentiras y Vídeo. Segunda Parte

El tema del sida para mí tiene un potencial enorme en cuanto a la exploración de mi propia sombra personal. Gracias a un reciente contacto epistolar que he establecido con una persona interesada en la primera entrega de este artículo recibí algunas observaciones en torno al mismo. Las más importantes fueron: la manera de abordar este tema es ingenua y temerosa,  porque las personas afectadas tienen una calidad de vida y una longevidad mucho mayor ahora y el contagio no es tan fácil cómo nos lo han hecho ver los medios de comunicación, exponiendo mentiras, desde los años ochenta.

A lo que respondí que evidentemente quería mostrar más el punto de vista de mi sociedad, que el mío propio. Enfatizando el daño emocional que se busca infligir al portador o al enfermo. Que de todos modos, era “hijo de mi tiempo” viendo el asunto desde los sesgos  que he compartido toda mi vida y que me percataba que nuestra cultura quiere estar ignorante frente al tema y al hacerlo lo convierte en parte de nuestra sombra colectiva. 
La réplica que recibí a mí escudada respuesta fue: ¿Y usted le tiene miedo? A la que haciendo acopio de toda mi sinceridad respondí con un rotundo: Si. Y es que le tengo mucho miedo al tema, más del que imaginaba. Puedo ubicar mi miedo en los siguientes linderos: le tengo miedo a que el virus pueda acortar mi vida, le tengo pavor a los síntomas avanzados de la enfermedad y sus consecuencias devastadoras junto con la disminución de la calidad de vida que eso puede traer. Pero sobretodo, le tengo miedo al rechazo emocional de aquellos a quién más quiero. En algún artículo posterior, puede que explore mi eterna dificultad con el rechazo y el abandono.

Obviamente, y gracias a terribles acontecimientos que han sucedido a mí alrededor en estas últimas semanas, soy consciente que la muerte está en todas partes. Que la muerte hace parte de mí, por el sólo hecho de estar vivo. Que por supuesto, puedo morir hoy mismo haciendo mi vida mucho más corta de lo que hubiera querido. Pero aun sabiendo eso, me da miedo contar con la desventaja de una vida amputada; que haya muchas cosas que no pueda hacer por falta de tiempo y al pensar en esto me doy cuenta que tengo que vivir cada instante (no debo quedarme ni el pasado ni en el futuro); el presente es lo único que cuenta porque no sé cuál sea la agenda del Ángel de la Muerte. Porque al final del día, tiempo y muerte son la misma cosa.

Por otro lado, reconozco que no quiero contagiarme, y que lamento profundamente los momentos en los que no hice lo suficiente para evitarlo. Quiero morir de otra cosa, padecer otros síntomas, tener si se quiere una muerte más clemente. Pero también quiero liberarme del prejuicio, del miedo que tengo calado en los huesos por la forma en cómo fui criado.


Es esta crianza la que es, finalmente, el centro de este post. Cómo comenté en mi artículo anterior, uno de mis tíos murió tempranamente a causa de esta enfermedad; falleciendo a mediados del año 1980. Por mi parte, nací en el año de 1982. Nunca llegué a conocer a aquel tío, ni siquiera de bebé, pero para mí él es una leyenda; me atrevería a decir que en mi panteón familiar él tiene un estatus de semidiós.

Cuenta la leyenda, que era una persona extraordinaria. Un hombre sincero, honesto, valiente, de carácter fuerte, de mirada franca, un líder natural, un pilar para su familia. En muchos sentidos sigue siendo, aun hoy, un modelo a seguir y un referente muy importante en cuanto a la tradición oral de mí núcleo familiar paterno.

El tema aquí es, que desde que recuerdo me han asociado directamente con este hombre. Con J. Desde que era muy niño me dijeron que soy increíblemente parecido a él. Tengo la misma carencia de bigote que él (una extrañeza para el resto de hombres de mi familia).Que tengo la misma inteligencia y astucia, e increíblemente la misma forma y dimensión de la cabeza.  Que tengo las mismas manos,  la misma sonrisa. Que comparto con él una mirada directa, de ojos cafés y que penetran el alma del observado. Que era igual de flaco, que tenemos la misma estatura. Que tengo el mismo carácter, la misma franqueza, la misma fuerza arrolladora. Que hago reír a los demás y logro conectar con ellos tan fácilmente como él (características por cierto bastante raras en el resto del clan). Que tengo los mismos gustos, que amo las mismas comidas, la misma música por momentos extraña y exótica. Que de algún modo, verme a mí es cómo verlo de nuevo a él. Lo que más me extraña ahora de estos comentarios es que no sólo me los repetían mis abuelos, mi padre, mis otros tíos, sino también toda una gama de parientes cercanos y distantes;  personas que incluso solamente vi una vez en la vida.

Crecí con esa leyenda, ese fantasma, ese espíritu entre pecho y espalda. En mi temprana adultez me enteré de una anécdota guardada con celo y en silencio por mi abuela y el círculo más cercano; creo yo porque eran y son gentes muy católicas. Algún día, cuando yo contaba con dos o tres años de edad, me dejaron al cuidado de mi abuela (recuerdo un apartamento enorme, muy soleado y espacioso), ella al sentirse en soledad se sentó en su cama, tomó una foto de su fallecido hijo primogénito y empezó a llorar lamentándose por su partida; recordando el “beso de la muerte” - como lo llamaba ella -,  el beso que ella le dio en los labios en el mismo instante en que exhaló su último aliento. Yo entré a su cuarto, mientras ella revivía el más profundo dolor que puede llegar a tener jamás una madre, le sequé los ojos, le tomé las manos y le dije: “No llores mamá porque yo estoy aquí, yo soy J”.

No sé si ese episodio fue verdad. No sé si lo que dije es verdad. Lo único que sé es que desde muy chico sentí que compartía un único destino con aquel hombre. Que estaba conectado a él,  tal vez de una manera más profunda de lo aparente. El murió a los 30 años, en el mejor momento de su vida. Yo crecí creyendo que también iba a morir joven. Que de alguna manera, entrar a mi tercera década de vida marcaría un punto de inflexión en mi inexorable historia junto a aquel hombre. De hecho cuando, el año pasado, cumplí 31 años me sorprendí mucho aunque no se lo dije a nadie.

Es que aquel hombre y aquel fin se convirtieron en partes fundamentales de mi sombra, eso sí el hombre con un halo dorado y luminoso. A tal punto que al alcanzar la mayoría de edad hice todo lo posible por desvincularme de esa imagen. Aborrecí el derecho y automovilismo, las dos grandes pasiones de la vida de J. Me alejé tanto como pude de mi familia paterna, en un intento de que no me compararan con J, después de la para entonces reciente muerte de mi abuelo. También hice todo lo posible para dejar atrás mi extrema delgadez, que tanto lo  recordaba a él, adquiriendo con el tiempo un cuerpo más robusto.  Pero sobretodo, me encargué de conseguir una fémina que fuera muy relevante en mi vida.

Aunque muchos aspectos de J fueron para mí extremadamente luminosos y recordados. Otros pocos, como su vida sentimental, se me dieron bastante difusos. Creo yo que por eso quise encontrar una mujer para mí; para toda la vida. Alguien con quién pudiera reproducirme y perpetuarme (tal vez siguiendo también el modelo de A, el padre de J).

No sé cuál era la orientación sexual de J, pero desde que yo era adolescente he tenido algunas dudas al respecto. Tal vez por eso también, y sólo después de una grave crisis personal que yo comparo con mi primer encuentro real con la sombra, acepté mi propia homosexualidad tardíamente (proceso que, individualmente y en público, paradójicamente hice con una velocidad y una naturalidad poco recordada en los caminos de los gustos diferentes). Para ese entonces tenía 28 años y había vivido la peor de todas mis crisis personales, que no fueron pocas o poco intensas. Curiosamente lo hice justo después de la muerte de mi abuela. Aquella mujer a la que un día enjugué las lágrimas y llamé tiernamente: “Madre”.


Mi miedo realmente radica, y lo desnudo aquí mismo, en repetir la historia de J. Un destino que durante mucho tiempo asumí cómo mío. Que me aterró y me fascinó en mis juegos de infancia, en mis odios de adolescencia, en mis sueños de joven adulto. Él es un general en la legión de los espíritus que habitan en mi sombra; su sola mirada produce en mí un pánico sobrenatural y un amor divino. No sé si soy él. Pero si lo soy tuve otra oportunidad. Una oportunidad de hacer las cosas de una manera diferente. De experimentar otro tiempo y otra muerte, que al final del día son la misma cosa. 

martes, 21 de enero de 2014

Miedo, Mentiras y Vídeo

Encuentro que Klaus Nomi es de nuevo el punto de partida para reflexionar sobre algún tema importante de la vida. Al centrarme en su corta carrera, también el doloroso y prematuro camino que lo llevó a la muerte, lo primero que pienso es en el estigma con el mueren las personas atacadas por el sida. Debo confesar que sentí una profunda repulsión inicialmente pero después, y de manera más permanente, una pesadumbre pasmosa por su trágico desenlace. Algo en mí no puede entender todavía cómo un fin tan cruel y miserable pudo ocurrirle a una persona tan creativa como este Nomi.


Según los relatos de su amigo Joey Arias fue golpeado por diferentes clases de males al mismo tiempo, sufriendo un doloroso deterioro fruto de la destrucción total de su sistema inmunológico por el VIH. Pero lo que más me impacta de este relato es cómo fue abandonado por casi todo el mundo y cómo la gente para poderse acercar a él, debía utilizar “trajes de plástico”, que impedían todo contacto físico. Sin duda alguna, situaciones horribles tuvo que vivir Klaus hacia el final de su vida.

Esto me hace pensar en los millones de seres humanos a los cuales se les ha apagado la llama de la existencia terrenal antes de tiempo, a causa de esta enfermedad. Pero sobre todo, en el rechazo casi total que les ofrece esta sociedad.  Y es que es más fácil para todos nosotros apartar a una persona aquejada por esta aflicción, porque (además de sus horribles síntomas y su "fácil" contagio) se equipara con perversión, promiscuidad, suciedad, homosexualidad, descomposición social, castigo divino, etc. Todos estos prejuicios nos hacen sentir en una posición “privilegiada” y nos dan la ilusión de que podemos juzgar, castigar y destrozar a una persona que ya está destrozada por un flagelo tan radical.

Para muchos de nosotros es difícil pensar que los enfermos de sida eran o son personas cómo nosotros; con sueños y esperanzas, con manías y miedos, con afectos y desamores. Es como si un portador o un paciente aquejado por esta enfermedad perdiera su dignidad humana por su condición de salud. En pocas palabras, nos da mucho trabajo verlos como personas sencillas; como nosotros. Como el mismo Nomi dice en el estribillo de una de sus canciones:

“I´m just a simple man, I do the best I can, I got a simple plan, I hope you understand”

El tema es que no hemos podido, como sociedad y como individuos, entender a otro ser humano que está siendo atacado por un terrible mal y lo abordamos como un objeto de anatema, un maldito, un innombrable. Para mí esa es la verdadera tragedia de proporciones cósmicas inmiscuida en todo este asunto.

Lo irónico,  es que nadie está exento de un contagio parecido. Ya sabemos que no se trata de una enfermedad de “degenerados” que se lo merecen, que se puede transmitir de madres a hijos en el momento del nacimiento, en una transfusión de sangre, en una violación o en una visita al odontólogo o al tatuador y que, lamentablemente,  la mayoría de nosotros nunca va a comprender que una persona que tiene sida es tan persona como una que no lo tiene.

En este punto,  mi deseo es mover esta reflexión a un terreno más personal para decir que después de algunos testeos sé que no tengo esta enfermedad, pero sí sé que tengo una increíble suerte. Esto lo digo porque a lo largo de mi vida he tenido múltiples parejas sexuales, hombre y mujeres, y con más de una de esas personas no utilicé ningún método de protección. El enfermo pude haber sido yo!.

Puedo decir también que tengo un amigo 0 positivo y que al enterarme de su condición hubo un gran “estremecimiento” en mí, a tal punto que la siguiente vez que me encontré con él no sabía si debía abrazarlo - como era nuestra costumbre - o no. Del mismo modo,  me sincero y digo que uno de mis tíos murió, para mediados de 1980, como consecuencia de un contagio de sida. Curiosamente tres años antes del fallecimiento de Klaus Nomi. Obviamente, hablar de tales cosas en mi familia es tabú, motivo de vergüenza y la causa de la muerte, de este hombre extraordinario que era mi tío,  de puertas para fuera es un contagio de hepatitis. 

Por otro lado,  quiero relatar un suceso que me impactó profundamente. Alguna vez salía de mi trabajo con algunos amigos y nos encontramos con un pequeño número de personas que difundía información con el fin de dignificar al enfermo de sida o al portador de VIH. Yo fui el más receptivo del grupo y finalmente una de las personas de aquella campaña me pidió que le diera un abrazo como señal de aceptación (yo no sabía si era portador o no; solamente sabía que era un apasionado por el tema, eso sí desde  un punto de vista bastante emocional) y yo acepté.  Quedando totalmente petrificado en aquella juntura de cuerpos. Después todos mis amigos me miraron como si estuviera terriblemente sucio y oliera mal.


Todo esto me lleva a hacerme algunas preguntas. Lo que todavía no entiendo, es por qué tenemos (uso primera persona plural porque aunque tiendo a ser más “abierto” con el tema me afecta en alguna medida el prejuicio) la tendencia de querer castigar y aniquilar al enfermo de sida a través de una muerte emocional?.  Y en un contexto más amplio: por qué tendemos a rechazar de la manera más brutal posible a todo aquel que repudiamos bajo la bandera de la religión, las buenas costumbres, la salud pública, la racionalidad, la moral, el progreso, etc.? Y en este caso particular,  Por qué lo hacemos destruyendo en el camino a seres humanos encastrados bajo el epíteto, y la lápida, del enfermo que “se lo merece” por atender a su propia "animalidad” y a lo “inmundo” de sus instintos más básicos? Es un ataque a la ese espíritu primario y sencillo que todos tenemos, pero del que nos queremos deshacer como de lugar ? Puede tratarse de un intento desesperado de separarnos de la naturaleza, para trascender a ella y con ella a la misma muerte? Será un intento de afirmarnos a nosotros mismos que nuestra represión, nuestra automutilación y las mentiras con las que nos autoengañamos  tienen algún sentido? Será el miedo y la mentira las fuerzas más poderosas, las que más nos mueven cómo seres humanos?


lunes, 20 de enero de 2014

Me cansé del miedo

Cómo la mayoría de mis lectores, hay algunas palabras y expresiones que se repetir en varios idiomas: algunas de ellas son “gracias”, “buen día”, “hola”, “¿cómo estás?” y curiosamente “miedo”. Siempre me he preguntado por qué esa palabra en especial se me queda tan fácilmente en la memoria. Puede tener que ver con la importancia que el miedo tiene en experiencia diaria; para mí es una fuerza regidora, que me muestra “los ejemplos” a seguir, que hasta cierto punto se convierte un concepto de orden moral. Pero debo hacerme una pregunta: me gusta que sea así?. La respuesta es un claro, No. No me gusta sentir miedo, por lo menos no tan frecuentemente.

Es así que me doy cuenta que me cansé de sentir miedo. De sufrirlo constantemente en mi vida de pareja, en mi vida familiar, en mi trabajo, en mis relaciones con los demás. Me cansé de dejarme acorralar por el miedo, de no poderme expresar, aceptar y comprenderme a mí mismo por el miedo, especialmente el miedo a la soledad. 


Pero esto no se trata sólo de palabras, se trata fundamentalmente de acciones. No permitiré que el miedo me cohíba, que se convierta en un “anulador “ y “modificador” de la consciencia, en un “supresor” de mi ser. Soy como soy, siento como siento, pienso como pienso.  Y aunque me da miedo asumir la responsabilidad por mi vida lo tengo que hacer como el método de supervivencia de mi propia naturaleza,  de aceptación de mi individualidad, de expresión de la parte de Dios que tengo dentro, del entendimiento que soy como soy por un propósito; de saber que Dios se quiere conocer a sí mismo a través de mí.

También me propongo firmemente dejar de temerle a los que más quiero por miedo a su rechazo. De dejar de lado elementos fundamentales de mi individualidad o personalidad, sólo porque les puede generar inseguridad a quienes me rodean; aplastando así quién soy y produciéndome como mínimo una sensación de no plenitud, desasosiego, de tristeza, de amargura, de rencor y de ira. Cuando la inseguridad que ellos pueden sentir no es más que una proyección sobre mí de sus propios asuntos no resueltos. No es justo para ninguna de las partes.


Quiero recuperarme a mí mismo; volver a sentir como míos, en lo fundamental, valores que para mí son vitales y que he ido perdiendo en el camino; un camino hacia la domesticación. Me es necesario recuperar la fuerza de voluntad, la valentía, la independencia, la ambición, el respeto por mí mismo por encima de todas las cosas, el amor por mi propia experiencia y mis particularidades. En fin, es mucho más fácil escribirlo que hacerlo; pero por algún lado se debe comenzar!.  

sábado, 18 de enero de 2014

Sin Título o I Am a Poor Wayfaring Stranger

Esta semana he estado muy sensible al tema de la muerte. La muerte de una persona que no conocía me ha impactado poderosamente. Además, haber sabido los detalles de ese fallecimiento (ruin, violento y a traición) me han golpeado todavía más. Era un hombre joven, extranjero, inteligente y, según lo que he escuchado, una persona maravillosa a la que jamás tuve la oportunidad de ver siquiera.

Coincidencialmente, he escuchado estos días, y reescuchado continuamente, una canción espiritual cristiana del folk estadinense que habla del descanso que trae la muerte; para ir a los paraísos celestiales  que se encuentran en los brazos de Dios. Yo en lo particular no soy cristiano y algunos versos de esta canción disonan teatralmente con mi manera de ver el mundo. Pero la sigo escuchando. Esta pieza musical se llaman “I am a poor wayfaring stranger” y he preferido oírla en la voz del extraordinario Andreas Scholl.

Quiero compartirla con ustedes por una razón que no entiendo. Cómo dije anteriormente no me identifico con el cristianismo casi en nada, pero la persona que he mencionado si vinculaba esta creencia de manera profunda. Tal vez sea la conexión que existe entre todos los seres humanos la que me toca en lo más profundo, la que hace que me identifique con creencias que no son mías, la que le da voz a los muertos a través de los vivos, la que pone a mi alrededor una consciencia inequívoca de la inminencia de la muerte y de la fragilidad del ser humano, la que me comunica realidades profundas de la existencia; con cierto tono melancólico y de esperanza aceptante del que en mi vida diario carezco tanto.



Soy un pobre caminante extranjero,
Viajando por este mundo de aflicción,
Pero allí no hay enfermedad, trabajo duro o peligro,
A ese brillante mundo, dónde yo voy.

Voy yendo allí,
A ver a mi padre,
Voy allí sin importar lo demás,
Yo sólo voy hacía el Jordán,
Yo sólo voy a mi hogar.

Veo nubes negras,
Que se juntan a mí alrededor,
Conozco mi camino,
Es duro e inclinado,
Pero hermosos campos se extienden ante mí,
Dónde los redimidos de Dios,
Su vigilia mantienen.

Voy yendo a casa,
A conocer a mi madre,
Me dijo que me conocería cuando viniera,
Yo sólo voy hacía el Jordán,
Yo sólo voy a mi hogar.

Pronto seré libre de las pruebas terrenales,
Mi cuerpo descansa en el campo de la vieja iglesia,
Yo bajaré la cruz de la autonegación,
Y ganaré mi gran recompensa.

Voy yendo allí,
A ver a mi Salvador,
Para cantar Su alabanza por la eternidad,
Yo sólo voy hacía el Jordán,
Yo sólo voy a mi hogar.

jueves, 16 de enero de 2014

La sonrisa cálida del Ángel de Muerte

Hoy me enteré de la muerte, tal vez violenta, del jefe de mi pareja. No lo conocía, de hecho llevaban relativamente poco trabajando juntos pero era muy nombrado en nuestras conversaciones diarias,  después de hacernos la pregunta habitual: Cómo estuvo tu día?. Por lo que escuchaba de él, era una persona joven con un carácter a veces fuerte pero en general una buena persona. Pero tal vez no esté siendo objetivo, porque todo muerto era “un santo” en vida. En fin, aparte del sentimiento que genera en ella, a mí me ha impactado personalmente. Pero por qué? Yo ni siquiera lo conocía! Nunca crucé palabra con él! Nunca le miré a los ojos!

Creo que este evento me recuerda que yo también tengo que morir algún día y al proyectarme en este hombre, reflejo en su figura mi propio miedo a la muerte. Cómo dice José García Martín en El problema del tiempo: a propósito de Kierkegaard y Heidegger:

“Es evidente que la muerte nos ha preocupado, o nos preocupa, más o menos a cada uno de nosotros: todos nos tenemos que morir. Sin embargo, pocas veces le prestamos atención; pocas veces en nuestras vidas nos paramos a pensar sobre ella. Aprendemos a vivir y a convivir con ella como algo que está ahí, que tiene que ocurrir; sin embargo, cuando sucede  nos sorprende, nos asombra, nos congestiona y nos paraliza. Parece que ante la muerte de los demás tomáramos conciencia de que también nosotros moriremos algún día.
Vivimos como si no nos tuviéramos que morir. Hacemos planes y proyectos como si la muerte, mi muerte no fuera real. No obstante, si estuviéramos constantemente preocupados por nuestra muerte no podríamos hacer nada; necesitamos desocuparnos de ella si queremos comportarnos con normalidad. Porque no es lo mismo la muerte de los demás que mi muerte; puede que no me preocupe lo primero, pero sí lo segundo. Aunque, ¿para qué pre-ocuparnos de una cosa de la cual nunca nos vamos a ocupar? Pero mi muerte es algo real, segurísimo y cierto; algo tan radical que su propia experiencia destruye al experienciante. Algo tan absoluto que es incomunicable e intransferible.”

Es el peso de esta regla universal el que se hace tan insoportable  que vivimos de tal manera que la negamos a cada instante, aunque sabemos que está nosotros en todo momento. En este sentido, la muerte es un aspecto fundamental de la sombra: es algo que sabemos que es parte de nuestra naturaleza, pero que para continuar con nuestra existencia relegamos a la oscuridad.


Tal vez por esto desde tiempos inmemoriales hemos asociado a la muerte con las tinieblas, la maldad, lo repudiable, lo prohibido. Tal vez por eso nos queremos ver separados de la naturaleza, de los animales, de las plantas. Tal vez por eso asociamos nuestra propia animalidad a la sombra. En un intento de negar lo inexorable y lo verdadero: la muerte. Queremos vernos diferentes y superiores de  los animales, por ejemplo, porque no queremos compartir el mismo destino que ellos. Queremos trascender para vencer a la muerte: puede ser de una manera religiosa, dejando algún legado a la humanidad, asegurando nuestra continuidad reproductiva, acumulando cosas materiales o reconocimiento social que sobreviva a nuestra propia muerte. En este sentido, la muerte es la que le da sentido a nuestra vida. O visto de otra manera, el Ángel de la Muerte con su mirada penetrante y su sonrisa es el verdadero mentor  de nuestra existencia.

Debo reconocer que yo, de igual manera que mis seres queridos, moriré algún día.  Que es parte de mi esencia cómo ser humano. Que aunque no piense constantemente en ella para no socavar el marco de creencias que requiero, como cualquiera, para vivir es mi constante compañera y finalmente es una verdad universal. (Qué difícil es poner estos conceptos en práctica!)

Un factor que me demuestra que estoy unido con todos los demás miembros del género humano, con los animales, con las plantas incluso con la misma tierra, el sol y las estrellas – si lo veo en un contexto de millones de eones-. Que me confirma que toda “individualidad” es algo temporal  e ilusorio, que las formas deben cambiar, que todo y todos estamos hechos de la misma sustancia material, espiritual y metafísica a la que se le puede llamar Dios.