Las mejores épocas de nuestras vidas son aquellas en las que acopiamos el suficiente valor como para rebautizar nuestra maldad como lo mejor que hay en nosotros"

Friedrich Nietzsche

martes, 18 de febrero de 2014

COLABORACIÓN ESPECIAL: Cuál es el Sentido de la Vida?

El siguiente es un artículo de opinión de un colaborador del blog sobre el tema en cuestión. Aunque puede ser un poco largo y tal vez algo denso al comienzo vale la pena darle una ojeada.

Cuál es el sentido de la vida? Una pregunta interesante y por cierto imposible de contestar plenamente por un simple ser humano. Debo advertir que las siguientes líneas son sólo un abordaje superficial a la respuesta.

Pero para comenzar cualquier aproximación en torno a ésta se deben responder otras dos dudas previamente; una de ellas de carácter personal, la otra de carácter metafísico. Es necesario advertir que para poder seguir adelante las respuestas a dichas preguntas deben terminar convirtiéndose en supuestos. Adicionalmente, es menester adoptar un tercer paradigma general. Para comenzar así la exploración sobre la base de tres afirmaciones principales.

Sin dar más rodeos, aquí vienen las dos preguntas. La primera se enmarca en la esfera personal, viniendo como sigue: me interesa saber cuál es el sentido de la vida?. Hay múltiples respuestas ante esta interrogante, sin embargo para poder hacer una verdadera aproximación a la cuestión inicial se debe responder afirmativamente a esta inquietud. De lo contrario, realizaremos un vano intento dialéctico que terminará en desinterés y en la minimización de la pregunta central. Debemos estar listos a salirnos del marco de pensamiento habitual para poder ver otras opciones o dimensiones de abordaje del problema. Para lo cual sin duda, se requiere el compromiso con querer entender este sentido por parte de quién pregunta; porque hacerlo implica un esfuerzo real de parte de dicho individuo.

En segundo lugar, la otra pregunta deviene de un ámbito más metafísico si se quiere, ésta es: existe un sentido para la vida?  Para continuar la respuesta debe ser afirmativa. Es curioso ver que dicho resultado puede ser considerado como un acto de fe, y que al mismo tiempo, y después de un análisis personal puede ser respondida negativamente.  Es decir, para poder iniciar el trabajo debemos partir de la creencia de que si existe dicho sentido. Pero después de masticar el asunto  la conclusión puede llevarnos a inferir que dicho sentido no existe. Eso lo juzga en última instancia  cada valiente interlocutor; consigo mismo, con la verdad.

No debemos olvidar señalar el tercer principio que no se desprende de una interrogante sino de una afirmación muy personal: el sentido de la vida, esta verdad, depende de quién la mire. Mi sentido de la vida, no es el mismo que la de mi vecino, mi hermano o de un ciudadano que vive del otro lado del mundo. O en otros términos, el sentido de la vida de un niño no es el mismo que el de un anciano o la razón vital de un gerente de multinacional no es el mismo al de una aborigen sumergida en alguna selva ignota del planeta.

En este orden de ideas, una verdad universal es que la visión de la verdad depende de la luz con la que se la mire; y esa luz la da “el que la mira”.  En este caso, alejado de querer mostrar una verdad general o superior que esté por encima de todos los individuos. Señalo que la verdad la hacemos los mismos individuos.

Sólo a modo de aclaración defino que no busco dar una visión general y última de la respuesta a la duda central. Pero que si uso algunos conceptos generales que se pueden abordar también desde la perspectiva de la física moderna y la física cuántica cómo el concepto acción- reacción, de la mutabilidad o el principio del observador. Adicionalmente el lector se dará cuenta que equiparo en el discurso la felicidad con el sentido vital; porque sin duda creo que son una única cosa. Con la anterior afirmación estoy respondiendo la pregunta inicial en apariencia. Pero no es tan sencillo.

Retomando el hilo principal, cada quién debe buscar su propia razón vital. A modo de opinión señalo que hay que tener cuidado de quienes nos quieren salvar con sus ideas; porque no son más que eso: ideas. No son verdades. Es por esto, que de ahora en adelante hablaré exclusivamente del sentido de mi vida y no del sentido que puede adquirir la experiencia vital para nadie más.

Resumiendo, para acércame a la pregunta: cuál es el sentido de la vida? debo sustentarme en los siguientes supuestos:

*   Estoy interesado en entender el sentido de la vida.
* Hay un sentido para mi vida.
* Mi sentido de la vida es mío, individual. Cada quién debe buscar el suyo.

Ahora bien, para iniciar resalto que en mí concepto el sentido de la vida está ligado profundamente con el concepto de transcendencia. La transcendencia no entendida como algo abstracto, exclusivamente metafísico y etéreo. De hecho, la transcendencia es todo lo contrario: es la necesidad real que siente todo ser vivo de vencer a la muerte, a la propia aniquilación. La muestra más clara de esto es la necesidad que tiene todo ser viviente de reproducirse.

Para todos es bien conocido que todos los seres, siguiendo obviamente sus propios ciclos vitales, hacen lo que sea necesario para transmitir sus genes a la próxima generación. Es así como las grandes migraciones con fines  reproductivos, las hermosas flores o las esporas, la lucha a muerte entre machos, la escogencia por parte  de las hembras de los ejemplares masculinos más aptos, los largos periodos de gestación o la gran cantidad de crías son en efecto algunas de las adaptaciones que un sin número de especies ha adoptado para vencer a la muerte: para asegurarse que una parte de sí mismo va a seguir viviendo aún después de la desintegración de su cuerpo físico.

Por tanto, la búsqueda de la transcendencia, que obviamente también está presente en el ser humano, no tiene tanto de espiritual y tiene más de animal de lo que solemos pensar.  De hecho, es por la necesidad de reproducirnos y asegurar nuestros genes que somos capaces de hacer lo que sea por nuestros hijos. Un buen número de nosotros trabajamos por ellos incansablemente, negándonos incluso a nosotros mismos, con la esperanza de darle las mejores oportunidades de prosperar y sobrevivir.

Por supuesto, esta no es la única forma de trascender que ha hallado el ser humano. Una de las cosas que nos diferencia de los animales es que somos también seres simbólicos. Por tanto, encontramos maneras simbólicas de trascender. Muchos de nosotros queremos dejar impronta; una huella indeleble en la historia, la literatura, el arte, la música, la filantropía, el trabajo o más comúnmente en la vida familiar. Nadie quiere ser mal recordado a la hora de partir. En efecto, todos queremos que nuestros descendientes nos recuerden y que sea favorablemente; no queremos desaparecer sin más en el constante soplido de los vientos del tiempo.

Además de estos ámbitos simbólicos, hay otro en el que no me extenderé aquí, aunque si más adelante. Se trata de la religión. Lo que ésta nos permite, entre otras muchas cosas, es darnos a nosotros mismos una duración incorpórea después de la muerte. De hecho, todas las religiones que conozco tienen el componente de darle sentido a la vida por medio de la muerte- lo que es lo mismo que darle sentido a la muerte misma -, a través del  concepto de “la otra vida”. Este concepto se ha mezclado con valoraciones morales subjetivas para dar una noción de recompensa o causalidad; haciendo así de vital importancia la adherencia a las normas de comportamiento “deseables” para la consecución de una mejor “vida futura”.

En síntesis,  la religión, las buenas acciones, los “legados para la humanidad” desde un punto de vista simbólico son algunas de las maneras que encontramos para trascender. Pero también hay otras formas, que lejos de considerar malas, entiendo cómo más rudimentarias  y vacías en las que el ser humano de hoy logra encontrar un sentido de trascendencia. Me refiero entre otras a la acumulación de riquezas o bienes materiales.

Sin duda en Occidente, noción de la que soy heredero culturalmente, aún en la actualidad bebemos de las aguas del materialismo dialectico y el positivismo filosófico que definieron lo que comúnmente se conoce como “Modernidad”. La radicalización de dicho materialismo tuvo múltiples y variadas consecuencias: por ejemplo permitió el avance de la ciencia y la tecnología de manera vertiginosa, y mejoró la calidad de vida material de los seres humanos en cuanto a indicadores desnudos se refiere. Pero también fue el caldo de cultivo para que en el Siglo XX se perpetuaran las peores atrocidades contra la Humanidad y contribuyó a la “materialización” y la “objetivación”  de los todos los fenómenos humanos.

Es por esto, que llegamos a pensar que todo lo que no se puede medir en un laboratorio no existe. Relegando a la oscuridad un sinfín de realidades humanas y no humanas que simplemente no comprendemos. Dándosele el estatus de “verdad única” a todo lo tangible, medible y definible. Concepto que mezclado con la natural avaricia humana maximiza las dimensiones de los logros y las posesiones materiales.

De este modo, desde pequeños somos orientados hacia el objetivo material. Asumiendo cómo fundamento de la existencia la obtención de todo aquello que es tangible. Así, en mi caso, se me enseñó que debía estudiar para ser “alguien en la vida”, entendiéndose cómo una persona que tuviese su propia familia, su casa, su automóvil, su finca de recreo, etc. Ofreciendo siempre una independencia y una estabilidad económica al núcleo familiar que “debía” formar. Nunca se me enseñó que debía buscar valores espirituales por encima de una identidad religiosa o que debía pensar mi vida por mí mismo por ejemplo.

Se me dijo que la felicidad estaba en esa imagen: la casa, el carro, los hijos, la esposa y hasta el perro. Obviamente en medio de una sociedad que no enseña a pensar y decidir, sino a repetir patrones asumí esos valores cómo míos. Pero, es ese el sentido de la vida?. La respuesta vino con el tiempo; mostrándome que en mi caso allí no está la felicidad y que por tanto este no es el sentido de mi existencia.

Llama la atención que más bien temprano en mi vida me di cuenta que no era eso lo que quería para mí. Que reproducir el modelo, por cierto irreal e inocentemente hipócrita, del padre y esposo de ensueño no iba con mi naturaleza. Pero eso no me impidió intentar más tarde alcanzar algo parecido – movido por necesidades psicológicas primarias basadas en mis carencias afectivas infantiles -, obviamente sin los resultados esperados y con consecuentes daños colaterales para varios actores de aquella tragicomedia; para mí mismo, la fémina en cuestión y la hija que tenemos juntos.

Al mismo tiempo, y moviéndome a otras experiencias de mi vida puedo decir que en la sociedad occidental actual vencer a la muerte – lo que es lo mismo que la trascendencia – se puede leer como igual a hallar la “eterna juventud” y  mantener la “eterna belleza”. Durante algún momento de vida asumí que para ser feliz tenía que sentirme bien conmigo mismo y para hacerlo tenía que seguir el patrón de belleza instaurado en la sociedad en la que vivo. Por tanto, me inscribí en un gimnasio y comencé una rutina fuerte de entrenamiento; después de algunos años, de esfuerzo y algo de ayuda extra logré el cuerpo que quería. Buscaba lograr un efecto psicológico a través de un cambio físico y sinceramente no lo conseguí; porque cuando llegué a mi meta quise más.

Pretendí hallar la perfección estética, alimentar mi ego a través de las miradas furtivas de los demás y de los elogios constantes. Pero allí no encontré la felicidad; sólo una profunda insatisfacción por no ser “más perfecto”.

Hace unas semanas, leí algo así como que la búsqueda de la perfección física es un intento de vencer a la enfermedad y la muerte, a través de la sensación de juventud y de salud. Sinceramente pienso que es así.  De nuevo busqué  vencer a la muerte simbólicamente; viéndome fuerte, sano y atractivo así en mi interior no me sintiera así. Lo que evidentemente demuestra que para mí ver las cosas de ese modo no es más que una ilusión, un autoengaño. Me di cuenta que era todavía más ilusorio al percibir que mis aspectos físicos cambiaron con rapidez una vez dejé de entrenar. Obviamente porque el cuerpo es un elemento extremadamente cambiante.

Paralelamente, sí se aborda la pregunta desde otro ángulo es evidente que esta edad de la competencia despiadada y el mercado global ejerce sobre nuestro ser una poderosa influencia, especialmente si estamos involucrados directamente en el mundo inmisericorde del capitalismo rampante y la supervivencia del más fuerte. Uno de los productos de esta realidad es que el concepto del éxito - entendiéndose cómo la rápida consecución de los objetivos dentro de un contexto empresarial, objetivos que inexorablemente deben estar alineados con los objetivos de la organización –  se ha convertido en la religión de las últimas décadas. El que sigue esta nueva tendencia “religiosa” no busca beneficios espirituales, se acerca a ella con el fin adquirir influencia, dinero y poder.

Aquel que se considera exitoso no es aquel que hace bien su trabajo o que ama lo que hace; es el que logra subir más alto en medio de una carrera feroz donde aplastar al “oponente” es la norma. Asimismo, se convirtió en regla general  vender los propios valores, criterios y opiniones en favor de ayudar a los que están más arriba en la jerarquía a alcanzar el  éxito propio – sumado a otros “valores” como la adulación, el servilismo, el “clasismo empresarial”, etc. Todo este juego se traduce en última instancia en ganancias cada vez más grandes para los inversionistas, obviamente  a cualquier costo. Es una cultura de siempre querer más, de no saciarse con nada, de ‘’quererse comer el mundo”.

El éxito profesional en estas circunstancias para mí no es el motivo de la existencia por varias razones. Primero, porque así nunca me “saciaría”. Nunca llegaría a la meta, porque bajo este esquema de pensamiento cuando se llega siempre se quiere una “tajada” más grande y no se disfruta el logro alcanzado; produciendo así una sensación constante de frustración mezclada con avaricia. Una especie de vacío que en lo personal no es satisfactorio y puede llegar a ser perturbador. De esta manera, cuando menos uno se da cuenta le ha dado al contexto empresarial lo mejor de sí mismo; sacrificando en el altar de la inmolación corporativa los valores, las posturas, el tiempo, la familia, los propios gustos e incluso la personalidad. Intercambiando así, literalmente vida por cosas materiales y efímero poder.

En segundo lugar, me parece personalmente triste y deprimente que el sentido de mi vida sea dar mi sangre para satisfacer la ambición y la voracidad de otros. Que tenga que dejar de ser quién soy, que tenga que ofrecer el tiempo con aquellos a quienes amo, que tenga que lavarme el cerebro y “automotivarme” para alcanzar el éxito profesional. Para mí eso no tiene otro nombre que esclavitud voluntaria.

Recapitulando, en la sociedad de hoy los valores sociales, morales y me atrevería decir espirituales más importantes son el éxito profesional, la abundancia económica y la belleza física. Lo que no vemos tan claramente es que estos valores realmente son una trampa, porque a través de la adhesión a ellos nos convertimos en una “máquina”  de consumo. De hecho, considero que la educación desde la más temprana edad en Occidente está orientada a convertirnos en trabajadores/ consumidores ideales.

Desde infantes nos enseñan a seguir patrones, a masacrar nuestra individualidad y nuestras propias ideas en función de absorber contenidos que nos permitan ser buenos trabajadores en el futuro. Para así tener una posición lo más aventajada posible para consumir y acumular efectos materiales en la edad adulta. Casi nada y casi nadie nos enseña a tomar las propias decisiones, a determinar  y pensar la vida según nuestro propio corazón, a ser responsables de nosotros mismos  desde la perspectiva de la conciencia; no desde la perspectiva del castigo. 

En este marco conceptual, el bienestar - una vez satisfechas las necesidades básicas- se basa en poder consumir algo que no necesitamos; con la mayor frecuencia posible. Obviamente para lo cual es indispensable el éxito para producir el dinero con el cual hacerlo; lo que nos lleva, en un sentido figurado, a intercambiar nuestra sangre y nuestra alma por baratijas y basura que no nos es necesaria y que finalmente está diseñada para durar lo menos posible; para que consumamos más de los mismo cuanto antes. Siguiendo esta línea de pensamiento, la felicidad y el bienestar no tiene nada que ver con la consciencia de sí mismo, los valores espirituales –me refiero a aquellos que no tienen que ver con el lavado de cerebro que nos proporcionan en la vida práctica la mayoría de las religiones actuales- o la determinación del propio destino orientado hacia valores personales.

Ahora me pregunto: en este escenario encuentro el sentido de la vida? La respuesta es no. Sin embargo, debo gritar a los cuatro vientos que romper el ciclo mencionado no es fácil!. Aprovecho para aclarar aquí que para romper estos patrones no es necesario esconderse en las montañas o meterse en un convento. Pienso que el ciclo se rompe desde dentro; con consciencia no con diatribas como este escrito o con dolorosa abstención. Para mí, nuestro modo de vida  es cómo una adicción a la que fuimos condicionados desde niños, por eso es tan difícil detenerla o incluso darnos cuenta de ella.

En este orden de ideas, para nosotros desde chicos la televisión, la tecnología, el entretenimiento, la moda, los requerimientos del trabajo y el estudio, los medios masivos comunicación, la propaganda y la constante paranoia que nos hace pensar que el mal está fuera de nuestro fuero interno no nos permiten ver más allá de una realidad condicionada; una pantalla de cine dónde vemos convenientemente un film en el  que somos las víctimas indefensas y en el que el mal se halla en todo lo que es diferente a nosotros. Así vivimos engañados. 

Es aquí donde quiero detenerme sólo un poco. Sentimos que todo lo que es diferente a nosotros o a nuestra imagen idealizada - de nosotros mismos, la sociedad o el ser humano - es malo o potencialmente peligroso. Por eso solemos juzgar en todo momento a otros seres humanos que en apariencia son diferentes; incluso sin conocerlos. Vemos a los demás como mezquinos, egoístas, antipáticos, raros, malos, etc. Lo curioso es que en la mayoría de los casos ni siquiera sabemos el nombre del sujeto de nuestro juicio - mucho menos sabemos que sienten, que piensan o cuáles son sus problemas o motivaciones – y en medio de ese desconocimiento le damos toda clase de adjetivos.

Por simple lógica cuando hacemos esto no estamos realmente hablando de esas personas, porque no se puede hablar con certeza de lo que no se conoce, en cambio si lo hacemos de nosotros mismos. Volcamos y reflejamos todo lo que no nos gusta de nuestro interior o exterior, que por supuesto si conocemos, y lo hacemos ver como cualidades objetivas de un virtual desconocido. Por eso cada vez que juzgamos a los demás por su apariencia – entiéndase no sólo por su aspecto físico, sino también por lo que creemos que es – estamos ejecutando el juicio sobre nosotros mismos. Por eso creo que juzgar a los demás es una pésima manera de ser feliz, porque siempre nos vamos a hallar culpables inconscientemente de aquello que no queremos aceptar.

Finalmente al mirar el problema desde otra óptica, desde el punto de vista religioso, es evidente que hay mucho por decir. Sin embargo, hablaré sobre lo que se;  lo que he vivido. He buscado respuestas al sentido de la vida y a la vivencia de la felicidad a través de diferentes caminos: Catolicismo, Cristianismo Evangélico, Islam, Judaísmo, Budismo. He descubierto que todos estos caminos tienen fragmentos de esa verdad que he buscado, siendo algunos de estos senderos más claros para mí que otros,  cada uno tiene partes fraccionadas a las necesidades totales de mí ser.

Aquí debo ser claro en puntualizar que al preguntar: alguna religión me revela el sentido de la vida y me trae la felicidad? Debo responder nuevamente que no. Pero también debo decir que una perspectiva más panteísta de Dios y de la Realidad me reporta actualmente más réditos interiores que cualquier otra explicación del sentido de la vida desde un punto de vista religioso.

Es pues aquella explicación que dice que cada uno de nosotros somos Dios y que estamos aquí para reconocer todos los aspectos de la divinidad en los demás y en nosotros mismos a través de la experiencia vital. Algo así como si Dios quisiera conocerse a sí mismo,  reconociendo todas sus facetas luminosas y oscuras, y yo fuera al mismo tiempo ojo y reflejo de esa divinidad. En pocas palabras que el sentido de la vida es conocerse a sí mismo.

Adicionalmente, siento – subrayando la acción de sentir- que este razón vital tan mitológica y/o metafísica se complementa con algo más tangible: la acción de poder romper el ciclo de Maia o el ciclo de la Ilusión tomando este concepto prestado del Budismo. No me refiero sólo al ciclo de consumo desmedido, psicótico e insustancial de la sociedad posmoderna y capitalista en la que vivo; sino también al creer que la realidad está solamente en lo material y en asumir que esta sustancia material no cambia. Esto es sólo una ilusión porque creo que una de las verdades inmutables es que todo lo existente tiene que mutar.  

Tengo que anotar que conocerse a si mimo y romper el ciclo de la ilusión son dos decisiones que duelen, que trastornan, que enferman, que aterrorizan, que empequeñecen, que producen la “muerte” del  ser y por esto se hace tan difícil enfrentarse a eso. Esto sucede porque hace tambalear realmente todo lo que se asumió como verdad a lo largo de la vida, se trata de romper esquemas, patrones, cadenas a las que se está acostumbrado y sobre las que se descansa cómodamente.

Es negar y cambiar todo aquello para lo que he sido criado, preparado, instruido, adoctrinado. Por tanto no es una tarea placentera o segura. Pero si quiero ser libre siento que debo hacerlo, si quiero tomar la responsabilidad sobre mi vida debo deshacerme de las excusas y hacer de mi experiencia una creación sólo mía; para que al final de mis días sienta que mi tiempo en esta tierra valió la pena. Que no fue sólo nacer, ser esclavizado, reproducirme, ver televisión y morir.

Por último, debo reconocer que hacerme estas preguntas y  escribir estas líneas no sólo me sirve como un método para ordenar  ideas y sentimientos. También es un medio para sentir que venzo a la muerte a través de un texto que pueda hacer reflexionar a otras personas. Es que finalmente soy un ser humano y no escapo a la necesidad natural que tiene todo lo que vive de alcanzar la trascendencia.
 .

miércoles, 5 de febrero de 2014

Radamanto, el Juez del Inframundo

Bedburg población cercana a Colonia, Alemania. Era el año de 1564, un joven perverso recibía un extraño regalo del diablo; el obsequio que le daba el Malo por entregarle su alma. Pero no se trataba de una bóveda con incontables riquezas o de un cetro que le diera poder sobre todo y todos; se trataba de un simple cinturón cuero. Lo que no se lograba percibir con los sentidos era que Satanás entendiendo la naturaleza animal, sangrienta y depravada de aquel muchacho había imbuido el elemento con un poder extraño: su portador, al ceñírselo, podía convertirse en un gran lobo sediento de sangre. De este modo, el alma viciosa de aquel canalla lograba ocultar su esencia humana tras la máscara de un depredador despiadado.

Así aquel hombre, llamado Peeter Stubbe lograba evadir la justicia. Cometiendo crímenes inenarrables, matando a placer con una perversidad inusitada, asesinando hombres, mujeres, niños y ganado a voluntad. Incluso se llegó a contar que cuando deseaba apasionadamente a una mujer, la seguía y cuando estaba sola (en el campo) se le presentaba, la ultrajaba, la violaba y finalmente usaba su cinturón para convertirse en un gigantesco can; para destrozar con sus crueles fauces gargantas inocentes, despedazando cuerpos desnudos e indefensos. Saciaba así su lujuria, su instinto animal, sus ansias de destrucción y muerte.

Pero no eran son sólo los vecinos de Bedburg quienes se debatían, como una vela al viento, bajo el encanto y el peligro de la sombra del brujo. Se cuenta que este tuvo un hijo muy sano y hermoso, un día estando con él en el bosque su instinto animal pudo más que su amor de padre y se convirtió en la bestia, le saltó encima y lo destrozó; sólo paró cuando hubo comido los sesos del muchacho. Sin embargo, la relación con las mujeres de su familia era del todo diferente. Logró seducir a su hija, Beell Stubbe, una joven hermosa y agradable y a su hermana, Katherine Tropin, con las que tuvo relaciones carnales por largo tiempo. Tal era la corrupción de este Stubbe.

De otra parte, siglos después y del otro lado del Atlántico, estaba yo en un día cualquiera hace unos 6 o 7 años. Solía ir con mi novia de aquel entonces a cine, casi siempre escogiendo yo la película. Pero ese día ella hizo la elección y entramos a ver un thriller titulado Hostel. El film se trata de un grupo de gente con mucho dinero que tiene por costumbre capturar turistas incautos para después  torturarlos con toda clase de herramientas, de manera apasionada y persistente, hasta darles muerte y para terminar comiendo parte del  cuerpo de la víctima (personas estas con una marcada preferencia por los sesos humanos). El guión cuenta la historia de un turista gringo que logra escapar de tan desdichado fin.

Lo curioso de este episodio es que yo no resistí dentro de la sala de proyección más de media hora. No pude soportar ver como torturaban a una persona en la pantalla grande y primero cerré los ojos. Estuve así por un lapso de unos cinco minutos; durante los cuales la vista perdió toda su importancia. El sonido del taladro perforando músculos, articulaciones y huesos, y los lamentos de los actores me movieron a huir de aquel lugar. Literalmente, salí corriendo y esperé a mi novia pacientemente afuera del cine; mientras ella terminaba su película.

Tiempo después vi los cortos de Hostel 2, esta vez se narra la historia de más gente muy rica que comparte la afición de cazar a otras personas como en una especie de "safari" (muy al estilo de los Simpsons en uno de los especiales de Halloween). Me impactó poderosamente una imagen completamente chocante para mi: dentro de las presas se encontraba una madre y su hija pequeña. No tengo palabras normales para expresar lo que evocó esa imagen en mi interior. Sin molestarme en ver la película, porque tal vez no hubiera tenido el valor de aguantar siquiera media hora, empecé a fantasear en los siguientes días y meses. Imaginé que en alguna parte de nuestro planeta debería haber ocurrido tal atrocidad y esbocé en mi cabeza los peores castigos para aquellos asesinos, obviamente personificados por los actores de la película, para aquellos homicidas cazadores.

Después imaginé extender estas retaliaciones hacia crímenes más reales para mí: como el asesinato, el robo, la violación y la corrupción que día a día se ven en las noticias de mi país.  Algunos de estos castigos son tan escalofriantes que las pocas personas con las que compartí mis ideaciones me pidíeron que parara, no querían seguir escuchando cómo se podía hacer daño a otra persona de maneras tan retorcidas. Cuando eso sucedía, yo con una sonrisa de sorpresa decía que no había problema; que estaba bien. Pero no entendía por qué no se podía siquiera en la imaginación luchar contra el mal  a través de métodos tan “contundentes” y “ejemplificantes”. Castigos que, creía además, deberían aplicarse por medio de un show, una especie de espectáculo de la retribución utilizando los medios de comunicación para mostrarle a la sociedad que el mal siempre tenía en un horrible final.

Es pues aquí dónde vuelvo a la historia del licántropo alemán. Después de una larga carrera de crímenes. Stubbe fue acorralado, bajo la forma de un lobo, por una turba enfurecida con la ayuda de perros de pelea entrenados con el fin de atrapar a la bestia. Corría el año 1589 y la larga carrera, de 25 años, de ataques atroces desembocó en un lobo gigante en encerrona y a punto de ser herido de muerte. El brujo  al verse en tal encrucijada se quitó el cinturón e intentó volver a Bedburg bajo su forma humana; con la apariencia  de un hombre con bastón.

Rápidamente fue apresado por la multitud y llevado ante la justicia. Después de un exhaustivo interrogatorio, entiéndase también una prologada tortura, confesó sus crímenes. Reveló además que la magia, que lo hacía un ser salvaje y atroz, estaba en el cinturón; en el regalo del diablo y que toda su vida había cometido múltiples actos de perversión y maldad aconsejado por los emisarios del Averno.

Stubbe fue llevado a la rueda de tortura, donde continuó diciendo “la verdad”. Después le fueron arrancados varios trozos de carne con unas tenazas al rojo vivo, para luego romperle los brazos y las piernas con un mazo de madera. Viendo la miseria de aquel hombre la justicia decidió decapitarlo y quemar, hasta hacer cenizas, sus restos. Por su lado, Beell y Katherine fueron halladas cómplices de “algunos crímenes” y fueron quemadas vivas. Luego en la plaza del pueblo se colgó la rueda de “confesión” donde Stubbe hizo sus declaraciones, encima se puso la efigie de un lobo y se clavaron 15 estacas en honor a las victimas conocidas de la bestia.

Aquí me surgen dos dudas y formulo una afirmación: serían Peeter, Beell y Katherine culpables de los horrores imputados? Serían acaso sólo el chivo expiatorio de un caso de histeria colectiva?. Pero lo que más me inquieta es la observación: qué tanto se parece el castigo impartido por la justicia de Bedburg a los placeres sangrientos del Hostel y a mis propias ideas para erradicar el mal!.

Y es que los jueces que lucharon contra la maldad de la bestia licántropa se mostraron más bestiales que el lobo de la leyenda. Los santos de Dios que buscaron luchar contra el infierno, lo trajeron paradójicamente a la tierra. Lo hicieron patente, le dieron al diablo el entorno perfecto para que hiciera su alegre y macabra danza cuando los seres humanos presencian con placer el sufrimiento de otros seres humanos.

Pero se debe resaltar que esto no es sólo un tema de “aquellas autoridades”, cada vez que yo soñaba con sevicia en aplacar el mal imaginario de una película o el real de mi sociedad permitía que me poseyera Radamanto: Juez del Inframundo. Sobre él Virgilio, en el VI libro de la Eneida, escribe mientras habla del aquel sombrío lugar:

«El cretense Radamanto ejerce aquí un imperio durísimo. Indaga y castiga los fraudes y obliga a los hombres a confesar las culpas cometidas y que vanamente se complacían en guardar secretas, fiando su expiación al tardío momento de la muerte. Al punto de pronunciada la sentencia, la vengadora Tisífone, armada de un látigo, azota e insulta a los culpados, y presentándoles con la mano izquierda sus fieras serpientes, llama a la turba cruel de sus hermanas [las Furias]».

No pocas veces deseé con todo mi corazón ser el Juez Duro e Implacable, que castiga con la muerte los vicios del ser humano. Creo que todos los que leen este post por lo menos alguna vez lo han deseado; queriendo no sólo un castigo durísimo para los criminales o los perversos, sino también para aquellos a quienes han identificado como agresores, transgresores, detestables, diferentes, malos.

Me parece buen momento de recordar y enlazar al relato, las buenas intenciones y los ideales de los gringos anticomunistas en medio de la caza de brujas que se vivió al interior de Estados Unidos en la Guerra Fría y sus devastadores resultados en la sociedad americana; la paranoia y la psicosis cultural que  perdura  y que se vive todavía con más fuerza hoy en día. Rememorar a los cientos de  miles de gulags que murieron a manos del estalinismo y la destrucción del agro soviético buscando una “sociedad mejor”. También a las miles de familias destruidas por la Revolución Cultural China donde millones de hijos acusaban de anti-revolucionarios a sus propios padres; enviándolos a campos de concentración o directamente al fusilamiento. Por qué no  mencionar la creencia nazi del mejoramiento de la sociedad, a través de la “pureza” de la raza y la eliminación de "los impuros"; recordar los desastrosos y aberrantes efectos que esto tuvo para el pueblo judío.

Es precisamente en nombre del bien, del orden, de la justicia que se han cometido los peores crímenes hacia la Humanidad. Hemos pensado que una idea, una creencia, un prejuicio vale más que la vida de millones de seres humanos. Que vale más que la integridad de generaciones, castas o naciones enteras. Precisamente por esto somos tan  manipulables y los que están en el poder logran hacernos creer como verdad.

Por mi lado, estoy seguro que si hubiera podido ser un dictador hubiera sido un hombre perverso, fanático, indolente, ruin, sádico, egocéntrico, etc. Aquí me podría explayar con todos los adjetivos calificativos de mi lengua, además podría agregar algunas palabras de otras lenguas, para describir la esencia de este concepto. Si en la realidad hubiera ejercido un papel como Juez del Inframundo, un juez en contra del mal, con toda seguridad le hubiera dado cabida a todos los demonios que habitan en mi naturaleza humana. Les hubiera pedido que vinieran a hacer lo suyo entre los hombres.

Hubiera hecho lo mismo que tantos grupos y personas en la historia de la humanidad. No sería diferente a los Cruzados, a los conquistadores españoles, a los Inquisidores, a los invasores americanos en Irak o Afganistán, a Al-Qaeda, etc. Todos ellos luchando contra su visión del mal. Todos ellos del “Lado del Dios”, de la “Rectitud”, de la “Civilización”, de la “Justicia”. Todos ellos desde el “bien” abriendo la Puerta del Infierno para permitir que el ser humano dance en las sombras junto con los espíritus más tenebrosos de las entrañas de la Tierra, que son sin duda las mismas entidades que se agazapan en silencio al  interior de nosotros mismos.

Finalmente debo hacer ver que escogí a Radamanto. Pero que existen más Jueces en el Inframundo: no hablé de Eáco, de Minos, de Megera o de Alecto. No me referí más que tangencialmente de Tisífone. No mencioné los miles de Jueces y Demonios de castigo que pueblan los mitos de todas las culturas, impartiendo justicia a su modo. No lo hice porque creo firmemente que en cada criatura humana hay un ser implacable que sería capaz de hacer cualquier cosa en favor del “bien” y la “verdad”.

lunes, 3 de febrero de 2014

Testimonios de Locura

Testimonios de locura. De desfachatada incoherencia y vulgar desatino vienen a mi mente como peligrosas y extravagantes criaturas de mi inconsciente. Hoy no me siento bien y trato desesperadamente de aferrarme a algo que me mantenga con los pies en la tierra.

Siempre he sido un loco, siempre lo seré,  pero un loco controlado, medicado, sujeto por las buenas indicaciones médicas de la psiquiatría, el apoyo psicológico y los buenos oficios propios y de mis relativos para mantenerme en un sano “balance” entre el caos que tengo dentro y la necesidad de encajar en una sociedad despiadada y psicótica.

Mis sueños me envenenan. O tal vez sólo me dejan ver a través de un caleidoscopio psicodélico el veneno que almaceno en lo más profundo de mí ser y cómo éste entra en acción. Anoche soñé muchas cosas extrañas, de las que no conservo más una sensación de vacío y abandono casi absoluto.  Un anulador sentimiento de desconsuelo, de vulnerabilidad, de intrascendencia.

Ahora mismo me siento en un sueño, la irrealidad interpreta lo que ven mis ojos cómo un espacio onírico, un espejismo. No creo que ésta sea la realidad, no es más que una farsa; en el mejor de los casos es una obra de teatro dónde todos elaboramos nuestros propios  papeles movidos por el miedo y la codicia. Esclavos de todo aquello que no queremos para nosotros  y de todo aquello que si queremos en nuestras vidas.  Habrá forma de romper el ciclo?
Me esfuerzo a diario por asumir una vida “normal”. Pero vale la pena eso? Es válido suponer que no veo la locura a que llamamos “realidad” y que no percibo la intrascendencia de mi vida; la misma que la de la mayoría de los otros seres humanos. Qué triste destino  este de vivir solamente para acumular cosas materiales o para comer, dormir, ver televisión y reproducirse o para servir a un Dios lejano o para tener “éxito” profesional mientras se vende el alma en el camino o para gastar  los días dándole placer a los sentidos o utilizarlos quejándose de la mierda de país, de ciudad, de mundo en el que vivimos o para vegetar en  una existencia que mezcle dos o más de estas opciones!.

Qué hemos hecho con nosotros mismos? Por qué hemos escogido esta incompletitud, esta falta de significado? Por qué  hemos alimentado el miedo y la codicia con los frutos que produce nuestra alma? Cómo darle equilibrio al caos y a la paz?  Cómo conseguir lo inalcanzable?

Es hora de recurrir, corriendo cómo lo hace un niño que necesita a su padre, hacia los brazos maternales de Dios! Obviamente no hablo del dios cristiano, el judío o el musulmán; sino del Dios que está en todos y lo es todo. Aquel Dios del que  yo soy una pequeña parte. Algo así cómo una célula que clama por ayuda al organismo al que pertenece; para no estallar en medio de una crisis existencial!



martes, 28 de enero de 2014

La Reina del Cielo

La Reina del Cielo (ver Jer. 44: 17-22). La antigua diosa sumerio-acadio-babilonia asociada al planeta Venus, la Luna, el Sol y las estrellas. No en vano la palabra estelar deriva de su nombre: Ishtar. Es también conocida en la mitología ancestral de Medio Oriente; cómo la guardiana de las leyes cósmicas fundamentales. 


Hace unas semanas tuve un sueño, relatado en el post El dragón alado y otros arquetipos internos, donde hicieron aparición varias figuras arcanas. Una de ellas era un diosa; una mezcla en entre Afrodita y Ares de la mitología griega; tan deseable como la primera, tan mortal como el segundo.

Una diosa que no es madre (tan contraria a la diosa tutelar de la cristiandad); la diosa del amor y la guerra: Inanna/Ishtar. Para mí una imagen hipnotizante, arquetípica, poderosa, llena de fuerza, de vida, de corazón, de lujuria. Sus ritos en la antigua Sumer, y después en Acad y Babilonia, solían ser de carácter violento y sexual. Estando asociada  principalmente a ella la prostitución ritual.

Mi amada Inanna era también conocida como  la benefactora de las prostitutas, los homosexuales, los portadores de armas y del amor extramarital. Creo que representa el lado femenino, no vinculado con la tierra y la maternidad, que todos tenemos. También es la personificación de la lujuria, las ansias de poder y la fuerza vital que tenemos relegadas en nuestra propia sombra. 

En mi caso particular, debo señalar en primera instancia que la lujuria que simboliza se encuentra muy “callada” al interior de mi oscuridad: atendiendo así a las necesidades de la vida conyugal y la disciplina laboral. Por su parte, mis ansias de poder se manifiestan en ideaciones paralelas a la realidad; normalmente cuando tengo mucha ira o cuando creo que  yo tendría la “solución final” para cortar los problemas delincuenciales de mi  país por ejemplo. Por último, hablo de esta fuerza vital que se “encapsula” según la teoría junguiana cuando el sujeto se reprime; alimentando el lado oscuro y almacenando esa energía en el abismo. Adicionalmente en mi caso, Inanna protege y se complace con mi bisexualidad. Creo que no por sí misma, sino como una expresión libre de la sexualidad humana; que en muchos casos es diversa. Pero lo interesante es que todas estas fuerzas- y otras tal vez más primitivas- quieren salir a la vida bajo la bendición de la diosa. 

Es aquí donde, debo decir que adoro, no  con tan frecuentemente como quisiera, a la Reina del Cielo a través del porno. Me encanta ver cómo una mujer tiene sexo con varios hombres a la vez. Cómo con pasión extática escucha a las necesidades de su cuerpo - si se quiere de su sombra- sin inhibiciones, sin complejos, sin bloqueos; simplemente sintiendo, dejándose llevar por lo que le dice la parte menos estimada de todo ser humano: el cuerpo. Yo sé que es ingenuo pensar que la mujer en la pantalla lo disfruta, dicen los expertos que en algunas ocasiones si en otras no, pero lo que me eleva en un trance religioso no lo que se ve en pantalla en sí mismo sino lo que representa. La fuerza universal que evoca y que yo tengo tan encadenada en la oscuridad de mi abismo. De hecho, durante algún tiempo pude participar en encuentros de este tipo. Dónde yo era el sujeto de adoración así como mis amantes -un hombre y una mujer- lo eran de igual manera. Todo este placer sentido en un ofrecimiento a Inanna: a nuestra propia corporalidad o humanidad.

Saliendo un poco del éxtasis del placer religioso, se debe comprender que Ishtar como una diosa trascendente  no sólo se puede abordar desde un ángulo. Otro de sus atributos es esclavizar, dominar, controlar a través del amor, de la pasión, del sexo. Ejerciendo una fuerza gravitacional fatal en su amante/victima. Esta atracción, este poder se revela de dos maneras muy diferentes en mi vida personal.

La Reina del Cielo domaba y esclavizaba a las criaturas que amaba. Adoraba a los leones y se la ve acompañada siempre de leones mansos sometidos a su voluntad. También, se le atribuye la doma de los caballos; porque los amo tanto que los hizo esclavos a su poder.

Así pues, aunque sexualmente soy dominante (afecto al sexo duro, rudo, salvaje, con fuertes matices de control y en algunos casos de violencia leve) en mi vida sentimental asumo una posición totalmente distinta. Me gustan las personas que asumen el papel de la diosa; de hecho he descubierto que inconscientemente he exigido a mis parejas que tomen un rol de control y dominación sobre la relación. Es precisamente ese uno de los objetivos de mi travesía interior: lograr el equilibrio que necesito en ese aspecto de mi vida. Por lo tanto,es esta una de las facetas en las que debo tomar algo de distancia con Inanna.

Una tercera luz con la que puedo ver a la Reina del Cielo, es que es una representación de mi lado femenino y de aquellas cosas que más me gustan de una mujer. En efecto, los elementos básicos que más admiro se refieren a temas actitudinales. Por ejemplo me gustan las mujeres seguras de sí mismas, de su sexualidad, del poder que tienen por ser féminas, que se aceptan sin tapujos, sin complejos, que se atreven a decir lo que piensan sin importar lo que piense su familia o la sociedad, que disfrutan de ser ellas mismas. No hago referencia aquí, claro está, a aquellas mujeres que con pedantería quieren ser siempre “la más“, la inalcanzable. Porque creo firmemente que estas conductas tienen sustento en un profundo complejo de inferioridad, sumado a una imperiosa necesidad de aprobación del mundo exterior. En un intento por compensar sus debilidades interiores con cosas materiales, una forma estereotipada del cuerpo o elementos que le den “estatus” o “poder”. Haciendo así las cosas para impactar o agradar a los demás y no por propia convicción. Trampa de la que, valga decir, tampoco nos escapamos los hombres.

Dicho de otro modo, mi lado femenino se puede proyectar en la diosa. Es una parte de mí que durante mucho tiempo estuvo en la sombra y estoy dejando salir poco a poco. Primero está el punto de mi gusto por los hombres. Después todas esas cualidades que asociamos con lo femenino, pero que en su mayoría no son más que estereotipos, como por ejemplo: la sensibilidad, la necesidad de sentirse protegido, las muestras de afecto sin bloqueos o complejos, etc.

De esta manera, si fuera una mujer me gustaría ser una fémina independiente, con una carrera satisfactoria, fuerte, sexy y ser una “fiera” en los aspectos más privados de mi vida. De hecho, he fantaseado en medio de bromas con disfrazarme algún día de femme fatale. Pero no cualquiera, sino toda una maestra de la sensualidad, la atracción y con mucha clase. Sin embargo, una cosa es decirlo y otra hacerlo, porque tengo un cuerpo bastante masculino, estoy pasado de peso, tengo la nariz torcida y modales de camionero. Creo que me vería más bien chistoso. 

 Por si algún lector se pregunta si me gustaría travestirme como forma de vida o ser una chica trans; lo he meditado; puedo decir que me gusta mi masculinidad y ostentar lo que tengo – mi pene y mis testículos son las Joyas de la Corona –. Un miedo que tengo, debo confesar, es dejarme llevar tanto por la diosa, entiéndase por lo femenino no maternal,  que pierda mi propia esencia en el camino.

Pero Ishtar no sólo es dominación, femineidad pura o sexo desenfrenado. Ella representa también el despertar espiritual, tan popular como malentendido en nuestra época. Voy a parafrasear una de las variantes del mito más importante de la diosa: el descenso al inframundo. Y es que Jesús de Nazareth no fue el primer dios en bajar al reino de los muertos para luego resucitar; esta amante guerrera lo hizo milenios antes!
Narran las tablillas que Ishtar amaba a su esposo, Tammuz. Pero un día el consorte divino murió fruto de una herida de cacería, mientras daba muerte a un jabalí - que por cierto representa la lujuria-. Ella, presa del dolor y la desesperación decidió ir al Reino de Dónde Nadie Regresa: el trono de su hermana  gemela Ereshkigal.
Cabe hacer aquí un pequeño paréntesis de contexto: Inanna es la diosa de la fuerza vital y de la fecundidad sensual. Su hermana, también conocida como Ki, es la representación de la diosa madre, pero también de la muerte, la tierra y el Inframundo.

As;i pues, la Reina del Cielo emprendió el descenso para darle de nuevo vida a su amado, sin importarle el precio que tuviera que pagar o a quién tendría que destruir en el camino. En la primera puerta del Tártaro sumerio se encontró con un primer demonio que le exigió quitarse las sandalias para pasar. En la segunda puerta tuvo que entregar sus joyas. En la tercera rindió sus ropas. En la cuarta ofreció los cuencos de oro que cubrían sus pechos. En la quinta entregó su collar. En la sexta se desprendió de sus pendientes. En la séptima y última sacrificó su corona de mil pétalos. Fue allí, dónde desnuda e indefensa fue asesinada por su hermana opuesta, la diosa madre Ereshkigal, que colgó su cuerpo de un gancho.

Mientras tanto, en la tierra los humanos y los animales no se reproducían ni copulaban. El deseo se apartó del mundo. Los otros dioses, en cabeza de Enki, decidieron salvar a la diosa y con ella a la creación. Crearon un eunuco hermoso, que con engaños y lisonjas bajó al Tártaro y logró acceder al cuerpo  inerte de Ishtar. Le dio el Agua de la Vida y ésta resucitó. Lo hizo para recuperar violentamente sus siete virtudes y regresar del mundo de los muertos. Desde entonces, su marido tiene que permanecer seis meses en el inframundo (otoño e invierno), para retornar junto a su amada por un periodo igual de tiempo (primavera y verano). Evidentemente, este es un mito que explica las estaciones, pero también ejemplifica los momentos de la vida del ser humano por ejemplo. 

Encuentro cierta similitud, que deseo explorar, entre los pasos del descenso del Inanna al inframundo y otros creencias de renacimiento y transformación espiritual. Así el proceso termina en el encuentro con la sombra - el gemelo opuesto - y la resurrección; para lo cual obviamente hay que morir en el intento. Tal vez en el futuro llegue a dar mi explicación de este descenso a las tinieblas, si algún día puedo entenderlo totalmente o por lo menos creer que lo entiendo.

Para terminar quiero decir que siempre (en lo profundo de mi corazón) he adorado a Ishtar; aunque la haya desplazado a la sombra – de hecho algunos aspectos de su “espectro” siguen todavía encarcelados allí -. Pero por otro lado, no debo olvidar ser cauteloso con ella ya que esclaviza y enloquece a sus amantes de una manera muy caprichosa. Es una diosa que puede traer la iluminación, el despertar, la resurrección de la esencia; pero que es fatal y ofrece su cuerpo como maldición o ambrosía, depende cómo se lo vea,  a aquel a quien ama y a aquellos que la aman a ella.




lunes, 27 de enero de 2014

La Lanza que derrotó al Dragón

Tengo miedo. Miedo a la soledad, al fracaso, a la muerte, a la no trascendencia, a ver rotas las relaciones con los que más quiero. Miedo a vivir una existencia miserable,  a la pobreza, a no ser importante para nadie, a no ser comprendido, miedo de mí mismo y el salvajismo que se puede desatar en mí. En mi inventario hay muchos y variados miedos, la mayoría alimentados durante décadas sacrificando ante ellos buenos y malos momentos. Miedos convertidos en prejuicios, creencias, ritos, dogmas, supersticiones. Toda mi vida, hasta el presente, he tenido como combustible formas refinadas y en bruto de esta emoción.


Ir en búsqueda de mis miedos, es ir en el sentido contrario al que mi cultura me ha enseñado. He sido criado en un medio dónde no se acepta el miedo. Una sociedad dónde tener miedo es un crimen, un pecado, una enfermedad, una desafortunada y trágica debilidad. Dónde la decadencia moral se iguala en parte a sentir miedo y sobre todo a aceptarlo públicamente.  En lo personal, me formaron con frases como: “Un hijo mío no le tiene miedo a nada” o “No ha nacido quien me de miedo”. Con estas consignas mi madre me enseñó a no temerle a nada; a levantarme después de cada caída, limpiarme la ropa y actuar como si nada hubiera ocurrido sin importar si me dolía o no.  Pero de esa manera, sólo me mostró como ocultarlo, no como enfrentarlo. 

La verdad, escarbar entre los propios miedos no es una actividad halagadora. Porque es literalmente andar entre la basura, buscando algo que te pueda servir para limpiarla. Es como trabajar con cuerpos muertos sabiendo que en cualquier momento se puede levantar uno y puede atacarte como un zombie, por la espalda.  Para muchas personas puede ser tedioso, hostigante,  molesto, doloroso ver a alguien que se enfrenta en realidad a sus temores, porque eso  nos recuerda la propia basura, los cadáveres en descomposición que todos guardamos en el sótano de nuestra construcción interior. A quién le parece glamuroso, interesante o incluso aceptable una persona que busca en la basura?.

No pienso que para sanarme internamente o ser un hombre más completo deba aferrarme sólo a “la luz interior” que hay en mí o en otros seres humanos, de una manera  desesperada y casi religiosa por cierto, negando el dragón que duerme bajo mis pies. Todo lo contrario, lo importante aquí es vencer a la bestia.

En los cuentos de dragones de todos los tiempos, lo primero que hace el héroe es reconocer la existencia del  reptil, saber dónde está, cómo  actúa, se prepara para su encuentro con el gigante, hace un largo viaje en búsqueda del leviatán o de las armas con las cuales enfrentarse él y finalmente lo vence. Lo derrota. No recuerdo ninguna historia de dragones, dónde el protagonista se siente cómodamente en su sofá y se dedique a negar la existencia de la bestia; mientras se regodea en cosas “luminosas” y placenteras para así vencer al dragón. Qué ilusoria forma de acabar con el mal; de dominar el caos interior!

Este es un trabajo duro y poco grato. Una labor alejada de los cálidos rayos del sol, de la hermosa luz del astro rey. Es una tarea subterránea, a oscuras, fría, peligrosa, lenta; pero debo hacerla para salir del autoengaño, de la autocomplacencia, del imperio del Ego. Debo hacer el exorcismo, no de mí mismo sino, del miedo. Debo convertirlo en algo bueno para mí, en un combustible esta vez para mi bienestar y mi  realización en todos los aspectos.

Cómo debo hacerlo? No tengo idea. Tal vez por eso debo emprender la travesía para encontrar el instrumento, un arma sagrada o un amuleto mágico, que me permita conquistar al dragón. Mi disputa con el miedo está lejos de terminar, porque realmente en muchos aspectos no ha comenzado. Pero debo seguir viviendo y recorrer este camino a su ritmo, con su cadencia, transitando los paisajes que me llevarán finalmente a enfrentarme conmigo mismo.



jueves, 23 de enero de 2014

Miedo, Mentiras y Vídeo. Segunda Parte

El tema del sida para mí tiene un potencial enorme en cuanto a la exploración de mi propia sombra personal. Gracias a un reciente contacto epistolar que he establecido con una persona interesada en la primera entrega de este artículo recibí algunas observaciones en torno al mismo. Las más importantes fueron: la manera de abordar este tema es ingenua y temerosa,  porque las personas afectadas tienen una calidad de vida y una longevidad mucho mayor ahora y el contagio no es tan fácil cómo nos lo han hecho ver los medios de comunicación, exponiendo mentiras, desde los años ochenta.

A lo que respondí que evidentemente quería mostrar más el punto de vista de mi sociedad, que el mío propio. Enfatizando el daño emocional que se busca infligir al portador o al enfermo. Que de todos modos, era “hijo de mi tiempo” viendo el asunto desde los sesgos  que he compartido toda mi vida y que me percataba que nuestra cultura quiere estar ignorante frente al tema y al hacerlo lo convierte en parte de nuestra sombra colectiva. 
La réplica que recibí a mí escudada respuesta fue: ¿Y usted le tiene miedo? A la que haciendo acopio de toda mi sinceridad respondí con un rotundo: Si. Y es que le tengo mucho miedo al tema, más del que imaginaba. Puedo ubicar mi miedo en los siguientes linderos: le tengo miedo a que el virus pueda acortar mi vida, le tengo pavor a los síntomas avanzados de la enfermedad y sus consecuencias devastadoras junto con la disminución de la calidad de vida que eso puede traer. Pero sobretodo, le tengo miedo al rechazo emocional de aquellos a quién más quiero. En algún artículo posterior, puede que explore mi eterna dificultad con el rechazo y el abandono.

Obviamente, y gracias a terribles acontecimientos que han sucedido a mí alrededor en estas últimas semanas, soy consciente que la muerte está en todas partes. Que la muerte hace parte de mí, por el sólo hecho de estar vivo. Que por supuesto, puedo morir hoy mismo haciendo mi vida mucho más corta de lo que hubiera querido. Pero aun sabiendo eso, me da miedo contar con la desventaja de una vida amputada; que haya muchas cosas que no pueda hacer por falta de tiempo y al pensar en esto me doy cuenta que tengo que vivir cada instante (no debo quedarme ni el pasado ni en el futuro); el presente es lo único que cuenta porque no sé cuál sea la agenda del Ángel de la Muerte. Porque al final del día, tiempo y muerte son la misma cosa.

Por otro lado, reconozco que no quiero contagiarme, y que lamento profundamente los momentos en los que no hice lo suficiente para evitarlo. Quiero morir de otra cosa, padecer otros síntomas, tener si se quiere una muerte más clemente. Pero también quiero liberarme del prejuicio, del miedo que tengo calado en los huesos por la forma en cómo fui criado.


Es esta crianza la que es, finalmente, el centro de este post. Cómo comenté en mi artículo anterior, uno de mis tíos murió tempranamente a causa de esta enfermedad; falleciendo a mediados del año 1980. Por mi parte, nací en el año de 1982. Nunca llegué a conocer a aquel tío, ni siquiera de bebé, pero para mí él es una leyenda; me atrevería a decir que en mi panteón familiar él tiene un estatus de semidiós.

Cuenta la leyenda, que era una persona extraordinaria. Un hombre sincero, honesto, valiente, de carácter fuerte, de mirada franca, un líder natural, un pilar para su familia. En muchos sentidos sigue siendo, aun hoy, un modelo a seguir y un referente muy importante en cuanto a la tradición oral de mí núcleo familiar paterno.

El tema aquí es, que desde que recuerdo me han asociado directamente con este hombre. Con J. Desde que era muy niño me dijeron que soy increíblemente parecido a él. Tengo la misma carencia de bigote que él (una extrañeza para el resto de hombres de mi familia).Que tengo la misma inteligencia y astucia, e increíblemente la misma forma y dimensión de la cabeza.  Que tengo las mismas manos,  la misma sonrisa. Que comparto con él una mirada directa, de ojos cafés y que penetran el alma del observado. Que era igual de flaco, que tenemos la misma estatura. Que tengo el mismo carácter, la misma franqueza, la misma fuerza arrolladora. Que hago reír a los demás y logro conectar con ellos tan fácilmente como él (características por cierto bastante raras en el resto del clan). Que tengo los mismos gustos, que amo las mismas comidas, la misma música por momentos extraña y exótica. Que de algún modo, verme a mí es cómo verlo de nuevo a él. Lo que más me extraña ahora de estos comentarios es que no sólo me los repetían mis abuelos, mi padre, mis otros tíos, sino también toda una gama de parientes cercanos y distantes;  personas que incluso solamente vi una vez en la vida.

Crecí con esa leyenda, ese fantasma, ese espíritu entre pecho y espalda. En mi temprana adultez me enteré de una anécdota guardada con celo y en silencio por mi abuela y el círculo más cercano; creo yo porque eran y son gentes muy católicas. Algún día, cuando yo contaba con dos o tres años de edad, me dejaron al cuidado de mi abuela (recuerdo un apartamento enorme, muy soleado y espacioso), ella al sentirse en soledad se sentó en su cama, tomó una foto de su fallecido hijo primogénito y empezó a llorar lamentándose por su partida; recordando el “beso de la muerte” - como lo llamaba ella -,  el beso que ella le dio en los labios en el mismo instante en que exhaló su último aliento. Yo entré a su cuarto, mientras ella revivía el más profundo dolor que puede llegar a tener jamás una madre, le sequé los ojos, le tomé las manos y le dije: “No llores mamá porque yo estoy aquí, yo soy J”.

No sé si ese episodio fue verdad. No sé si lo que dije es verdad. Lo único que sé es que desde muy chico sentí que compartía un único destino con aquel hombre. Que estaba conectado a él,  tal vez de una manera más profunda de lo aparente. El murió a los 30 años, en el mejor momento de su vida. Yo crecí creyendo que también iba a morir joven. Que de alguna manera, entrar a mi tercera década de vida marcaría un punto de inflexión en mi inexorable historia junto a aquel hombre. De hecho cuando, el año pasado, cumplí 31 años me sorprendí mucho aunque no se lo dije a nadie.

Es que aquel hombre y aquel fin se convirtieron en partes fundamentales de mi sombra, eso sí el hombre con un halo dorado y luminoso. A tal punto que al alcanzar la mayoría de edad hice todo lo posible por desvincularme de esa imagen. Aborrecí el derecho y automovilismo, las dos grandes pasiones de la vida de J. Me alejé tanto como pude de mi familia paterna, en un intento de que no me compararan con J, después de la para entonces reciente muerte de mi abuelo. También hice todo lo posible para dejar atrás mi extrema delgadez, que tanto lo  recordaba a él, adquiriendo con el tiempo un cuerpo más robusto.  Pero sobretodo, me encargué de conseguir una fémina que fuera muy relevante en mi vida.

Aunque muchos aspectos de J fueron para mí extremadamente luminosos y recordados. Otros pocos, como su vida sentimental, se me dieron bastante difusos. Creo yo que por eso quise encontrar una mujer para mí; para toda la vida. Alguien con quién pudiera reproducirme y perpetuarme (tal vez siguiendo también el modelo de A, el padre de J).

No sé cuál era la orientación sexual de J, pero desde que yo era adolescente he tenido algunas dudas al respecto. Tal vez por eso también, y sólo después de una grave crisis personal que yo comparo con mi primer encuentro real con la sombra, acepté mi propia homosexualidad tardíamente (proceso que, individualmente y en público, paradójicamente hice con una velocidad y una naturalidad poco recordada en los caminos de los gustos diferentes). Para ese entonces tenía 28 años y había vivido la peor de todas mis crisis personales, que no fueron pocas o poco intensas. Curiosamente lo hice justo después de la muerte de mi abuela. Aquella mujer a la que un día enjugué las lágrimas y llamé tiernamente: “Madre”.


Mi miedo realmente radica, y lo desnudo aquí mismo, en repetir la historia de J. Un destino que durante mucho tiempo asumí cómo mío. Que me aterró y me fascinó en mis juegos de infancia, en mis odios de adolescencia, en mis sueños de joven adulto. Él es un general en la legión de los espíritus que habitan en mi sombra; su sola mirada produce en mí un pánico sobrenatural y un amor divino. No sé si soy él. Pero si lo soy tuve otra oportunidad. Una oportunidad de hacer las cosas de una manera diferente. De experimentar otro tiempo y otra muerte, que al final del día son la misma cosa. 

martes, 21 de enero de 2014

Miedo, Mentiras y Vídeo

Encuentro que Klaus Nomi es de nuevo el punto de partida para reflexionar sobre algún tema importante de la vida. Al centrarme en su corta carrera, también el doloroso y prematuro camino que lo llevó a la muerte, lo primero que pienso es en el estigma con el mueren las personas atacadas por el sida. Debo confesar que sentí una profunda repulsión inicialmente pero después, y de manera más permanente, una pesadumbre pasmosa por su trágico desenlace. Algo en mí no puede entender todavía cómo un fin tan cruel y miserable pudo ocurrirle a una persona tan creativa como este Nomi.


Según los relatos de su amigo Joey Arias fue golpeado por diferentes clases de males al mismo tiempo, sufriendo un doloroso deterioro fruto de la destrucción total de su sistema inmunológico por el VIH. Pero lo que más me impacta de este relato es cómo fue abandonado por casi todo el mundo y cómo la gente para poderse acercar a él, debía utilizar “trajes de plástico”, que impedían todo contacto físico. Sin duda alguna, situaciones horribles tuvo que vivir Klaus hacia el final de su vida.

Esto me hace pensar en los millones de seres humanos a los cuales se les ha apagado la llama de la existencia terrenal antes de tiempo, a causa de esta enfermedad. Pero sobre todo, en el rechazo casi total que les ofrece esta sociedad.  Y es que es más fácil para todos nosotros apartar a una persona aquejada por esta aflicción, porque (además de sus horribles síntomas y su "fácil" contagio) se equipara con perversión, promiscuidad, suciedad, homosexualidad, descomposición social, castigo divino, etc. Todos estos prejuicios nos hacen sentir en una posición “privilegiada” y nos dan la ilusión de que podemos juzgar, castigar y destrozar a una persona que ya está destrozada por un flagelo tan radical.

Para muchos de nosotros es difícil pensar que los enfermos de sida eran o son personas cómo nosotros; con sueños y esperanzas, con manías y miedos, con afectos y desamores. Es como si un portador o un paciente aquejado por esta enfermedad perdiera su dignidad humana por su condición de salud. En pocas palabras, nos da mucho trabajo verlos como personas sencillas; como nosotros. Como el mismo Nomi dice en el estribillo de una de sus canciones:

“I´m just a simple man, I do the best I can, I got a simple plan, I hope you understand”

El tema es que no hemos podido, como sociedad y como individuos, entender a otro ser humano que está siendo atacado por un terrible mal y lo abordamos como un objeto de anatema, un maldito, un innombrable. Para mí esa es la verdadera tragedia de proporciones cósmicas inmiscuida en todo este asunto.

Lo irónico,  es que nadie está exento de un contagio parecido. Ya sabemos que no se trata de una enfermedad de “degenerados” que se lo merecen, que se puede transmitir de madres a hijos en el momento del nacimiento, en una transfusión de sangre, en una violación o en una visita al odontólogo o al tatuador y que, lamentablemente,  la mayoría de nosotros nunca va a comprender que una persona que tiene sida es tan persona como una que no lo tiene.

En este punto,  mi deseo es mover esta reflexión a un terreno más personal para decir que después de algunos testeos sé que no tengo esta enfermedad, pero sí sé que tengo una increíble suerte. Esto lo digo porque a lo largo de mi vida he tenido múltiples parejas sexuales, hombre y mujeres, y con más de una de esas personas no utilicé ningún método de protección. El enfermo pude haber sido yo!.

Puedo decir también que tengo un amigo 0 positivo y que al enterarme de su condición hubo un gran “estremecimiento” en mí, a tal punto que la siguiente vez que me encontré con él no sabía si debía abrazarlo - como era nuestra costumbre - o no. Del mismo modo,  me sincero y digo que uno de mis tíos murió, para mediados de 1980, como consecuencia de un contagio de sida. Curiosamente tres años antes del fallecimiento de Klaus Nomi. Obviamente, hablar de tales cosas en mi familia es tabú, motivo de vergüenza y la causa de la muerte, de este hombre extraordinario que era mi tío,  de puertas para fuera es un contagio de hepatitis. 

Por otro lado,  quiero relatar un suceso que me impactó profundamente. Alguna vez salía de mi trabajo con algunos amigos y nos encontramos con un pequeño número de personas que difundía información con el fin de dignificar al enfermo de sida o al portador de VIH. Yo fui el más receptivo del grupo y finalmente una de las personas de aquella campaña me pidió que le diera un abrazo como señal de aceptación (yo no sabía si era portador o no; solamente sabía que era un apasionado por el tema, eso sí desde  un punto de vista bastante emocional) y yo acepté.  Quedando totalmente petrificado en aquella juntura de cuerpos. Después todos mis amigos me miraron como si estuviera terriblemente sucio y oliera mal.


Todo esto me lleva a hacerme algunas preguntas. Lo que todavía no entiendo, es por qué tenemos (uso primera persona plural porque aunque tiendo a ser más “abierto” con el tema me afecta en alguna medida el prejuicio) la tendencia de querer castigar y aniquilar al enfermo de sida a través de una muerte emocional?.  Y en un contexto más amplio: por qué tendemos a rechazar de la manera más brutal posible a todo aquel que repudiamos bajo la bandera de la religión, las buenas costumbres, la salud pública, la racionalidad, la moral, el progreso, etc.? Y en este caso particular,  Por qué lo hacemos destruyendo en el camino a seres humanos encastrados bajo el epíteto, y la lápida, del enfermo que “se lo merece” por atender a su propia "animalidad” y a lo “inmundo” de sus instintos más básicos? Es un ataque a la ese espíritu primario y sencillo que todos tenemos, pero del que nos queremos deshacer como de lugar ? Puede tratarse de un intento desesperado de separarnos de la naturaleza, para trascender a ella y con ella a la misma muerte? Será un intento de afirmarnos a nosotros mismos que nuestra represión, nuestra automutilación y las mentiras con las que nos autoengañamos  tienen algún sentido? Será el miedo y la mentira las fuerzas más poderosas, las que más nos mueven cómo seres humanos?