Las mejores épocas de nuestras vidas son aquellas en las que acopiamos el suficiente valor como para rebautizar nuestra maldad como lo mejor que hay en nosotros"

Friedrich Nietzsche

lunes, 18 de agosto de 2014

Justo en Dos

Cómo todos ustedes ya debieron haber advertido, estoy sacando mucho material de las letras, la música y el arte visual que ofrece la banda de norteamericana Tool. En este post no haré una diatriba como es mi costumbre sobre algún tema que me interese. Por el contrario, quiero cambiar la dinámica de juego: en este caso me gustaría que fuera el lector, el visitante quién nos deje ver su opinión sobre el vídeo abajo. Que nos comparta lo que esta pieza audiovisual le inspira, le genera, la reacción de su cuerpo y de su mente al concatenar los contenidos tratados, obviamente mezclados con sus propios conceptos e ideas.

La canción se llama Right in Two y habla sobre la tendencia del ser humano de dividirlo todo, de compartimentarlo y luego de matar o morir por hacer respetar esas diferencias que son sólo constructos artificiales y que en realmente responden a elementos de aquello que es ser humano como la codicia, la indolencia y la ambición por el poder. Todo esto basado en la creencia generalizada, para mi errónea a propósito, que todo ESTA SEPARADO.


Para poder leer los subtitulos se recomienda ver el vídeo en Full Screen.

domingo, 17 de agosto de 2014

Canibal

Placer. No del tipo que nos produce un orgasmo o una rica comida. Una sensación más sutil, inconsciente, atrapante, ponzoñosa. Tiene estas características porque hace parte de la Sombra, concretamente de la sombra social. En específico de ese aspecto hipócrita que se identifica por ser un conjunto de acciones, dichos o pensamientos que son popularmente ‘’mal vistos’’ pero que la mayoría práctica en la soledad de su consciencia, y que por tanto es pasado por el escrutinio general de complicidad y silenciosa aceptación.

Ver el sufrimiento, la angustia, al muerte de otro ser – humano o animal – es un tonificante extremadamente poderoso para nuestra naturaleza depredadora. Si somos sinceros encontraremos que nos gusta observar como una pareja se pelea en la calle, que nos invade una morbosa curiosidad al ver a alguien con alguna deformidad en el transporte público o que nos atrapa la situación en sí y los detalles de un accidente de tránsito; más aún cuando hay algún muerto de por medio.

Es por experimentar esa descarga de energía que nos gusta saber con morbo cruel que pasó en Auschwitz o cuantos son los niños muertos en el último conflicto Israel-Gaza. Por esa razón consumimos información amarillistas donde vemos fotos, vídeos, desgarradores testimonios de infantes destrozados por la guerra en algún lugar remoto del planeta. Lo curioso es que no se nos ocurre hacer nada, en lo más mínimo, por aquellos seres humanos que sufren.

A causa de ese afán de alimentarnos de dolor ajeno amamos las ‘’noticias’’ de padres que asesinan a sus hijos y que luego se suicidan, de maridos coléricos asestando treinta puñaladas a su mujer o de la última tragedia de un bus escolar en llamas dejando veinticinco pequeños calcinados. En función de esta adicción adoramos TV shows de delincuentes, asesinos en serie, crímenes pasionales o programas de infieles puestos al descubierto ante millones de personas.

Nos deleitamos secretamente en los detalles de crueldad descarnada, de la sofisticada ejecución de una venganza de sábanas, de la humillación de alguien sin pantalones capturado en flagrancia teniendo sexo con alguien con quien, gracias a sus compromisos previos, no debía. Es tanta nuestra dependencia del dolor del otro que hemos llegado a poner al nivel de rock stars (entiéndase como un semidios moderno) a los asesinos en serie más atroces, aquellos que han cometido los crímenes más despiadados; en especial si son del mundo anglosajón. El culto a estas figuras que se vive allí  no tiene comparación en el globo.

De hecho, el bullying es el nombre nuevo de una práctica tan antigua como el ser humano: abusar de otros, para con su dolor producir en nosotros placer. Yo hice bullying y me hicieron bullying. Cuando uno es la victima una sensación de indefensión y apocamiento – de sentirse miserable – se acentúa. Por el contrario, cuando uno es el ejecutor un sentimiento de poder, invulnerabilidad y por supuesto placer embarga todo el ser. Ver las lágrimas de una madre lanzándome improperios y súplicas por igual para que dejara a su hijo, para que ‘’no destruyera su vida’’ me llenaban de una indescriptible sensación de satisfacción.


Del mismo modo, oír lamentos de los presos iraquíes torturados y ejecutados en medio de la guerra, de las familias de las niñas nigerianas secuestradas o de los relativos de las víctimas de los aviones siniestrados de Malaysia Airlines nos produce un placer sutil, indefinible. Lo llamativo no es que sintamos eso, sino que lo disfracemos de compasión!. Igualmente, por esta razón solemos ver accidentes dramáticos en las calles de nuestras ciudades o inmiscuirnos en los problemas difíciles, vergonzantes o dolorosos de los demás – a veces de nuestros propios amigos  o familiares – para que cubiertos bajo el manto del interés y la preocupación nos sintamos mejor, más seguros de nosotros mismos, más en control de nuestra propia vida al no tener que vivir dichas dificultades.

Obviamente este placer es placer porque no lo experimentamos sobre nuestra carne o sobre los huesos de nuestros más cercanos allegados. De este modo, la televisión o Internet son ideales para nutrirnos de dolor y muerte desde una distancia prudencial y segura. Nada mejor que ver tragedias horrorosas, situaciones precarias, lágrimas vibrantes desde la comodidad de nuestro abullonado sillón! En última instancia, el ser humano es un vampiro, un caníbal que se sacia, que crece, que disfruta del sufrimiento, del drama, de la muerte, de la tragedia, de la humillación, del ridículo de otro ser humano o en muchos casos animal.

Pero aquí no se trata de censurar una tendencia y una conducta inherente a nuestra naturaleza. No se debe ver este hecho con los lentes de una moralidad deforme, enfocada exclusivamente en los aspectos luminosos de una idealización sobre el propio ser humano. De una realidad ficticia, postiza, hipócrita, inconsecuente dibujando en el aire y con trazos luminosos la figura de un ser que no existe. Se trata más bien de reconocer esta nuestra faceta, de incorporarla conscientemente, aunque suene duro amarla y finalmente decidir qué hacer con ella. No relegándola de nuevo a la sombra,  sino dándole la dimensión que queramos en nuestra vida a la luz del día.


Este artículo fue inspirado en la canción Vicarious de la banda norteamericana Tool.

sábado, 16 de agosto de 2014

El Camino de Shiva

Tool, una de mis bandas de rock favorita se caracteriza por hacer magnificas canciones. Una de ellas es Lateralus, del disco homónimo del año 2001. Navegando en la red encontré un interesante análisis de este track; el cual cuelgo en este artículo.


Según este vídeo la canción se basa en la secuencia Fibonacci. Este patrón numérico fue descubierto por Leonardo de Pisa, también conocido como Fibonacci, en la Edad Media. La sucesión numérica básicamente describe un comportamiento en el que partiendo del 0 y el 1, cada término es la suma de los dos anteriores. Así, si sumamos 0+1=1, 1+1=2, 1+2=3, 2+3=5, 3+5=8 y continúa hasta el infinito. Lo interesante de este patrón es que describe el crecimiento de la mayoría de las plantas e incluso de los animales (conocida como la sucesión de Durero; basado por supuesto en Fibonacci). De hecho el cuerpo humano comporta este mismo patrón, siendo uno de los ejemplos más claros las falanges de los dedos.

El punto está en el comportamiento de espiral que adopta la sucesión. Una espiral ascendente de hecho y se denota además cierto comportamiento cíclico de la misma, al describir dicho patrón  en forma de espiral. A este respecto, es interesante ver como esta banda de rock progresivo (léase también como metal alternativo) no sólo elabora una canción basada en este secuencia, sino que también proponen una letra que invita al oyente a vivir de una manera que evoque dicha espiral ascendente. Siempre creciendo hacia afuera, moviéndose, mutando y abrazando todo aquello que venga en la experiencia humana. De este modo, estableciendo cierta conexión con el Universo y la divinidad encerrada en cada ser humano.

En conjunción, más allá de la compatibilidad filosófica que este concepto supone con mis propias creencias quiero ver el tema desde el abordaje de Shiva, el segundo dios de mi triada. Es él el garante del movimiento centrífugo del Universo. El dios que a través de ciclos de destrucción/re-creación hace que la espiral hacia afuera de la existencia se mueva y que no permite que la experiencia se estanque; en últimas es aquel que asegura la renovación y con ello la vida.  Si aplicamos la sucesión de Fibonacci a su arquetipo nos damos cuenta que Shiva al ser el dios de la espiral hacia afuera, del movimiento y también lo es del crecimiento, del desarrollo. De este modo, y conectando mi creencia que en la Sombra está lo necesario para evolucionar y completarse a sí mismo, se puede decir que el dios tiene algún vinculo con la sombra personal – por algo también es el dios de la naturaleza indómita e ignota incluyendo la del propio ser humano -.


Por tanto, Shiva es el dios del crecimiento constante, de los ciclos de renovación, de la muerte y la vitalidad primigenia, de la sombra y la sabiduría, pero también del equilibrio. No debemos olvidar nunca el equilibrio que nos enseña del dios respecto de lo que denominamos “el bien y el mal”. Finalmente, si el patrón de la naturaleza – entendida en un amplio espectro - nos es develado a través de una secuencia numérica, de la espiral y de Shiva… por qué no escuchar su voz?

sábado, 9 de agosto de 2014

Mi Panteón

Con el advenimiento de las grandes religiones monoteístas, o pseudomoteístas en el caso del Cristianismo, el ser humano perdió lo que en otro tiempo era un derecho inalienable: poder adorar a sus propios dioses. Pero esta realidad antes incuestionable no se detenía ahí; en el pasado se podían escoger los dioses en los cuales creer, a los que adorar y a los cuales servir. He aquí donde nace la esclavitud de las religiones actuales: la obligatoriedad del dogma, la cosmogonía y la automutilación multidimensional con el único fin de satisfacer las necesidades de una estructura religiosa que dice ser la representación del dios único sobre la Tierra.


Es precisamente la reivindicación de este derecho sagrado lo que me dispongo a dibujar en estas líneas. Pero antes debo aclarar que para mí la adoración de uno o varios dioses no es en esencia repetir una serie de rituales sin profundidad de contenido y valor simbólico personal. Por el contrario, es más bien nutrirse del arquetipo que cada dios representa amándolo, viviéndolo, meditándolo. Enmarcando este proceso de estructura en una convergencia hacia el centro, lo que es lo mismo que moverse en una tendencia hacia la integración del propio ser. Alineando los ciclos con uno mismo, lo que es igual que dirigirse a través de un viaje interno hacia el Todo.


De este modo, he escogido mi propia triada divina: Buddha, Shiva e Inanna. Cada uno de ellos con aspectos, en apariencia, contradictorios y otras veces complementarios. Cabe destacar que encuentro en su conjunto un discurrir lógico de la cosmogonía en la que creo. Ahora bien, esta sagrada trinidad no implica exclusividad religiosa. De hecho, estoy dispuesto a incorporar otros dioses, espíritus de la naturaleza, entes sobrenaturales, formas filosóficas, mentales, espirituales o cosmogónicas en mi panteón. Como el ángel de la muerte por ejemplo. No obstante, el énfasis se hará sobre esta triada, sin extrapolar el concepto del dios único a la misma.

En este orden de ideas, lo primero que quiero resaltar es que los tres arquetipos (léase dioses o viceversa) adoptan una actividad preponderante. Así Buddha medita en posición de loto, Shiva ejecuta la danza cósmica de la destrucción y la creación e Inanna hace el amor con sus amantes a la par que la guerra con sus enemigos. De este modo, encuentro que cada una de estas actividades tiene un significado en múltiples dimensiones. Siendo pasibles a interpretaciones diversas y simultáneas en los ámbitos psicológico, moral, filosófico o espiritual.

En consecuencia, si analizamos a Buddha nos encontramos en un extremo del espectro. La actitud de meditación, de introspección, de “encontrar la verdad dentro” resulta vital para la cosmogonía que se propone. Del mismo modo, esa premisa que dice que la verdad está dentro de cada uno de nosotros y que cada uno debe hallar su propia senda orienta esta manera de ver al mundo. Así Buddha es el arquetipo (el dios, el maestro) de la meditación, la reflexión, la enseñanza y la apertura despierta del ser. 

Teniendo como bases morales:

  •  Actitud reflexiva frente al otro, pensando siempre antes de actuar. Dominando nuestras pasiones en momento críticos.
  •   Tener consciencia en cada acto de la vida. Esto es hacer a los otros lo que queremos que otros hagan por nosotros. Esto entendido bajo la metáfora de los infinitos brillantes que forman la red divina de Indra. Como es obvio, todo está interconectado el concepto de separación es sólo una ilusión de Maya.

Por su parte, desde el punto de vista psicológico Buddha ofrece:

  • ·         Una comprensión del “yo” como un agregado psicológico, no como un ente por sí mismo. Por tanto, dicha construcción es mutable.
  • ·         No nos debemos guiar sólo por el ego, pero debemos escucharnos, reconocernos, aceptarnos, amarnos. Se debe incluir a la sombra o aquellos aspectos menos reconocidos, aceptados, amados o luminosos de nuestro propio ser.
  • ·         No se trata de huir del dolor, sino de desprenderse de los apegos para así darse cuenta que el dolor producto de los apegos es ilusorio. Porque representa un concepto de separación que realmente no existe.

Si se lo ve desde el punto de vista filosófico encontramos en Buddha:

  • ·         Nada es permanente, todo cambia. Pero todo vuelve al mismo punto, pero con una forma diferente.
  • ·         Todo está interconectado con Todo. Red divina de Indra. No hay separación.
  • ·         Un objetivo es darse cuenta de Maya, de la matriz de la ilusión.
  • ·         No debe haber apego, ni siquiera a los conceptos.

Finalmente, desde lo espiritual nos fundamentamos en Buddha:

  • ·         La liberación del apego, se da a través de la aprehensión de la verdad.
  • ·         El resultado de todo esto es la sublimación y sutilización de la existencia.

El segundo elemento de esta triada es Shiva. El dios de la creación-destrucción del Hinduismo. Es el espíritu masculino primordial, el señor del Tantra: la sexualidad como experiencia divina. La fuerza de la destrucción y la renovación; del cambio. En su danza cósmica ejecuta precisamente este ciclo. A  pesar de ser el dios de la destrucción y la muerte, es el dios más benévolo de todos. Trayendo muchas veces estos fenómenos por compasión con los seres que sufren. Es el patrono del arte y de la música; siendo estas expresiones también de la divinidad.

En este sentido, desde el punto de vista moral Shiva:

  • ·         Es el dios más benévolo de todos. El más compasivo, movido por la piedad con todos los seres. Llega también a sacrificarse por otros, cuando estos lo merecen.
  • ·         Es el dios que protege la naturaleza y los animales. Nos enseña a cuidarlos por la divinidad que encarnan en esta realidad tangible.
  • ·         Es un dios equilibrado entre las fuerzas del “bien y el mal”. Dice la leyenda que tiene buenas relaciones con todos los seres; desde demonios hasta dioses de luz. Sin discriminar a ninguno o tomar partido por uno de los “bandos”.

Por otra parte, psicológicamente hablando encontramos que:

  • ·         El yo no es algo estático, siempre cambia. Así como las cosas en lo que llamamos realidad cambian gracias a su danza de destrucción-creación.
  • ·         La muerte hace parte de la vida, la vida no existe sin muerte. Por tanto, no hay que temerle. Del mismo modo, no hay que temer a vivir intensamente.
  • ·         Shiva es el dios de lo desconocido y lo indomable del mundo natural. Pero también lo es de la naturaleza humana. Por tanto, debemos ahondar y conocernos a nosotros mismos; nuestra propia naturaleza.
  • ·         Representa el caos, todo lo distinto, lo incomprendido por el hombre. No debemos comprender todo.

Asimismo, desde un punto de vista filosófico tenemos que:

  • ·         Todo cambia. Todas las estructuras deben ser destruidas por Shiva para generar renovación. La muerte es vida. La destrucción es creación.
  • ·         Shiva es la fuerza masculina primordial. Es todo lo que se mueve y rompe el entramado estático de la vida. Shiva es impulso vital.
  • ·         Dios de la causa y el efecto. Todo tiene una consecuencia; una respuesta opuesta de misma intensidad.
  • ·         Además, es el dios de la sabiduría. No es suficiente la devoción sin el conocimiento.

Por último, desde una dimensión espiritual podemos dilucidar que:

  • ·         Tener presente que todo cambia, por tanto son inútiles los apegos. Se busca disfrutar la belleza de la renovación.
  • ·         Shiva es el dios de la compasión, la muerte y la sanación. Elementos vitales para el ser humano.
  • ·         Shiva no adopta dogmas rígidos y anquilosados.
  • ·         Debe haber siempre un equilibrio entre las fuerzas “antagónicas” dentro del ser.

Finalmente, para cerrar la triada encontramos a Inanna. Ella es la diosa de la fuerza femenina primaria. Es la diosa del Tantra (meditación, éxtasis e iluminación a través del sexo), es la diosa de la guerra y del amor.  Ella es la amada y la que ama. La que exige sacrificios, pero da su propia carne y sangre por aquellos a quienes ama.

La muy amada Inanna nos enseña desde lo moral:

  • ·         Respetar a nuestros amigos y enemigos, valorando la persona que hay detrás. Hacer esto con todas las personas, intentando ver más allá de lo evidente. El trasfondo y valor de cada persona.
  • ·         Es obligación defenderse, si es posible justamente, ante cualquier agresión. Debe ser de importancia capital el autorespeto y la lealtad con uno mismo.
  • ·         Con los amantes se puede jugar a cualquier cosa, siempre que haya seguridad y consenso.
  • ·         Debe haber siempre un equilibrio entre autorespeto y respeto por los demás.

Psicológicamente Inanna nos da herramientas como:

  • ·         Es vital el análisis de la sombra, hasta llegar a amarla, respetarla e incorporarla. Entendiéndose como todos aspectos que hemos rechazado de nosotros mismos en un proceso adaptativo hasta el presente.
  • ·         Debe haber siempre una autoexploración en todo sentido.
  • ·         Se debe amar el cuerpo como la herramienta más valiosa para ese proceso de autoconocimiento.
  • ·         Debe haber una liberación de todos aquellos conceptos o elementos que nos atan y no nos dejan ser completos y felices. Para esta liberación a veces es necesario hacer una guerra santa interna.
  • ·         La naturaleza es nuestra madre, como dependemos de ella y de ella venimos debemos preservarla.
  • ·         El autovalor depende de uno mismo, jamás de los demás. Valemos por lo que somos, no tenemos que mostrar nada a los demás.

Igualmente, desde el ángulo filosófico encontramos que:

  • ·         Inanna es la fuerza femenina primordial. Aquella que sustenta, ama y lucha.
  • ·         La autoexploración es uno de los fines de la existencia. Se debe dar una aceptación de la propia configuración del ser.
  • ·         Todos los seres humanos somos iguales, por tanto debe haber respeto y consideración para todos.

Para terminar, desde el punto de vista espiritual derivamos de Inanna:

  • ·         El conocimiento propio es una de las tareas de Dios que efectuamos nosotros. Es nuestra tarea.
  • ·         Se busca una liberación del apego. Un autoconocimiento sin estancamiento.

En última instancia, hace falta puntualizar un par ideas en lo referente a esta cosmogonía:

  • ·         Debe haber un equilibrio moral, psicológico, filosófico y espiritual. Una compensación entre el lado oscuro y luminoso de cada uno de nosotros; produciendo así un estado de completitud. Las fuerzas complementarias siempre deben estar en equilibrio.
  • ·         Esta es una visión del mundo panteísta. Es decir, todos somos Dios y Dios está en todo. No hay separación. Por tanto, tenemos una tarea que cumplir: esta es el autoconocimiento.
  • ·         Todo está en continuo movimiento. No obstante, a veces no lo logramos percibir por nuestra limitación temporal. La vida humana es muy corta para ver los procesos a largo plazo.
  • ·         Debemos agradecer por la oportunidad de estar aquí para aprender. En algún momento decidimos vivir esta misma experiencia.
  • ·         Nuestra naturaleza es mortal e inmortal, esto es un claro reflejo que en el Universo las cosas tienen dos o más naturalezas o realidades simultáneamente.


Los aspectos mencionados, son sólo algunos puntos de lo que significan Buddha, Shiva e Inanna para esta cosmogonía. En estos aspectos se profundizará y se reflexionará. Sin duda, más adelante aparecerán otros muchos elementos y probablemente se replantearán algunos de los ya expuestos. Cada vez que meditamos, comprendemos la realidad, la naturaleza, a los demás o a nosotros mismos, cada vez actuamos con compasión, que hacemos cambios en nuestras vidas encaminados a ir hacia el centro, que danzamos, que tenemos contacto con la música o el arte, que hacemos el amor, que amamos, que hacemos la guerra contra lo que no nos permite ser plenos y felices estamos adorando, honrando, relacionándonos con estos arquetipos. Finalmente, son dioses que nos son entregados para interpretar esto a lo que llamamos “Realidad, Vida, Universo, Dios”.

sábado, 26 de julio de 2014

Directo hacia el Abismo!

Por alguna razón descabellada, que se escapa de mis manos y de mi consciencia racional, tengo dentro el bicho del deseo de lo absurdo. El meollo del asunto es que quiero algo que había pensado nunca volvería a desear. Había planeado una vida sin su presencia y sin tapujo alguno lo había erradico de mis sueños y de la arquitectura de mi vida. Pero ahora reaparece como una sombra, como el monstruo seductor que ha permanecido oculto por años en el baúl de las causas perdidas.


Es una abominación para mis propósitos más sublimes, y aun así conmovido hasta los huevos busco irremediablemente su calor. Ansío el deleite dulce y empalagoso de sus juegos inútiles y repetitivos. Quiero para mí las alas de su resplandor y la satisfacción etérea e idiota que me da su cálida sonrisa.

Me arriesgo como un auténtico insensato, ofreciendo mi carne trémula al capricho de sus desvaríos, de sus designios, de sus deseos. Actúo como alguien que movido por el más depravado de los hechizos de la más pura magia negra busca el objeto de su irreflexiva obsesión, aun a costa de su propia vida. Retomo maquinaciones inservibles de la inocencia idealista y las pongo en secreto como estandartes de la ruta a la perdición y al placer sin límites.

En resumen, me dirijo directamente hacia el abismo. Vendado por un sinnúmero de sensaciones y sentimientos disparatados, ridículos, brillantes y encantadores que me complican la vida. Que le quitan el sentido pragmático, para sumergirla en el mar del surrealismo más delicioso que ningún ser humano puede soportar sin perder definitivamente y sin titubeos la cordura.


La Voz de los Invisibles: Najwa

Ella estaba intentando recordar su vida. Le resultaba difícil en esos momentos. Los primeros recuerdos que tenía venían de una tarde luminosa, en la que su madre trenzaba su liso cabello castaño. Esa vez estaban en la habitación de aquella mujer dulce y de ojos tristes, aquella recamara era solo de su madre desde hacía un par de años; cuando su padre había sido asesinado defendiendo el honor, la nación, la familia y la fe.
Najwa no lo recordaba. Lo único que ese entonces sabía de él era que se había convertido en mártir, que era un hombre que se había sido justificado en la Guerra Santa y que en consecuencia estaba en el Paraíso. Retratos suyos diseminados por toda la casa recordaban su presencia. Eso y la periódica visita de miembros de Hamas a la casa. Eran más que nada revisiones cíclicas de las condiciones y necesidades de viuda y los huérfanos. Estos últimos eran tres niños y una niña que Tamer su hermano de armas y de religión había dejado atrás antes de morir por Allá.
Paulatinamente Najwa había ido entendiendo el ámbito en el que vivía. Pasó rápidamente de la esfera de los juegos infantiles en la calle o en la playa, las muñecas de trapo y las barbies calvas de imitación al mundo de la militancia armada. Aunque nunca recibió adoctrinamiento militar, si pasó a engrosar las filas de las manifestaciones de Hamas exigiendo la salida del invasor, la restauración de la tierra, la lucha por la dignidad, por la fe y por supuesto para recordar a los muertos.

Es que en Gaza no había mucho más que hacer. Con el cerco israelí por el oriente y el norte, la indiferencia egipcia en el sur y las restricciones sionistas en el mar estaban totalmente sitiados. Todo un pueblo cautivo en el mayor campo de concentración de la historia. Qué triste ironía del destino; aquellos que en el pasado habían sido expoliados, secuestrados, asesinados. Aquellos a los que se les había arrebatado todo, hasta la dignidad, ahora eran los carceleros y verdugos de casi dos millones de palestinos.

Najwa aprendió a satanizar al invasor; al grueso y avaro cerdo judío, al captor de todo un pueblo. Pero lo que más resentía en silencio era la indiferencia de todo y de todos, hasta de sus hermanos musulmanes de más allá de las fronteras. Sólo tenían a Allá y a ellos mismos. A Hamas como el brazo de Allá en la tierra, el único capaza de hacerle frente al monstruo sionista y al Gran Satán del otro lado del mundo. Esa era la visión de la vida de Najwa.

No obstante, era una niña dulce y vivaz, excelente en el colegio y muy inteligente. Amaba a los suyos y a la vida. Cada vez que podía había algo bueno por alguien y era una pequeña entusiasta de los animales; amaba con todo su corazón la creación de Allá. Incluso a veces sentía que amaba a su enemigo. Al otro lado del muro y de las alambradas sabía que era vivía gente como ella, como su familia, como sus amigos. Gente que amaba, que sentía dolor, que tenía esperanzas, que volaba en las alas de los sueños. De hecho, la gente de Gaza era gente común, tan fuerte y tan vulnerable como cualquiera; con sangre roja y caliente en las venas.
Esa mañana Fadr, su hermano mayo, había regresado a casa pálido y lívido como un fantasma. A los 16 años había decidido asumir las armas y desde hacía unos meses engrosaba las filas de Hamas. No le importó la testarudez de los dirigentes de la organización o saber que sería carne de cañón para los fines no tan claros de estos últimos. 

Al principio un entusiasmo de tintes heroicos inundó la casa, aunque la madre renuente no quería que ninguno de sus hijos siguiera el camino de su esposo. Sin embargo, esas vacilaciones se las reservaba para su ámbito privado y tal vez sólo Najwa sabía que existían. Ese sinsabor se agudizó cuando las actividades y la actitud de su hijo se hicieron cada vez más misteriosas e impenetrables. De todos modos, las barreras que su hijo había elevado caducaron para ella cuando, tan sólo una semana antes de aquel día, había encontrado los planos de fabricación de cohetes caseros para cruzar los muros que no podía traspasar la gente y hostigaran a la malvada bestia sionista.

Ese día la mirada perdida de su hijo, los labios fruncidos y los puños cerrados alarmaron a la madre. Ruqaya, ese era su nombre, interrogó sin resultados al muchacho. Najwa se acercó asustada, mientras la madre abrazaba a Fadr. El objetivo fue alcanzado. Uno de los militantes que había lanzado los tres cohetes de esa mañana había sido neutralizado.


Najwa agonizaba en el suelo de lo que quedaba del modesto apartamento donde vivía con su familia. El rostro inerte de su madre y una extendida hacía ella era todo lo se veía entre los escombros. La niña extendió su mano para tocar la de Ruqaya en un último intento para estar con ella. Aunque tenía 13 años y una enorme herida en el costado, Najwa no sintió dolor ni odio.

Sólo sentía frío y un poco de alegría porque ella también iría al Paraíso y se reuniría con su Creador. Najwa murió en un suspiro, mirando el cielo gris manchado de polvo de la explosión y las llamas de un fuego colateral. Ella para el mundo no se convirtió en otra cosa que una cifra; una víctima inocente más entre los cientos de palestinos muertos que durante semanas hombres rudos y estratégicos ordenaron aniquilar en sus cómodos escritorios del otro lado de la frontera.




La Voz de los Invisibles: Aiortes

Era un amanecer frío en las tierras labradas del norte de la Galia. Aiortes miraba el sol saliendo más allá de las colinas; una luz pálida y metálica se difuminaba velozmente en esa época del año, mientras el viento  helado de la mañana lo congelaba y mientras hacía visible el calor de su aliento. Una mañana  como esa le traía siempre una punzada en el pecho. Muchos años atrás en los bosques de más allá del río Danu su nombre no  había sido Aiortes. Es más, en aquel entonces no había sido un esclavo. Su nombre había sido Hert y era un germano libre. Un amanecer como aquel le llenaba los pulmones con un aire denso, gelatinoso y no le dejaba respirar normalmente en un controlado ataque de pánico. El recuerdo de una mañana parecida le constreñía el corazón. Cuando era un hombre libre en los bosques espesos de la región vecina a la provincia romana de Panonia, al otro lado del gran río.

En aquel tiempo tan lejano hacía parte de la una tribu  germana itinerante, arrastrada por las luchas constantes en los límites del Imperio Romano. El recuerdo de un muchacho que tenía derecho a un clan, al honor y a la gloria ganado en el combate, a la libertad de despertar para sí mismo cada mañana, a llevar su propio nombre; el que sus padres le habían obsequiado.Los dioses aquel día habían permitido  que su tribu fuera masacrada y que los sobrevivientes fueran capturados y vendidos  por los ricos comerciantes de esclavos del otro lado del río, matanza ejecutada por mercenarios germanos.

Pero ahora nada quedaba de aquel  joven. Aiortes era  un hombre recio, de espalda ancha y hombros fuertes gracias a su trabajo en el campo. Sus rodillas se habían doblado y sus costumbres de bárbaro libre, que tanto habían odiado los capataces, habían desaparecido. Su orgullo había sido quebrado y sólo en sus ojos azules se veía todavía por momentos la fiereza de una raza milenaria y guerrera.

En aquel lejano despertar  le habían quitado todo y a cambio le habían dejado un vacío, lo habían sumergido en un limbo donde no tenía, ni era nada. No era más que un par de manos para cultivar coles u otros productos de estación en una parcela a la que estaba atado de por vida por el peso de la esclavitud.  No era más que una espalda fuerte para cargar los fardos, lacerar la tierra con una asada o empujar los molinos cuando las mulas no estaban en condición de hacerlo. Era como un fantasma, un espíritu de la naturaleza que hacía fértil la tierra de los gordos hacendados. Explotando su riqueza pero sin existencia propia. La sombra olvidada, pero necesaria que hacía propicias las cosechas. La verdad, parecía que sólo existía para los capataces cuando querían algo de él. El amo para él era un demonio avaro y flácido, que por fortuna no se dejaba ver sino en contadas ocasiones.  Por otro lado, en los otros esclavos encontraba aliados y enemigos; todos bajo la condena de aquella no-existencia que parecía eterna. Allí se forjaban relaciones tan efímeras como las que puede haber entre las sombras.

Aiortes caminaba lentamente hacía la tierra de labranza. El latifundio era grande y a veces la marcha se hacía prolongada. Andaba con su partida de trabajo; la mayoría hombres duros que hacían una labor de bueyes. Horadando con sus  manos la caprichosa tierra negra que centurias atrás pertenecía a los libres, recios e indomables galos. Aquel  hombre  ya había hecho las paces con su destino; había sido amaestrado con violencia para que dejara de ser Hert el germano y se convirtiera en Aiortes el esclavo. Aunque eso no significaba que le hubiesen alienado los recuerdo, por lo menos eso le quedaba; el derecho a la memoria.

Pero a veces dudaba de si aquel muchacho en el laberinto de sus sueños alguna vez hubiese existido. Aunque ya no le pesaba ni siquiera eso. Bueno, a excepción  de mañanas como esa donde el olor de la hierba, los destellos del sol naciente y el frío del amanecer otoñal lo transportaban irremediablemente a ese tiempo y a ese lugar  donde no era una sombra, donde existía y amaba como cualquier ser humano.